Lo vi y supe que era Él

Llegó el momento crítico, todas las constelaciones llegaron a su destino en el Universo. Se alinearon las estrellas en un plano circundante del sistema solar. Una mariposa revoloteaba sobre un charco de agua formado por el rocío de aquella mañana.

Algunos gritaban: ¡Es el efecto mariposa! Ese fue el que causó tal majestuosidad armoniosa en el espacio sideral. Un ave se posaba sobre una rama a 5 metros de la mariposa, como si quisiera simplemente observarla mientras aleteaba encima de aquel poco de agua empozada.

De pronto una ráfaga de viento sacudió las ramas de los árboles e innumerables hojas se desprendieron de su seguridad para caer sobre la verde grama y esperar pacientemente a que el sol y el tiempo cambiaran sus tonos de verde a marrón.

Una niña corría por aquel campo, cantándole al sol, a las nubes y al cielo. Saltaba y bailaba con una alegría que quien no la haya experimentado antes, no entendería. Aquella niña se detuvo frente a la mariposa que seguía volando sobre aquel pozito de agua, como si estuviera danzando un baile de adoración al creador de lo visible y lo invisible.

De repente, se escuchó un agradable sonido y la niña dejó de cantar para escuchar con atención aquella hermosa melodía de silbidos que provenían del oeste. Fue caminando despacio, siguiendo el sonido de aquellas notas silbadas. Andó y andó hasta que vio en la rama de un árbol, dos hermosos canarios amarillos que silbaban y mecían sus cabecitas de un lado al otro. De allí provenía aquella sinfonía divina. Aquella niña se sentó sobre la grama y se quedó contemplando aquella escena como sacada de una película fantástica.

Lo que la niña no había percibido, fue que la mariposa se había ido volando detrás de ella, como atraida por un dulce néctar. Y es que aquel hermoso y artístico insecto percibía un aroma que traducía como amor, proveniente de aquella criatura humana de piel canela, rizos castaños y ojos grisáceos.

La niña se asomó a un lado y vio que la linda mariposa se había posado sobre su hombro derecho. Esta bailaba sobre su hombro de un lado al otro, al son de los melódicos silbidos de las aves. Aquella niña miraba de reojo al artístico insecto con su esplendorosas alas y tuvo una revelación. La niña comenzó a hablar inspirada por el Espíritu Divino y dijo:

«Siempre estuviste aquí. En ningún momento te alejaste de mí. Me has tenido en tu pensamiento durante cada segundo de mi existencia; me has acompañado, socorrido, cargado, levantado, abrazado, consolado y me has guiado durante cada proceso de mi vida. Yo no quería verte, porque estaba obsesionada con lo efímero de este mundo, sus placeres, sus deleites, sus atracciones y tentaciones. Estuve con una venda que yo misma me había amarrado sobre los ojos porque me sentía segura estando cegada. No quería ver ni ser vista; solamente quería sentir todas las sensaciones que el entorno me pudiera ofrecer y gozar de ellas esperando encontrarme plena. Pero me has expresado en este momento que era necesario dejar caer la venda para descubrir que la verdadera vida y la gracia ilimitada está en tu mirada, en tu revoloteo sobre aquel pozo y en tu posada sobre mi hombro. Gracias Espíritu Divino, por revelarme el verdadero sentido de la vida».

Después de aquel momento, aquella niña fue la más feliz en todo aquel universo que había alineado todo para que tuviera ese encuentro definitivo, único e irrepetible. Allí fue cuando comenzó a vivir.

El hombre sin rostro

Él fue una persona impersonal, sus potenciales amigos trataban de dialogar y entablar un vínculo afectivo con él; pero él no tenía rostro. No habían ojos con los cuales conectar, no había empatía para enlazar la humanidad. Era una persona sin expresiones faciales visibles, sin lazos para enlazar su vida a la de otros.

Tenía una sombra en la cara, lo cual no permitía ver nada. ¿Su sonrisa dónde está? ¿su mirada? ¿sus expresiones faciales? ¿Dónde está la humanidad emocional de esa persona? ¿Por qué no hay nadie que pueda despejar la oscuridad de su rostro y ver quién se encuentra detrás?

Él tenía algo muy curioso. Porque en un momento dado comenzó a desvelarse su sonrisa. Solo su sonrisa, no había mirada. Por lo tanto, todos nosotros solo veíamos un rostro oscuro sonriente y que gritaba tonterías con una gran energía y entusiasmo. Para nosotros simplemente era un ser que buscaba entretener. Pero, como no habían ojos, no podíamos conectar con él, solo nos guíabamos por su risa, asumiendo que siempre estaba feliz.

Ahora llegó el momento en que se desveló la oscuridad del área de sus ojos, y pudimos ver a la persona detrás de la sombra, logramos identificarlo y conocer sus emociones. De pronto todos quedamos en silencio, admirados y contemplándolo mientras comenzaba a decir lo siguiente:

Hola, es un placer conocerlos a todos. Tenía muchas ansias de ver el mundo como lo miro ahora. Solamente que no sabía cómo quitarme el velo de la oscuridad que me cegaba. Ochenta y nueve años estuve caminando por el sendero de la vida sin entender lo que era el amor y el vínculo afectivo humano. Me he sentido muy solo todos estos largos años, puesto que estaba acompañado por personas a mi alrededor, pero emocionalmente me sentía completamente aislado. Es difícil vivir siendo ciego del amor. Pero ahora se terminó mi soledad no buscada. No sé cómo pude vivir casi un siglo de esta manera. Pero ahora, en los pocos años que me quedan de vida, es que voy a vivir verdaderamente. Permitiré que este último período de mi existencia valga la pena.

Así se expresó aquel hombre que apenas podía sostenerse en pie con su bastón de caoba.

Esta es la realidad que aquella persona, que fue impersonal, enfrentó sin haberlo merecido. Pero no veía necesario ni útil buscar culpables o sentarse a pensar sobre por qué había tenido que pasar por ello. Lo que le importaba era que todo lo que había pasado, no fue en vano. Sabía que un gran Propósito existía detrás de lo vivido y que ahora era cuando se iba a llevar a cabo la misión para la cual había venido a este mundo, para la cual se había estado preparando durante toda su vida. Fue una persona impersonal por 89 años, para poder ser durante el resto de sus años, la persona más personal que jamás hubiera existido. Ahora era tiempo de conectar y amar hasta el extremo.

El bosque del encanto

Estaba caminando por el sendero del bosque oriental, en medio de la oscuridad de la noche sin luna, cuyo cielo estaba cubierto completamente de nubes. No se alcanzaban a ver las estrellas. No había ningún solo destello de luz que me mostrara lo que se encontraba en el terreno del camino sobre el que iba poniendo mis pasos.

Yo caminaba con paso firme, sin dudar, aunque no veía nada. De pronto, a unos seis metros delante de mí, veo unas pequeñas luces que parpadeaban, seguí caminando con mucha cautela y descubrí que eran unas luciérnagas. Ellas estaban allí, dando destellos de luminosidad en medio del universo de oscuridad que rodeaba todo el ambiente.

Me acerqué poco a poco y las luciérnagas seguían volando sobre el mismo sitio en el que se encontraban cuando las vi por primera vez, iban moviéndose en círculos sobre un mismo lugar.

Llegué al lugar y vi que las luciérnagas que volaban circularmente, estaban sobre una pantalla que se encontraba adherida al suelo. Esta pantalla estaba encendida y proyectaba una serie de imágenes que al principio me parecían inentendibles. Pero sentándome y observando detenidamente pude ver de qué se trataba. Era una escena horroroza, aparecía un grupo de personas agrediéndose de forma descontrolada y causándose terribles daños físicos. Al terminar quedaban todos tirados en el suelo, malheridos, desesperados y tristes, llorando y lamentándose por todo el sufrimiento que habían causado y que a la vez les habían provocado a ellos. Era una escena trágica y de desgracia total.

De pronto la pantalla se apagó y las luciérnagas comenzaron a unirse como una sola. La luz que emanaban se fue haciendo más grande en la medida que se fusionaban, hasta que tomó la forma de una mujer. Era una silueta perfecta de una mujer cuyos rasgos no se distinguían por el destello que irradiaba con su luz.

No pude más que quedarme mudo y observando aquella escena que parecía sacada de una película de ciencia ficción. De pronto escuché una voz que me dijo:

«Eso que acabas de ver es lo que se causan los seres humanos una y otra vez en busca de la satisfacción de placeres y caprichos de forma egoísta. El ser humano está destruyendo su propia dignidad y la de quienes le rodean. Están causando su autodestrucción, empezando por su propia moralidad. Están los que ocasionan todos estos males, y también quienes alimentan su morbo viendo en pantallas este y otro tipo de atrocidades que enseñan el lado más salvaje y destructivo de la humanidad. Tú estarás expuesto a esta realidad, pues es algo que engloba a todo el mundo y estará siempre allí presente, esperando a ver quién cae en la adicción que encierra. No desprecies a aquellos que causan esas desgracias y provocan esos grandes sufrimientos, no te enemistes con ellos, tampoco te sientas mal por haber visto esas escenas. Lo que sí puedes hacer con gran esmero es trabajar en ti, abrir los ojos y ver la realidad como está, sin maquillarla ni adornarla para ocultar la crudeza de la vida. Sé consciente del mundo en el que estás, con todos sus matices. Vive con los pies sobre la tierra y conecta con lo más profundo de la humanidad que te rodea. Crea vínculos sólidos, penetrando en la mirada de quien acude a ti. No pierdas el vínculo, mantenlo y fomenta a través de aquellas conexiones, lazos afectivos que promuevan los valores que lleven a esta humanidad a fortalecer la fraternidad y el amor verdaderos, aquellos que realzan la dignidad humana y buscan ante todo el bienestar del prójimo».

Después de haber escuchado esas palabras, la luz se desvaneció, y todo a mi alrededor desapareció. Cerré mis ojos por unos segundos, y al abrirlos, me encontraba en medio del mismo bosque, pero ahora era de día, unos tímidos rayos de sol pasaban a través de los árboles y alumbraban mi rostro, comencé a sentir una suave brisa y sentí una gran paz en mi corazón.

Entendí que aquello que había experimentado era un mensaje de la naturaleza divina, para volver mi mirada a lo verdaderamente importante de la existencia humana. Decidí seguir sus consejos y comenzar a conectar con la humanidad teniendo como base, el amor y el realce de la dignidad humana.

Dios es bueno. Por eso te da ingenio.

A veces uno podría pensar: «Si Dios es bueno, ¿por qué tengo que pasar por carencias?»

Estoy cien por ciento seguro de que Dios es un Padre providente que cuida de sus hijos con todo el amor. Sé que en el mundo hay muchas realidades difíciles e inmensamente injustas.

De lo que estoy convencido es de que Dios ha dotado al ser humano, del ingenio, la inteligencia para resolver problemas y buscar, ante todo, el bien común. El asunto aquí que complica todo, es cuando el ser humano utiliza su gran intelecto, para levantar muros y buscar únicamente el bien propio, actuando así, de manera egoísta.

Pienso que el asunto no es que Dios no cuide de sus criaturas, sino que el ser humano no hace buen uso de los dones qué Dios le dió.

Dios creó a la humanidad a su imagen y semejanza, y Jesucristo, Dios hecho hombre, nos enseñó que el sentido de la vida está en amar y servir. La vida adquiere sentido en el donarse por el bien del prójimo. El día que entendamos eso y lo practiquemos, dejará de haber personas sin hogar, sin alimento y sin amor.

Dios es bueno y quiere lo mejor para cada uno de nosotros, sus hijos, pero necesita que la humanidad ponga de su parte y haga buen uso de las capacidades como el ingenio del que nos dotó, para vivir con plenitud, el mandamiento más importante que nos dejó: «Ámense unos a otros como yo los he amado».

En la cuerda floja. Entre la expansión y el colapso del universo

Una vida está constantemente en la cuerda floja, entre la carencia y la abundancia. Entre la expansión y el colapso del universo.

Es una ruta existencial que nada entre dos mares, temiendo irse de lleno hacia uno de los dos extremos. Su horizonte se ve incierto, pero por alguna razón, tiene paz en el proceso de su existencia.

De alguna manera, logra mantenerse equilibradamente en medio de los dos peligros. Su esencia está en armonía con el universo. El temor a veces lo envuelve, pensando: “¿Hasta cuándo lograré conservar el equilibrio?”. Pero lo que él no sabe, es que siempre estará allí en el centro, en medio de la carencia y la abundancia. No le faltará nada, pero tampoco le sobrará. Siempre andará con lo justo, para que su comportamiento no se desvíe.

Él existe para Dios, quien creó lo visible y lo invisible. Y está en el proceso de aprender a confiar en su cuidado amoroso. Es por eso que se requiere que esté en medio de la expansión y colapso del universo. Para que se apoye únicamente en el Autor de todo lo existente.

¿Por qué ser conformista?

¿Por qué he de ser conformista en la vida? Y no me refiero a lo material; sino al amar.
¿Por qué conformarme con dar una sonrisa, si puedo también dar algo que comer a aquella persona que pasa hambre?
¿Por qué conformarme con pensar que amo a una persona y no expresarlo con palabras para que lo escuche de mi boca?
¿Por qué conformarme con saludar con la mano a esa persona, y no darle un fuerte abrazo?
¿Por qué conformarme con formar justamente mi fila en el supermercado, y no darle paso a la señora que está detrás de mí y que solo lleva en mano dos artículos para pagar?
¿Por qué conformarme con llamar a mi madre, y no voy a visitarla en persona para pasar un rato ameno?
¿Por qué conformarme con comprar una soda, y no comprar dos para darle una al conserje del edificio?

No creo que haya que ser conformista en cuanto a la práctica  de amar. Más bien hay que dar siempre un paso extra con respecto a los detalles de cariño, amabilidad y ternura que puedo tener hacia el prójimo. Porque más que hacer un bien a esa persona, me hago un bien a mí mismo. Uno da, pero lo que recibe es mucho más grande: “Gratificación, plenitud, paz y regocijo”.

“Quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

Cara a cara con el león

Me levanté más temprano de la cuenta a propósito. Dormí pocas horas. Pero todo estaba planeado para que fuera así. Cuando terminé de bañarme y alistarme, justo en la puerta de salida de mi casa, estaba el león, mirándome fijamente a los ojos. Su intención era desafiarme, provocar miedo en mí. Pero, lo que él no sabía, es que yo era quien lo había invocado. Era parte de mi plan, citar y encarar a aquel depredador.

Lo miré sin responder a su provocación y tranquilamente pasé a su lado, salí y me fui a la oficina. Él seguía caminando dos pasos frente a mí y volteaba cada minuto a verme con una mirada intimidante. Yo seguía andando y, cuando él me miraba, yo lo miraba con serenidad y sin manifestar temor alguno.

Así pasó la jornada y poco a poco el león se fue cansando de mantener ese estado desafiante. Yo estaba sentado en mi puesto; él frente a mí, y de pronto, se dio media vuelta y se acostó en el piso. Lo había vencido. Triunfé, respondiendo a su agresividad, con mi serenidad.

La jornada laboral ya estaba terminando, cuando el león volvió a ponerse sobre sus cuatro patas, se acercó a mí. Pero, esta vez su mirada era diferente, no había intención de intimidar, solamente se puso a mi lado, y me extendió una pata en modo de reconciliación y amistad. Yo tomé su pata con mi mano y, seguidamente, le di un abrazo. Le dije que ya no quería pelear más con él.

Después de ese día, me levantaba cada mañana, y el león amanecía durmiendo en mi cama junto a mí. Me bañaba y me alistaba, y el león esperaba mansamente al lado de la puerta de salida para irnos. Ahora no caminaba frente a mí, sino detrás de mí. Eramos dos guerreros aliados para enfrentar los desafíos de la vida, con la mejor actitud. Y hoy en día somos los mejores amigos.

El miedo siempre va a existir. Habrá momentos en los que este nos paralice o nos cause un gran malestar emocional. Pero el miedo no es malo como tal; es parte de toda la serie de emociones que podemos experimentar a lo largo de la vida; y las emociones no son buenas ni malas, simplemente son emociones.

Ante el miedo, podemos reaccionar de dos maneras, con rechazo y aversión (de manera que lo único que haremos será empeorar más nuestro estado interno) o con aceptación y fluidez, dejando que, así como venga, se vaya.

El miedo no es nuestro enemigo, el miedo es necesario en cierto grado para prevenirnos de cosas que puedan ser perjudiciales para nosotros; es la manera que tiene el organismo para defendernos ante los peligros de la vida. Solamente que a veces, el miedo se despierta por causas que no lo ameritan. Sin embargo, no hay que luchar contra él, simplemente abrazarlo y aceptarlo, para que se vuelva nuestro aliado. 

Que el miedo no te paralice, sino que sea un incentivo para enfrentar los desafíos de la vida con entusiasmo, fortaleza, sabiduría y mucha fe en Dios.

Una fuerza indomable

El deseo de la carne sin compromiso, cuando tiene el mutuo consentimiento de dos personas que lo expresan el uno al otro, despierta un deseo insaciable por aquella posibilidad que se presenta, aquella puerta que se abre hacia el placer gratuito e interminable.

Cuando entras en ese ciclo de placer con una persona, es casi imposible salir de allí. Se transforma en una prisión, porque el cuerpo siempre te pide más y más. Tener la intimidad sexual satisface en el momento, pero pronto volverá a despertar el deseo por repetirlo. 

Las dos personas se transforman en esclavas, la una de la otra en torno a ese acto libertino. Es como entrar en una rotonda sin salida. Recorres y recorres, y por más que avances, sigues en el mismo círculo, sin llegar a ninguna parte.

 Poco a poco se va perdiendo la alegría y la espontaneidad que te caracteriza. Levantarse en las mañanas se hace más difícil. La cotidianidad se transforma en una carga pesada, y el entusiasmo por la vida se reduce al deseo de placer y más placer.

Yo he estado varias veces en esa cárcel del placer consentido, y por mis propias fuerzas no he podido salir. Por experiencia me atrevo a afirmar que, el ser humano no es capaz de salir por su propia cuenta de esa atadura una vez que está inmerso en esa dimensión de vida. Es por eso que, cuando me encontraba enredado en ese laberinto de pasiones, recurrí a una Fuerza mayor, para que me ayudara a liberarme y recuperar la paz. Mi refugio fue la oración y el rosario. Comencé a orar y rezar incansablemente. Le pedía a Dios que si no me convenía seguir allí, que me sacara de esa circunstancia. Rezaba cada noche el Rosario y, ese momento de silencio y contemplación, se transformaba en un espacio para serenarme y recobrar aunque fuera por unos instantes, la paz en el corazón, y poder así, discernir sobre la situación en la que me encontraba.

El placer de la carne es demasiado exquisito, es como un dulce manjar que puedes saborear sin empalagar, pero que tarde o temprano te causa indigestión espiritual. Es por eso que, lo que yo recomiendo cuando se está encarcelado en ese asunto con otra persona, es que se acuda a esa Fuerza Superior de Dios Padre y la Virgen María, para que te den la fuerza, el valor y la sabiduría, para escapar y salir ileso de ese ciclo tan placentero, pero perjudicial.

Ser dócil al Espíritu Santo

Hace unos días compartía en una amena conversación con Karla Castillo, quien expresaba cómo había aprendido a ser dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo. Fue contando su maravillosa historia, y cómo a través de la música, la cual era su pasión desde temprana edad (ya que la llevaba en la sangre, proveniente de una familia en la que del lado paterno y materno había historial artístico), fue encaminando su vida bajo la dirección de Dios Padre.

En medio de su experiencia como cantante en la iglesia, viviendo esa pasión por la música, sufre la pérdida repentina de su voz. Estuvo un par de años, prácticamente, sin voz. Veía al coro de la iglesia cantar, y sentía tristeza de no poder estar allí para hacer aquello que le apasionaba tanto, alabar al Señor con su voz.

Una noche de adoración, ocurrió un milagro. Ella estaba sentada en la última banca de la iglesia, y el sacerdote mientras predicaba, caminó por el pasillo central hasta el final, la miró a los ojos y le dijo algo así como: “Y tú, ¿por qué no estás sirviendo al Señor?

Ella, una mujer que había recibido el dictamen médico de que no volvería a cantar nunca más porque sus cuerdas vocales estaban achicharradas por la secuela de un problema de salud grave que había tenido, sintió que Dios le había hablado directamente a través del sacerdote. De manera que, tomó valor y, más adelante, contra todo diagnóstico científico, pidió que le permitieran integrarse al coro nuevamente. Al comienzo se quedaba frente al micrófono, y apenas cantaba. Pero poco a poco, se fue armando de valor y, milagrosamente, fue recuperando su voz. Sorprendentemente, pasó de un tono de voz cuando cantaba antes del suceso de salud, a otro diferente ahora que la había recuperado. Ahora tenía más opciones de tonos para cantar.

Posteriormente de dichos acontecimientos, retomó su compromiso por el canto al Señor y, fueron abriéndose puertas a nuevos proyectos, uno de ellos: “Voces Católicas Latinoamérica”. En el que artistas católicos de distintos países han ido formando una red de evangelización musical, y llevan a cabo cada cierto tiempo, giras para llevar a través del canto, la Palabra y el Amor de Dios a los demás.

Karla me decía que la razón por la cual ella ha logrado todo aquello, ha sido por su docilidad al Espíritu Santo. Es decir, que ella ha sido un instrumento de la Acción de Dios, quien ha ido dirigiendo sus pensamientos y acciones de manera Providencial.

Escuchar su testimonio despertó en mí un profundo amor por el Espíritu Santo; y también, un gran anhelo por ser y permanecer con esa docilidad ante Él, para que haga la Obra de Dios en mí y a través de mí, para el bien del mundo.

El Espíritu Santo me enseña que es importante que aprenda a soltar el control de mi vida. Que soy un canal por medio del cual, Él quiere manifestarse y actuar. Simplemente, tengo que dejarlo fluir en mí. Él me irá guiando; tan solo necesita de mi disposición y libre decisión de dejarme habitar completamente por Él.

Espero ser dócil al Espíritu Santo y que mi vida sea la expresión máxima de la Voluntad de Dios.

Solo con mi fuerza no puedo

Recuerdo una noche en la que dormía con mi mamá, después de una larga jornada que había tenido de clases en su jornada usual de 16 horas, en las que me preguntaba sobre cómo hacía para mantenerse con la fuerza para rendir durante esa gran cantidad de horas dando sus clases de español.

Estábamos con las luces apagadas, acostados en la cama y le pregunté: “Mamá, ¿cómo hace para tener tanta energía y dar clases por tantas horas cada día?” 

Lo que ella me respondió, me ha quedado grabado y nunca lo olvido. Me dijo: “Dios es el que me da la fuerza”.

Mi mamá es una mujer que lleva más de cuarenta y cinco años como profesora de idiomas independiente. Y una de las cosas que tanto le ha caracterizado ha sido su entrega y compromiso incansable en esa labor, trabajando muchas horas por día. Cabe destacar que ella siempre dice que dar clases para ella no se siente como trabajo, sino que es entretenido y le parece como si echara cuentos con la gente por diversión, aunque esté impartiendo las lecciones. Aquellos espacios se caracterizan por tener mucha conversación y a mi mamá le encanta conversar.

En fin, la respuesta de mi mamá a la pregunta que le hice, me hace pensar en relación a mi propia vida e historia. Dentro de mi trayectoria, durante los pasados 18 años de mi vida, a la actualidad, que tengo 36, he estado muy activo en el servicio de la iglesia. Una de las cosas en las que he destacado generalmente, ha sido en mi carisma para animar a las personas con dinámicas, cantos y las interacciones. Es algo que se me ha ido dando de forma muy natural y la gente lo veía y me hacía el reconocimiento por esas capacidades innatas en mí.

Independientemente de mi talento, había veces que me costaba desenvolverme, aunque lo hiciera bien al final, porque me sentía desanimado, agotado o simplemente con tedio. A veces tenía que ir a colaborar en alguna actividad o en mis compromisos con la comunidad juvenil, pero no sentía ganas de salir de casa; me quería quedar y olvidarme de esos compromisos. Muchas veces me pregunté: “¿Y si no fuera a la iglesia? ¿Y si me hago el loco y simplemente no llego a la actividad?” Pero al final, algo me impulsaba y aún desmotivado, iba a atender mi compromiso. No voy a negar que unas pocas veces sí me ausenté y recibí tremendo llamado de atención de mis colegas por ser irresponsable. Pero fuera de esas excepciones, la mayor parte de las veces atendía mis deberes en la comunidad de la iglesia. Y si hubiera sido por mi propia fuerza, seguramente ya habría renunciado a esas responsabilidades. Pero había algo en mí, y eso es lo que yo defino como la fuerza del Espíritu Santo, que me movía a seguir perseverando en aquello en lo que yo no creía del todo. Era ese impulso invisible, ese empuje de Dios, el que me hacía levantar y andar.

Esa misma fuerza de Dios, era la que me motivaba a ir a trabajar, aunque durante una década de vida profesional en la que pasé por dos empresas, mi desempeño fue nefasto. Y es que por dentro estaba destruido, mi autoestima estaba por debajo del suelo y no tenía ningún grado de confianza en mis capacidades. Era un joven sumamente inseguro. Fruto de todas mis carencias internas, no me enfocaba en el trabajo y terminé teniendo un desempeño muy pobre en ambas compañías. Y no era que no estuviera conforme con estar así, sino que por más que lo deseaba o intentaba, no lograba salir de ese estancamiento emocional en el que me encontraba. Se me hacía imposible la tarea de cambiar. Pero aún así, cada mañana, aunque me costara enfrentar las jornadas y los regaños constantes por mis deficiencias, encontraba fuerzas para seguir, y esas fuerzas me las daba Dios. Esa etapa que duró 10 años fue muy difícil. Tuve una lucha interior constante y sin éxito, para tener un cambio significativo en mi desempeño. Pero nada parecía  funcionar.

Después de perseverar en levantarme cada mañana, aunque sin ánimos, e ir a trabajar, pasó lo inesperado. Apareció Marco, mi papá espiritual, quien me ayudó a entrar dentro de mí, y profundizar en las heridas que tenía, de manera que mares de lágrimas, tristeza, angustias y miedos, salieron a flote. Pude sacar todo lo que llevaba por dentro, lo cual me carcomía e imposibilitaba surgir. Ahora era un hombre nuevo y pude sanar con la ayuda de él y la Gracia de Dios. Ahí me di cuenta que habían valido la pena todos esos años de angustia y desesperación. Fruto de mi sanación interior, mi desempeño fue cambiando y, gracias a Dios, hoy en día tengo un desempeño de gran eficiencia en mi trabajo, en el cual ya llevo más de tres años.

En fin, lo que quiero resaltar con todo esto, es que Dios ha sido quien me ha sostenido durante todos estos años. Sin Dios, hace mucho tiempo me hubiera quitado la vida, porque no fueron pocas las ocasiones en las que deseé desaparecer de este mundo. Pero Dios es grande y su Fuerza sostiene a todo el que acuda a pedirle ayuda. Mi frase en los momentos más difíciles siempre fue: “Dios no defrauda”. Y el tiempo me demostró que esa es la verdad.