
Llegó el momento crítico, todas las constelaciones llegaron a su destino en el Universo. Se alinearon las estrellas en un plano circundante del sistema solar. Una mariposa revoloteaba sobre un charco de agua formado por el rocío de aquella mañana.
Algunos gritaban: ¡Es el efecto mariposa! Ese fue el que causó tal majestuosidad armoniosa en el espacio sideral. Un ave se posaba sobre una rama a 5 metros de la mariposa, como si quisiera simplemente observarla mientras aleteaba encima de aquel poco de agua empozada.
De pronto una ráfaga de viento sacudió las ramas de los árboles e innumerables hojas se desprendieron de su seguridad para caer sobre la verde grama y esperar pacientemente a que el sol y el tiempo cambiaran sus tonos de verde a marrón.
Una niña corría por aquel campo, cantándole al sol, a las nubes y al cielo. Saltaba y bailaba con una alegría que quien no la haya experimentado antes, no entendería. Aquella niña se detuvo frente a la mariposa que seguía volando sobre aquel pozito de agua, como si estuviera danzando un baile de adoración al creador de lo visible y lo invisible.
De repente, se escuchó un agradable sonido y la niña dejó de cantar para escuchar con atención aquella hermosa melodía de silbidos que provenían del oeste. Fue caminando despacio, siguiendo el sonido de aquellas notas silbadas. Andó y andó hasta que vio en la rama de un árbol, dos hermosos canarios amarillos que silbaban y mecían sus cabecitas de un lado al otro. De allí provenía aquella sinfonía divina. Aquella niña se sentó sobre la grama y se quedó contemplando aquella escena como sacada de una película fantástica.
Lo que la niña no había percibido, fue que la mariposa se había ido volando detrás de ella, como atraida por un dulce néctar. Y es que aquel hermoso y artístico insecto percibía un aroma que traducía como amor, proveniente de aquella criatura humana de piel canela, rizos castaños y ojos grisáceos.
La niña se asomó a un lado y vio que la linda mariposa se había posado sobre su hombro derecho. Esta bailaba sobre su hombro de un lado al otro, al son de los melódicos silbidos de las aves. Aquella niña miraba de reojo al artístico insecto con su esplendorosas alas y tuvo una revelación. La niña comenzó a hablar inspirada por el Espíritu Divino y dijo:
«Siempre estuviste aquí. En ningún momento te alejaste de mí. Me has tenido en tu pensamiento durante cada segundo de mi existencia; me has acompañado, socorrido, cargado, levantado, abrazado, consolado y me has guiado durante cada proceso de mi vida. Yo no quería verte, porque estaba obsesionada con lo efímero de este mundo, sus placeres, sus deleites, sus atracciones y tentaciones. Estuve con una venda que yo misma me había amarrado sobre los ojos porque me sentía segura estando cegada. No quería ver ni ser vista; solamente quería sentir todas las sensaciones que el entorno me pudiera ofrecer y gozar de ellas esperando encontrarme plena. Pero me has expresado en este momento que era necesario dejar caer la venda para descubrir que la verdadera vida y la gracia ilimitada está en tu mirada, en tu revoloteo sobre aquel pozo y en tu posada sobre mi hombro. Gracias Espíritu Divino, por revelarme el verdadero sentido de la vida».
Después de aquel momento, aquella niña fue la más feliz en todo aquel universo que había alineado todo para que tuviera ese encuentro definitivo, único e irrepetible. Allí fue cuando comenzó a vivir.










