Él era un niño inquieto, no podía estar en casa mucho tiempo porque le picaban los pies con ganas de ir a la casa de sus vecinos, para jugar videojuegos o salir juntos a la cancha a jugar fútbol. Era un chico alegre, siempre con un chiste que contar y sus amigos se reían mucho de sus ocurrencias. Creció en un ambiente relativamente sano durante toda su infancia. Los espacios entre amigos se prestaban para ir a la piscina, jugar deportes o algunos otros juegos como el escondite, ladrón y policía o andar en patines. Otro de los pasatiempos que tenía con sus amigos era, jugar videojuegos o ver películas.
Entre las diferentes actividades que realizaba con sus amigos estaba el juego de penitencia, que consistía en hacer un círculo y poner en el centro una botella, la cual hacían girar, después que la botella se detenía, la persona a la que quedaba señalando esta, tenía que cumplir una penitencia. La penitencia que más se ponía era que el chico besara a la chica, o la chica besara al chico. A este niño le encantaba el juego de penitencia por eso; ansiaba ese momento para que le pusieran aquella penitencia con la que siempre soñaba, esperando besar a una chica linda.
Con el paso de los años, fue creciendo el niño y sus amigos. Ya dejó de ser un pequeño y ahora todos eran adolescentes. Los tipos de actividades grupales comenzaron a cambiar, Algunas cosas permanecían, como los juegos de fútbol y la piscina. Pero se añadieron otras actividades como salir de fiesta en las noches todos los fines de semana, aunque los videojuegos seguían formando parte de las actividades grupales.
Los temas de conversación también eran diferentes. Ahora un tema muy frecuente podía ser sobre salir con una chica o conquistarla. Comenzaba la etapa adolescente con todas sus implicaciones emocionales y hormonales.
Aquel joven, un día, comenzó a salir con una chica, empezaron a tener un noviazgo y él se enamoro perdidamente. Los amigos lo felicitaban porque tenía su primera novia. Él se sentía muy orgulloso de decir que tenía su pareja.
El tema fue que esa relación no duró más de un mes, porque resultaba ser que el chico era muy meloso y solo quería pasar el tiempo con su novia, abrazándola y no haciendo nada más que eso. Obviamente ella se cansó de aquella monotonía.
Un día aquella joven llamó al chico por teléfono y le dijo que no quería seguir con aquel noviazgo. Se terminó la relación y el joven lloró amargamente implorándole a ella que por favor no lo dejara. Pero la decisión ya estaba tomada y ella no iba a cambiar de opinión. Así fue como terminó el primer noviazgo de aquel chico y este, que no quería decirle a sus amigos porque sentía vergüenza, no tuvo más que revelar la verdad cuando ellos le preguntaron.
El joven continúo saliendo con sus amigos a fiestas los fines de semana y años más tarde tuvo otro noviazgo, pero terminó igual que el anterior. Pasaba una y otra vez, y él no se angustiaba tanto por el fin de las relaciones en sí, sino por lo que fueran a pensar sus amigos. Tenía una dependencia emocional sobre lo que pensaran sus amigos de él, aquellos con los que había crecido.
Pasaron los años y ya no era un joven, ahora se había convertido en un adulto al igual que sus amigos. Cada uno trabajaba y todos seguían con los mismos hábitos de salir de fiesta. Pero este hombre decidió cambiar su estilo de vida. Se dio cuenta que durante toda su niñez y adolescencia había pasado muy divertido con ellos, pero su atención se había centrado siempre en agradar a ellos y, con ese propósito, había hecho cosas que no necesariamente había deseado hacer. Descubrió ya siendo un profesional independiente, que no le gustaba realmente las fiestas, y no sentía que el proyecto de vida de pareja era su vocación. Tantos años viviendo para complacer a aquellos amigos con los que creció desde muy niño, para darse cuenta finalmente que no había sido fiel a sus principios y sus anhelos reales.
Aquel adulto comenzó a recorrer el camino de sus sueños y propósitos y comenzó a ser fiel a sí mismo. Nunca más vivió para complacer a otros, sino más bien, fue fiel a sus valores y deseos. Recordaba con regocijo el pasado que vivió con aquellos amigos, y a la vez, miraba con ilusión el futuro que le esperaba siento ahora, una persona auténtica.
Era un miércoles 1 de marzo de 1989 a las 8 de la noche, día en que nací. Crecí en un entorno familiar de padre y madre, siendo el último de cuatro hermanos: Dos mujeres y dos varones. Desde temprana edad adopté el rol de espectador del entorno y las personas. No supe lo que era tener una identidad propia por lo que vivía identificándome con los de mi alrededor. No había autoestima, no había seguridad, solo había miedo, incertidumbre y dependencia emocional de los demás.
Crecí con esa forma de ser; miraba a mis amigos, los catalogaba en mi mente, a uno como el protagonista, otro como personaje secundario, aquella otra como la princesa, aquel otro como el villano; y así me hacía todo un elenco de personajes. Yo seguía siendo el espectador de la gran película de la vida. Me sentía tan ajeno a mi entorno que, estar con cualquier persona era como tener a un famoso frente a mí, por lo que me sentía inferior y lleno de timidez.
Pasaron los años y me acostumbré a no sentirme importante, a no tener dignidad ni valorarme como persona; yo no era nadie, mi única actitud era la de ver cómo las demás personas vivían alcanzando sus logros, teniendo sus fracasos y en fin, sobrellevando la existencia de diversas maneras. Pero como todo tiene su causa y efecto, vivir con esa inconsciencia de mi identidad me pasó factura con el tiempo. Me fui llenando de rabia y resentimientos porque no me valoraba y consecuentemente no me sentía valorado por nadie.
Es evidente que todo ser humano necesita sentirse amado y mirado, sobre todo por aquellos con los que convive de cerca. Una persona que no se siente amada, puede sufrir de maneras inexplicables; así sufría yo. No me explico cómo sucedió todo aquello, cómo fue que desde temprana edad e inconscientemente adopté esa costumbre de no verme como persona, sino crecer a la sombra de los demás, ¿cuándo pasó aquello? ¿en qué momento comencé a sentirme como alguien sin identidad? ¿cómo es que tenía la convicción de no ser reconocido ni amado?
Volviendo a la acumulación de ira y rencores, llegó el momento en el que surgió desde lo más profundo de mi ser un grito de desesperación que clamaba por encontrar mi identidad y abandonar a ese viejo yo sin rostro ni amor propio. Aquel clamor reflejó el profundo dolor que durante toda la infancia y adolescencia se fue sembrando y creciendo en mí por haberme acostumbrado a ser invisible, sin valor, sin confianza y sin reconocimiento.
De pronto me encontraba en una habitación en completo silencio, meditando y buscando muy dentro a mi verdadero yo; entré en un estado de calma y discernimiento, tocando las puertas de mi corazón para llamar y sacar la identidad de la que era poseedor y que siempre había escondido. Ya no quería ser invisible; quería descubrir quién era yo y darme un papel en la película de la vida. No podía seguir siendo un simple espectador, era momento de adquirir el protagonismo de mi existencia. Finalmente encontré a ese niño temeroso que se había mantenido escondido desde que tuve uso de razón. Aquel pequeño estaba flaco y desnutrido, casi muerto; había pasado toda su vida allí, abandonado sin comer, sin ser atendido. Yo lo dejé sólo desde siempre y él había crecido huérfano sin saber lo que era ser mirado. Lo vi y sentí un profundo dolor; pensé: “Nunca reconocí mi identidad. Pero no fue porque no hubiera querido, sino porque no me enseñaron a hacerlo”.
Entré en la habitación en la que se encontraba ese niño desconsolado, lo tomé de la mano y lo abracé fuertemente; le dije que de ahora en adelante le daría el lugar que merecía; ya no pondría mi mirada en otros actores, ahora lo vería a él y le daría el protagonismo. Lo alimentaría, lo cuidaría y estaría con él de ahora en adelante.
Fue así como finalmente encontré mi identidad, ya supe quién era yo y me prometí fidelidad perpetua. Me despedí del viejo yo, aquel que no era importante, para dar paso a la esencia de mi ser; me abracé con mucha fuerza y sentí un inmenso regocijo y gratitud. Finalmente descubrí al protagonista de mi película y comenzó, ahora sí, la trama más importante de mi vida.
Era un adolescente con la mirada fijada en mi hermano mayor. Él era un hombre extrovertido, muy querido por todos. Cada vez que mis amigos me veían, lo primero que hacían era preguntar por mi hermano. Había en mí una falta de identidad, puesto que mi único anhelo era ser una copia de mi hermano para ser igualmente querido por todos. Desconocía mi identidad y todo el potencial que llevaba dentro. Como no había escudriñado la grandeza que habitaba en mí, la esencia de mi autenticidad, andaba por la vida con un desconocido, que era yo mismo.
Año tras año observaba cada comportamiento de mi hermano y trataba de elaborar un plan para actuar de manera idéntica a él; mi punto de referencia al evaluarme era la respuesta de los demás. Si las personas reaccionaban con agrado y simpatía a mis acciones, palabras y gestos, la conclusión era que estaba imitando correctamente la forma de ser de mi hermano mayor. Si, por el contrario, aquellos de mi entorno respondían sin interés o con indiferencia, quería decir que había fracasado en mi plan maestro.
La falta de autenticidad y conocimiento propio me estaba llevando, poco a poco, al vacío existencial y la desesperación. Estaba conmigo mismo, pero no me sentía cómodo. Me desconocía pero, a la vez, me rechazaba porque yo no era mi hermano. Me molestaba con mi persona preguntándome: ¿por qué no puedo ser como él? La rabia estaba contenida en mi interior y daba vueltas en mi corazón, causando cada vez mayor angustia en mi ser.
Llegó una época en la que, al parecer, comencé a tener éxito en mi plan de imitación, ya que la gente se reía de mis chistes y comportamientos, me llamaban y preguntaban por mí para pasar tiempo juntos. Me dije: “Finalmente lo logré, soy el centro de atención, estoy siendo tal y como es mi hermano. Por eso ahora la gente me quiere”.
Tanto fue el agrado de los demás hacia mí que, ahora mi hermano se ponía celoso porque yo me estaba robando toda la atención de las amistades. Sin embargo, pasó algo muy peculiar, y es que lo que comencé a sentir no fue lo que esperaba experimentar. Aquel vacío que alguna vez hubo por no haber podido ser igual a mi hermano, comenzó a agrandarse aún más; la angustia fue mayor que antes y me sentía traicionado por mí mismo. Había adoptado una personalidad que no era propia de mí; había renunciado desde hacía mucho tiempo y, finalmente, cuando las personas aceptaron esa identidad que yo había creado, algo en mí despertó. Descubrí que estaba en problemas porque, para empezar, requería un gran esfuerzo mantener ese personaje ficticio y ahora tenía el compromiso de sostenerlo ya que las personas se habían acostumbrado y acogido a ese ser irreal. Me había cargado sobre mis hombros la pesada obligación de ser alguien ajeno a mí, y no sabía qué hacer, ya que cada vez me sentía más agobiado ante esa difícil tarea. Era una carrera innecesaria y auto impuesta de resistencia.
Con el pasar de los meses, aquella obligación de fingir, la cual aclamaban mis amigos, se fue tornando más y más pesada hasta el punto en el que no pude más. Caí y se vino sobre mí todo el peso de aquella ficción; sucumbí y salió como un grito desesperado y eufórico, toda la desesperación de aquella travesía tan extensa y perturbadora de la mentira. Comenzó en mí un período de crisis existencial y me rodeó un aire de sin sentido de vida.
Los días se tornaban cada vez más difíciles de vivir. El miedo y la ansiedad se convirtieron en mis permanentes compañeros. No había paz, nunca la hubo, no había gozo, tampoco lo hubo nunca. “¿Qué es la serenidad?” Me preguntaba. Toda mi vida había sido un siervo de la envidia y la ignorancia de mi ser. Mi mirada siempre había estado hacia afuera y me había convertido en un camaleón, experto en imitar los colores de mi hermano.
Aquel sistema de imitación ya no era sostenible. Comenzaron a surgir en mí, secuelas de todos esos años en los que fui en contra de mi identidad. Aparecieron profundas tristezas del alma, momentos de gran irritabilidad y pérdida de gusto por la vida misma.
En medio de ese caos en el que ya no aguanté más, me di por vencido y renuncié a seguir fingiendo sobre quién era yo. Muchos quedaron extrañados y se preguntaban sobre qué me había pasado, alegando que no parecía ser yo. Lo que no sabían era que nunca había sido verdaderamente yo. Dejé de interpretar al personaje y me encontré con la nada. Ya no era el falso yo, pero no sabía quién era yo; nunca me había tomado el tiempo de mirar hacia mi interior para conocerme. Así que, comenzó la ardua búsqueda de mi auténtico ser. Fue un camino difícil ya que, tenía que seguir viviendo la vida y asumiendo las responsabilidades. Estas no eran fáciles de llevar, no teniendo identidad, ya que de cierta forma, vivir tiene como requisito tener un carácter y temperamento para asumir y sobrellevar los retos que la vida te va poniendo en el camino. No fue fácil el recorrido. Pero apareció en ese entonces, una persona que me tenía gran estima, era como un papá para mí. Él se tomó el tiempo para acompañarme, escucharme y guiarme en el camino del auto descubrimiento. Después de algunos años y prolongadas horas de diálogos, llantos y silencios con él, fui capaz de encontrar a mi yo, aquel pequeño que había estado toda mi vida escondido dentro en un oscuro rincón, esperando a que le diera la importancia que merecía. Lo tomé de la mano, lo saqué de aquella oscuridad, lo alimenté, lo abracé y lo amé.
A partir de allí, comencé a vivir con la clara identidad de quién era yo y pude encontrar sentido a la vida, sentir gozo de vivir y llenar aquel vacío con plenitud. La paz se convirtió en mi aliada y nunca más imité a nadie, quién era yo era más que suficiente para ser verdaderamente feliz.
En los ires y venires me encontré cara a cara con la soledad. Ella me saludó amablemente y me acompañó durante un largo tiempo. Pasados unos cuantos años la soledad decidió partir; le di un gran abrazo y se fue.
En los ires y venires me encontré con la alegría. Ella venía de muy buen humor, me miró y me dijo un chiste; me reí efusivamente y me pidió hospedaje. Yo la recibí en mi casa y comenzamos a convivir amablemente. La alegría decidió quedarse en mi casa; saldría de vez en cuando, pero cuando menos me lo esperaba, estaría de regreso en el que ahora era el hogar de los dos.
En los ires y venires me encontré con la tristeza. Caminaba yo hacia la farmacia cuando de pronto veo al fondo de un callejón sin salida a la tristeza, sentada en el suelo con su cara escondida entre sus rodillas y llorando desconsoladamente. Algo me impulsó hacia ella y me acerqué para consolarla y darle un abrazo. En cuanto la abracé, comencé a llorar y no sabía por qué. Aún en medio de las lágrimas le ofrecí hospedaje en mi casa y ella, que no dejaba de llorar, aceptó. Desde allí la tristeza comenzó a formar parte de nuestro hogar junto con la alegría y conmigo.
En los ires y venires me encontré con la ira. Yo estaba caminando frente a un bar y, de pronto, escucho y veo a alguien que sale gritando del local; al parecer lo habían echado de aquel sitio por haber causado problemas. Impulsivamente crucé la calle para acercarme al sujeto y, en efecto, con verlo, se me hacía fácil entender que lo hubieran echado. La ira me miró con los ojos encendidos, parecía que iba a explotar de la rabia que contenía. Antes de que la ira me gritara o dijera alguna palabra hiriente, le ofrecí hospedaje en mi casa. La ira se enojó porque le hice tal ofrecimiento y me dijo que si acaso pensaba que él era un desdichado sin hogar; se puso rojo del enojo, aunque a los dos minutos de vociferar y hacer rabietas, me dijo que estaba bien, que iría a hospedarse en mi hogar. En cuanto comenzó a caminar junto a mí, comencé a sentir un poco de enojo, pero no me explicaba por qué.
Fue así como llegamos a ser cuatro miembros en el hogar. La convivencia a veces se tornaba algo complicada pues, la alegría no soportaba estar con la tristeza; intentaba animarla, pero eso solo ocasionaba que la tristeza comenzara a llorar. Por otro lado, a la ira le molestaba que la alegría estuviera siempre de buen humor. No concebía que alguien pudiera estar reído todo el tiempo. El día a día era algo complicado, pero yo siempre intervenía para evitar conflictos.
Un día me senté en mi mecedora favorita, allí en el portal de mi casa y me quedé contemplando el denso y frondoso bosque de pinos cipreses que se agrupaban en el panorama frente a mi hogar. Entre mi casa y el bosque, cruzaba un río de aguas celestes en las que, de un momento a otro, saltaba uno que otro salmón. Cada vez que me sentaba en la mecedora una suave brisa del oriente acariciaba mi mejilla. La paz que me inundaba en momentos así era sobrecogedora.
Seguía allí sentado disfrutando del panorama, la brisa, la paz y el silencio. De pronto, divisé a lo lejos, entre los pinos, una silueta de un niño que estaba escondido y se asomaba constantemente en dirección hacia mí. Me causó mucha curiosidad y, al principio pensé que tal vez era producto de mi imaginación. Pero seguí observando y pude corroborar que, en efecto, se trataba de un niño. Me levanté y comencé a caminar en dirección hacia el bosque para dar con él. En la medida que me iba acercando, el niño a quien ya le podía ver el rostro, comenzaba a mostrar signos de pánico. Seguí caminando hacia él, crucé el río y finalmente llegué adonde se encontraba; él me vió y cayó sentado en la tierra; su rostro palidecía, sudaba y estaba paralizado. No podía decir ni una sola palabra. Fue allí cuando comprendí que aquel niño era el Miedo.
Me senté junto al pequeño Miedo, lo abracé y le dije que todo iba a estar bien. Recuerdo que lo abrazaba fuertemente, pero él no dejaba de temblar. Lo cargué en mis brazos y sin siquiera preguntarle, me lo llevé a mi casa para darle hospedaje.
Se integró un nuevo miembro al hogar. Cuando entré a la casa estaban discutiendo la ira y la alegría, mientras que la tristeza lloraba pidiendo que se detuvieran. Me acerqué a los tres y les pedí que se calmaran y que dieran la bienvenida al nuevo integrante de nuestra familia. El miedo se mantenía aferrado a mí y no quería soltarme. Podía sentir la temperatura de su cuerpo muy baja y temblaba; no se atrevía a ver a los anfitriones. Les dije que después haríamos una merecida celebración de bienvenida, pero mientras tanto, llevaría al miedo a una habitación para que se recostara en una cama y así descansar un poco. Subí las escaleras, entré en una habitación y lo intenté recostar en la cama, aunque él no quería soltarme. Le dije: “Tranquilo, puedes soltarme, estar en un lugar seguro”. El pequeño dudó por unos segundos, pero después accedió y me soltó. Una vez acostado tomó la cobija y se escondió debajo de ella. Ya era de noche y hacía un clima fresco, le dejé la ventana semi abierta, apagué la luz y cerré la puerta del cuarto.
Cuando bajé las escaleras estaban sentados en el sofá de la sala, la alegría, la ira y la tristeza. Se encontraban en completo silencio. Me acerqué, me senté frente a ellos en un sofá individual reclinable y les pregunté: “¿Ahora sí me hicieron caso? Así es que me gusta verlos, serenos y en paz entre ustedes”. La ira me miró y me dijo: “Sé que a veces soy incontrolable con mis rabietas y me cuesta regularlas pero, cuando vi a ese niño que traías en los brazos, me ruboricé; sentí que mi enojo perdía todo su sentido frente a él, como si yo fuera insignificante ante la gravedad de lo que él sentía.
La tristeza también habló: “Yo estaba llorando por la discusión que tenían la alegría y la ira, pero al ver a ese niño, mi tristeza se intensificó y, comencé a sentir un profundo lamento que ni siquiera podía expresar con palabras; era como si hubiera tenido un nudo en la garganta y, por más que quería gritar y llorar, no podía.
Seguidamente habló la alegría: “Yo discutía con la ira con cierto tono de humor y, más que todo porque me hacía reír el ver cómo le enojaba cualquier cosa que yo dijera; en pocas palabras, no me parecía algo tan relevante el tema que se discutía. Pero, he de reconocer que cuando te escuché presentarnos al niño y lo vi, sentí que mi alegría se volvía obsoleta. Era como si alegrarme y reír no tuviera ningún sentido. Ese niño emanaba un aura oscuro que carcomía la alegría de la que soy autor.
Después de escuchar a los tres con respecto a sus impresiones del pequeño miedo les dije: “Entiendo que por lo que me dicen, este niño les causa algo de inquietud. Sé que no será algo sencillo convivir con él, pero ahora es parte de nuestra familia y les pido que se comporten de la mejor manera posible con él. Sean buenos hermanos para él, porque le ha tocado una vida muy difícil”.
En tanto dije esas últimas palabras, alguien tocó la puerta de entrada. Nos miramos los unos a los otros y fui a abrir; la ira, tristeza y alegría iban detrás de mí. Abrí la puerta y había allí un hombre alto, fornido y de buen aspecto. Le dije: “Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarle?”
El extraño contestó: “Hola, mi nombre es valentía, estoy buscando a mi hermanito menor, el cual se me perdió; he buscado y buscado por estas zonas, ya que la última vez lo vi por los bosques cercanos a esta casa, pero no he dado con él. ¿Por casualidad no lo habrá visto? Es un niño chiquito que se esconde de todo el mundo y le aterra todo”.
Ví en ese robusto señor, a alguien honesto. Le pregunté para ponerlo a prueba: “¿Cómo se llama el niño?” Respondió: “Se llama miedo”.
“Comprendo, él está aquí. Cuando lo encontré estaba detrás de uno de los pinos de allá y se encontraba pálido y frío. Sentí compasión y lo traje. Ahora está durmiendo en el cuarto de arriba. ¿Quieres pasar a verlo?”
Respondió valentía: “No, no hace falta, si está dormido no quiero molestarlo. ¿Sería tan amable de darme hospedaje hasta mañana? Temprano me alistaré y me iré con mi pequeño hermano”.
“Sí claro, pasa adelante. Te presento a tres amigos: ira, tristeza y alegría”.
Los tres saludaron y dieron la bienvenida a valentía.
A la mañana siguiente me levanté, eran las 6 de la mañana y me fui a asomar al cuarto donde estaba el pequeño miedo. Vi que seguía cobijado hasta la cabeza y se escuchaban unos ronquidos, lo cual me dio a entender que dormía plácida y profundamente.
Bajé a la cocina y comencé a preparar el desayuno. Preparé unos omelette, tocinos, pancakes, avena de canela, pan con mermelada y unas empanadas de maíz con carne, coloqué cereal y leche en la mesa junto a todo el desayuno y jugo de naranja.
El primero en bajar fue valentía. Ya se había bañado y estaba con buen ánimo, se veía entusiasmado para iniciar aquella nueva jornada con emoción de saber qué le depararía ese nuevo día.
“Buenos días valentía”, le dije. “La comida está servida, ven y siéntate conmigo a desayunar”.
Valentía accedió y nos sentamos para comenzar a comer. Se adelantó a bendecir los alimentos, dimos gracias a Dios y comenzamos a comer. Entonces le dije: “Cuéntame un poco de ti, valentía”.
Valentía sonrió y me dijo: “Claro, con mucho gusto”.
Comenzó entonces a narrar: “Yo crecí en un orfanato, hasta el día de hoy desconozco quiénes son mis padres; pero dado el don que poseo y que denota mi nombre, pude sobreponerme a la vida con la ausencia de mis progenitores. En la medida que fui creciendo y destacando dentro del grupo por mi gran capacidad de resiliencia, llegué a mi mayoría de edad y me otorgaron un puesto para trabajar en dicho Orfanato. Comencé como asistente de limpieza, más tarde me tocó dar tutorías y acompañar a niños, sobre todo aquellos que les costaba más adaptarse al medio y al final terminé siendo mano derecha del director de aquel lugar. Llegó el día en que decidí salir de allí en busca de nuevos horizontes, siempre lleno de valor y emocionado por la incertidumbre de lo que me esperaba en el porvenir. Me volví un peregrino viajando por muchas regiones, quedándome de casa en casa donde me recibieran. Un día, caminando por una llanura, me encontré a un niño mendigando a la orilla del camino. Este niño temblaba y se le veía en la cara que se encontraba en un estado de pánico. Me acerqué a él y al principio se asustó pensando que le iba a hacer algún daño, pero con voz suave le dije que no quería lastimarlo. Me compadecí profundamente de él y le dije que quería ayudarlo, que se animara a irse conmigo a las aventuras inciertas que nos regalaran los caminos por recorrer. Él estaba sumamente asustado, pero viendo que el camino era poco transitado y que estaba muerto de hambre, decidió irse conmigo. Fueron muchos los lugares que visitamos juntos; dentro de las provisiones que conseguía, dividía a mitad con él y fue nutriéndose y recuperando su semblante, aunque siempre manifestaba miedo ante cualquier estímulo. Le pregunté una noche, si sabía su nombre. Él, con voz temblorosa, dijo que se llamaba miedo y que no siempre había estado sin compañía. Durante varios meses lo había acompañado una amiga llamada soledad; pero la desolación de miedo era tan deprimente que ni siquiera la soledad soportó estar con él y se fue”.
Le pregunté más o menos en qué época sucedió eso, y cuando me lo dijo, resolví que la fecha de partida de la soledad del lado de miedo, coincidía con el posterior encuentro conmigo; aunque soledad nunca me contó que había conocido a aquel niño, tal vez nunca sintió la confianza para contarlo o probablemente le parecía algo insignificante.
Valentía continúo: “En la medida que compartimos el pequeño miedo y yo, fuimos teniendo confianza mutua y él, a pesar de sus temores, me comenzó a tener un cariño de hermandad. Es por eso que de ahí en adelante lo adopté como mi hermano pequeño. Pero a pesar de que lo he cuidado siempre, el terror se apodera de él en ocasiones y termina corriendo sin dirección alguna a esconderse en algún rincón. Por eso lo encontraste allí en medio de la vegetación, había tenido un ataque de pánico y se escapó del lugar donde nos hospedábamos”.
Agradecí a Valentía por su confianza para contarme su historia y la del pequeño miedo. En lo que terminamos de conversar al respecto, bajaba por las escaleras miedo viendo con algo de recelo. Detrás de él venía tristeza, alegría e ira y lo animaron a reunirse en el comedor con todos. Se incorporaron los que faltaban en la mesa y continuó el desayuno, con largas conversaciones, risas, anécdotas y momentos memorables.
Invité a valentía y miedo a quedarse en mi hogar y después de conversarlo aceptaron.
Es así como surgió esta bella familia conformada por estas emociones, algunas contradictorias, pero todas aprendiendo a convivir en fraternidad.
En los ires y venires de la vida mi casa se transformó en un dulce hogar con aroma familiar.
En algún momento de mi infancia me perdí en medio de tantas personalidades que me rodeaban; me entretuve viendo a esta y otra persona con sus carismas y peculiaridades. Después de los años de aquella niñez en los que pasé contemplando la vida como una película llena de personajes, me había convertido, inconscientemente en un espectador; se me perdió la identidad propia. Todos tenían un personaje que desempeñar, pero yo no tenía lugar en la película de la vida. Ni me di cuenta cuando me sentí fuera de la vida misma. ¿Quién era yo? No sabía; y como me había convertido en un don nadie a la luz de mis ojos, mi único acompañante en el camino, era el miedo y el sentido de inferioridad. Mi cotidianidad era como estar en Hollywood lleno de famosos, siendo yo un simple ser sin relevancia en medio de toda aquella farándula.
La consecuencia de ser un simple espectador de la vida, fue que mi autoestima no existía; no había confianza en mí mismo ni claridad sobre mi propósito y el rumbo de mi ser. Inconscientemente buscaba verme a través de los ojos de las demás personas, esperando que alguien me valorara tanto, que me mirara con un interés y amor auténtico, para así, yo sentirme como un ser humano, con dignidad, con valor y sobre todo, con identidad.
Llegó una etapa de mi adolescencia en la que toda aquella falta de sentido existencial, hizo un enorme vacío en mi alma; sentía que me ahogaba, aunque mis pulmones estuvieran llenos de aire. Veía a la muerte como un personaje más en medio de todos aquellos que me rodeaban. Ella estaba allí, acechándome, diciéndome que yo no era importante y que cuanto antes me fuera con ella, mejor estaría el mundo. Un mundo sin mí, sería un mundo más feliz. En varias ocasiones traté de irme con la Muerte que tanto me esperaba; pero los intentos fueron fallidos.
Después de haber fracasado en mi intento de partir a otro mundo, me resigné y me encerré en mí mismo. Estaba rodeado de seres humanos, pero mi mente y mi corazón se habían cerrado, y no había espacio para que nadie se acercara a mí. Podía hablar con quien fuera, pero no había contacto visual, no me vinculaba afectivamente con nadie; era un ermitaño en medio de la ciudad. Un colosal sentimiento de soledad se asentaba sobre mí, y los días se me hacían cada vez más insoportables. Vivía por vivir; ante las dificultades de la vida, no tenía en quién apoyarme, más que en mi propio ego carente de seguridad e identidad. Yo era un caos en todos los sentidos.
Me encontré con personas que, más que tratar de comprenderme, se enojaban conmigo y me trataban con mucha rudeza, regañándome, gritándome y recalcándome lo mal que yo estaba; que estaba haciendo todo de un mal modo y que tenía que corregir mi vida si quería salir adelante. La intención de ellos era la de ayudarme, pero la manera en la que lo hacían no era eficiente; por lo que lo único que lograban era frustrarme más y hacer que me enojara conmigo mismo por ser como era. Yo entendía lo que me decían y por qué me regañaban fuertemente, pero no sabía como cambiar, como verme con ojos de aprecio; no sentía ningún poco de autoconfianza; puesto que había crecido con la convicción de que era un Don Nadie. Fueron muchas las lágrimas que derramé, intensas las angustias que pasaba porque no sabía cómo salir de aquel callejón sin salida. Me pedían cambiar mis comportamientos de inutilidad, pero nadie se fijaba en las heridas y miedos que cargaba dentro de mí, aquellos que eran la verdadera causa de mi inutilidad.
Un día como cualquier otro para mí, apareció alguien a quien no veía desde hacía muchos años. Una persona que me conoció teniendo yo tres añitos. Esa persona, al verme, siendo yo ese niño pequeño, quedó cautivado con mis ojos. Decía que mi mirada era profunda y con una gran apertura hacia lo divino. Desde ese momento, sintió un amor paternal por mí. Pero él se había ido por mucho tiempo, y desde lejos, oraba por mí; hasta ese momento en el que se pudo reencontrar conmigo. Me miró y se emocionó de manera muy efusiva; se acercó a mí y, sin pensarlo dos veces, me dio un fuerte y apretado abrazo que duró un largo espacio de tiempo. Me di cuenta de lo mucho que me amaba por ese abrazo cargado de afecto y amor auténtico de padre.
Desde ese día, esa figura paternal me dijo que estaría disponible para mí las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana. En cualquier momento que lo necesitara, solo tenía que marcar el número y él contestaría. Dormiría con el teléfono al lado suyo por si acaso me daba por llamar.
Comenzamos a salir para hablar de temas esporádicos; sin embargo, en esos encuentros comenzó a surgir algo inesperado. La conversación empezaba con temas casuales, cosas del día a día. Pero de pronto, salía de lo más profundo de mi ser, un grito de dolor, la verbalización de un miedo, de mis inseguridades, mis aflicciones. Cuando dichas palabras salían, el llanto era inevitable; rompía a llorar con mucha fuerza y emoción. Era como si mi interior hubiera sido una represa que se había llenado de agua contaminada; una contaminación de emociones negativas, que me habían estado carcomiendo durante todos esos años pasados. Pero, había llegado el momento en el que todo eso podía salir de mi pecho para que, finalmente fuera libre y pudiera desprenderme de aquella opresión que me acompañó desde pequeño.
Pasaron meses, años y después de tantas conversaciones con aquel papá que me había regalado la vida, pude abrir los ojos; me comencé a ver como un ser humano con dignidad, ahora me amaba a mí mismo; sentía regocijo y satisfacción de ser yo. Por primera vez pude sentir el aire que respiraba. Durante toda mi preadolescencia y adolescencia, había sentido como si hubiera estado aguantando la respiración; a tal punto era mi angustia. Estuve muchos años sintiendo que me asfixiaba. Pero ahora era diferente, podía respirar, podía verme con claridad, podía amarme y amar. Ya no era una isla, ahora veía a los ojos a quienes me rodeaban. Ahora sí era consciente de que habían personas junto a mí que me querían y me apoyaban; ellos siempre habían estado allí, simplemente era yo quien, por tener los ojos puestos en mi ombligo, no me había percatado de ello.
El vacío desapareció, la vida me dio una oportunidad de saber lo que era vivir; y hoy en día vivo cada día al máximo, sin miedo; por el contrario, lleno de entusiasmo y la disposición de dejarme sorprender por lo que cada nuevo día trae consigo.
Era un niño risueño, se reía por todo; pero así mismo, lloraba por todo. Al parecer, tenía una alta sensibilidad emocional. Sus risas contagiaban a los que le rodeaban, causando momentos de gozo. Por otra parte, cualquier cosa que no le gustara, ocasionaba llantos escandalosos, gritos, pataletas y rabias incontrolables. Cuando se ponía así, mamá le prometía que le compraría lo que quisiera, le complacería con tal de que dejara de hacer aquella rabieta. Muchas veces era vergonzoso porque aquellos espectáculos los hacía en lugares públicos y la gente se quedaba impresionada viendo aquello.
En la medida que fue creciendo, este niño careció de miradas. No se sintió mirado en ningún momento de su infancia ni adolescencia. Esto causó que fuera creciendo dentro de sí un profundo dolor del cual, nadie se daba cuenta. Solo aquel niño conocía el calvario que estaba pasando, en absoluto silencio. Aprendió a acallar la voz dentro de sí que gritaba pidiendo ayuda; se volvió un experto en reprimir sus miedos y angustias. Fue creciendo y las explosiones de ira eran cada vez más grandes; además de eso, le acompañaban posteriormente períodos de gran desánimo y pérdida de sentido en su vida.
Este joven, que ya había dejado atrás su etapa infantil, solamente quería ser mirado; es por eso que hacía tantas travesuras, agredía a otros, insultaba, se portaba mal; todo para llamar la atención, porque su niño interior clamaba de esta forma, el deseo ardiente de ser visto, escuchado y amado. Pasaron los años y seguía viviendo aquel calvario de su soledad interior, del silenciamiento del sufrimiento y la pérdida de ganas de seguir viviendo. Llegó al punto del colapso, en el que se rindió ante aquellos innumerables intentos de llamar la atención, porque más que miradas amorosas, recibía regaños y agresiones para que se calmara. El efecto no fue el esperado, sus actos de rebeldía llamaban la atención en un mal sentido. Es por eso, que adquirió fama de mala persona, atrevido, vulgar, y se quedó sólo. Había luchado tanto para ser querido y acompañado, a través de su agresividad, pero lo que ocasionó fue el efecto contrario, quedar aislado de la sociedad que lo rechazaba por ser rebelde.
Llegó el momento culmen de su tribulación en el que quiso acabar con su vida; no quería seguir luchando; ya nada valía la pena, su existencia había sido un error y una pérdida de tiempo y esfuerzo en vano. Hizo el intento de atentar contra su vida, pero a la hora de dar el paso, no se atrevió. Se puso a llorar amargamente y clamó al cielo confesando que no sabía que más hacer. No quería morir, pero tampoco quería vivir, se encontraba en un callejón sin salida y no veía quién pudiera tenderle una mano para sacarle de allí.
En esos momentos, extendió la mano, esperando que alguien la tomara, aunque sabía que no había nadie allí. Lloraba con los ojos cerrados sin bajar su mano abierta. Unos minutos después sintió que alguien tomó su mano y lo levantó de un solo jalón. Él, sorprendido abrió los ojos, y vio a un viejo amigo, uno con el que no se había topado desde su temprana infancia. Este le dijo que ya era hora de comenzar a vivir; su sufrimiento y sus clamores habían sido escuchados. Este era el momento de comenzar a experimentar un amor verdadero. Aquel amigo se sentó a escucharlo confesar poco a poco, todos aquellos miedos y angustias que había guardado y reprimido durante toda su vida. Pasaron los días y aquel amigo aprovechaba cada oportunidad para sentarse a mirar a aquel joven que, se sentía extrañamente bien, puesto que por primera vez alguien se detenía a poner toda su atención en él, para atender todas sus inquietudes, dudas y heridas.
El proceso de mirada y escucha se mantuvo durante cinco años seguidos. Aquel joven que alguna vez estuvo tan cargado de dolor, soledad, rabia y tristeza, era ahora un adulto que se encontraba rebosante de paz, gratitud y alegría. Su existencia había adquirido un profundo sentido, porque ahora sabía lo que se sentía ser amado; por lo tanto, aprendió también a amarse a sí mismo y valorar su dignidad como ser humano. El simple hecho de existir ya era un regalo, y él era único, así como cada ser humano lo es.
La tristeza que lleva a muchos jóvenes a quitarse la vida cuando, aparentemente lo tienen todo (hogar, padres, comida, estudios, comodidades), es producto de un entorno familiar en el que los papás manifiestan el amor a ellos, únicamente proveyéndoles bienes materiales, pero que carecen de tiempo de escucha, mirada y afecto individualizado, en donde aquel niño o joven pueda descubrir el valor intrínseco del cual es poseedor por el simple hecho de ser y existir.
Elena era una niña como cualquier otra, risueña, alegre, muy inquieta y cariñosa. Sin embargo, había algo muy peculiar en ella, lloraba mucho, diría que demasiado. Era extremadamente sensible ante los estímulos externos; si algo no le gustaba, formaba unas pataletas, se tiraba al piso y lloraba con gritos y quejas hasta que se hiciera lo que ella quería.
Elena nunca tuvo dificultades para expresar sus emociones, las manifestaba intensamente tanto en sus buenos estados de ánimo como en los de enojo y tristeza. Pero en la medida que fue creciendo, estas emociones se fueron tornando aún más intensas, lo cual estaba llegando al extremo. Su mamá se comenzaba a asustar de ver a Elena extremadamente exaltada cuando se enojaba o eufórica e imprudente cuando se llenaba de alegría.
Un día Elena se encontraba con su mamá en el carro y esta le dijo algo que no le gustó, de pronto Elena expresó unas palabras gritando con rabia, lo cual asustó a su madre. Después de esa experiencia, su madre decidió que sería conveniente llevar a su hija a un psiquiatra. Ella se resistía al principio, pero por la constante insistencia de su madre, hermanos y un tío médico, accedió a ir.
El día que Elena llegó a la cita con el psiquiatra junto a su mamá, este escuchó a la madre explicar la situación. Comenzaron a visitar regularmente a dicho doctor y este comenzó a recetar medicamentos a Elena, algunos eran para estabilizar sus emociones y otro era un antipsicótico ya que Elena había manifestado escuchar voces que la incentivaban a comportarse de maneras incoherentes.
Durante un tiempo prolongado Elena estuvo tomando medicamentos, el doctor le cambiaba unos por otros hasta que llegó a las medicinas y dosis con las cuales ella pudo estar totalmente estable. Hasta ese entonces el doctor no había definido un diagnóstico para Elena. Fue después de tres años de atenderse con aquel doctor, que este le dio un diagnóstico. Le dijo que ella padecía de trastorno bipolar. En ese momento Elena no supo cómo reaccionar, simplemente escuchó y al terminar la cita se fue en silencio. Por un lado se sentía aliviada de que lo que le sucedía tenía un nombre.
Después de haber recibido aquel diagnóstico, Elena comenzó a obsesionarse con ello, de manera que cualquier cosa que le pasara a nivel emocional lo relacionaba con el trastorno. Si se ponía muy alegre, decía que estaba desequilibrada mentalmente; si se ponía triste, era parte de la depresión bipolar. Comenzó a etiquetarse frente a cada circunstancia que vivía y ella misma se estigmatizó con aquel diagnóstico que le había dejado el psiquiatra. Elena comenzó a percibir su vida como una experiencia insípida, sin sentido ni gracia. Empezó a perder el deseo de vivir; hacer tareas sencillas se le hacía extremadamente difícil. Elena no quería hacer nada, solo quería dormir y nunca más despertar.
Las personas que convivían con Elena le reclamaban y exigían que tenía que despabilarse, que estaba demasiado despreocupada de las circunstancias; no trabajaba con entusiasmo, vivía muy ensimismada, nada le causaba alegría. Estaba constantemente en estado de alerta, con miedo a cualquier cosa. Tenía terror a las personas, a tener que convivir y estar en presencia de otros. Elena la estaba pasando muy mal.
Elena se miraba al espejo y veía en su frente las palabras: “enferma mental”. No se veía a ella misma como persona, sino como una bipolar. No era un ser humano normal, era una loca desequilibrada. Esta mentalidad la llevó a obsesionarse tanto que comenzó a comportarse así como se veía, teniendo comportamientos extraños que, a los ojos de los demás eran escandalosos. Elena veía en los ojos de las personas, miedo y rechazo a su persona, aunque no fuera real aquello que percibía. Se hacía la idea de que la gente le temía, la evadían o simplemente no quería estar con ella. Pero todos esos pensamientos eran producto de la imaginación de Elena; nadie la estaba rechazando, nadie le tenía miedo; era ella misma la que se temía y se rechazaba apartándose inconscientemente de todos.
Un día llegó una profesora a la vida de Elena; esta le comenzó a dar tutorías para mejorar su habla en el idioma inglés. Por alguna razón, Elena comenzó a sentir confianza cuando estaba con ella, porque sentía que la profesora la escuchaba con apertura y después de las clases se quedaban conversando por un amplio espacio de tiempo. La profesora fue tan abierta con ella que llegó un momento en el que Elena comenzó a expresarle sus inquietudes, miedos y preocupaciones. Los espacios posteriores a cada clase se transformaron en experiencias de psicoterapia. Elena lloraba amargamente mientras abría su corazón a la profesora y esta la abrazaba y daba consuelo.
Elena pudo sacar todo aquel dolor que tenía en su corazón hasta el punto que dijo a la profesora que, por primera vez podía sentir con disfrute el aire que respiraba. La profesora se había convertido en un bálsamo para Elena, dándole el abrazo que tanto había necesitado y disponiéndose a escucharla abiertamente como nunca nadie lo había hecho.
Después de un par de años de haber conocido a aquella profesora la cual ahora era su amiga, Elena se olvidó del diagnóstico de aquel trastorno, aunque seguía fielmente tomando sus medicamentos y obedeciendo al psiquiatra con quien ahora se veía una vez al año. Elena ya no giraba en torno al trastorno bipolar; aceptaba que lo tenía, pero dejó de mirarlo para enfocarse en vivir plenamente. Ella había asumido el hecho de que ese trastorno la acompañaría el resto de su vida, aunque este no le robaría su paz ni su felicidad.
Elena había sentido una inquietud muy particular desde temprana edad, ella quería ser monja. Pero los lugares en los que intentó ser admitida le dijeron siempre lo mismo, que debido a su diagnóstico no podía ser admitida, puesto que para ejercer esa vocación tenía que estar en un óptimo estado de salud mental, ya que las responsabilidades que conllevaba ese llamado eran delicados, principalmente porque en ocasiones requería dar acompañamiento espiritual a otras personas, lo cual demandaba un estado mental apropiado para asumir dicha tarea.
Dado el caso de que Elena no podía seguir el camino vocacional al que se sentía llamada, decidió vivir una vida soltera, dedicada de lleno a su trabajo como contadora y sirviendo fielmente como fuera posible en la parroquia donde se congregaba. Así estableció que llevaría su vida hasta el final de sus días.
Un día, Elena fue referida a un doctor que necesitaba quien le llevara la contabilidad personal. Este doctor era un psicoterapeuta que tenía su propia sociedad que se especializaba en el ámbito psicosomático. El doctor llamó a Elena para solicitarle su servicio como contadora y estos acordaron una cita para conversar sobre el tema para consolidar un acuerdo.
Llegó el día en que se encontraron, conversaron sobre temas profesionales y llegaron al acuerdo en el que ella manejaría la contabilidad de su negocio. Mensualmente se comunicaban, ya que el doctor le iba facilitando los informes y datos necesarios para que Elena fuera haciendo los procesos contables correspondientes.
En ocasiones el doctor hallaba necesario reunirse con Elena en persona para aclarar ciertos procesos de trámites gubernamentales, procesos financieros, entre otros. Naturalmente se daba la oportunidad para tocar alguno que otro tema ajeno a lo meramente profesional, como por ejemplo, la salud mental. El doctor escuchó un poco la historia de Elena, quien, al igual que con la profesora, encontró en aquel señor a alguien de buen corazón cuyo fin en la vida no era más que ayudar a los demás a través de su vocación. Habiendo conocido sobre la trayectoria de Elena, le explicó lo siguiente: “Te pusieron una etiqueta en un momento dado y esta tuvo suficiente poder para condicionar tu vida, tus pensamientos, palabras y acciones. Te fuiste liberando de dicho condicionamiento una vez que pudiste hablar y sacar todo aquello que te angustiaba y te atormentaba. Hay una clara diferencia del antes y el después de que encontraras a aquella profesora y descargaras lo que tuviste tanto tiempo reprimido en tu interior. Eso me hace pensar que tal vez tu diagnóstico no fue acertado. Podría ser que en lugar de un trastorno, tenías una profunda herida emocional desde un principio, la cual no supiste identificar y que te provocaba toda aquella inestabilidad emocional. Está claro que ante una situación así en la que parece que las cosas se salen de control, tu madre haya recurrido a la ayuda psiquiátrica, puesto que los medicamentos rápidamente harían su trabajo para calmar tus estados de ánimo. Sin embargo, ahora eres otra persona, haber hablado aquellas cosas que nunca te atreviste a decir, ha traído serenidad, confianza y ganas de vivir”.
Elena escuchó estas palabras y, mientras el doctor le explicaba todo aquello, pasaba una sola idea por su cabeza: “tal vez sí podré ser monja”. Era verdad, si aquel diagnóstico no había sido más que una falsa alarma, ella podría ser aceptada en el convento e ir tras el llamado a esa vida que tanto había anhelado.
Pasó un tiempo en el que el doctor seguía acompañándola y aconsejándola; ella habló con su psiquiatra sobre todas estas cosas que había conversado con aquel psicoterapeuta y este aceptó hacer la prueba de ir reduciendo los medicamentos de Elena. Comenzaron a hacer las reducciones de forma muy lenta y gradual y, pasados tres años, Elena ya estaba libre de medicamentos y sin ningún síntoma de aquel trastorno que alguna vez le habían diagnosticado. Elena estaba sana y equilibrada mental y físicamente. Finalmente volvió a intentar entrar en el Convento para dedicarse a la vida religiosa y fue aceptada. Elena se convirtió en monja y ejerció su vocación con mucha dedicación y amor.
Después de su muerte fue recordada por muchísimos con gran fervor y cariño, ya que había dado un amor incansable en favor de todos aquellos con los que convivió, sobre todo ayudando y dando consuelo a los enfermos quienes vieron en ella a alguien que entendía lo que era vivir con el peso de un diagnóstico en su vida.
Me encontraba en un encuentro de jóvenes, al cual había sido invitado para impartir un tema relacionado con la fidelidad de Dios. Se prestaba la oportunidad para interactuar con aquellos adolescentes sedientos del amor de Dios. Cada uno traía consigo una serie de dudas, cuestionamientos, inquietudes, espontaneidad y una auténtica necesidad de conocer más a Aquel que sopló en ellos la vida.
Llegué mientras ellos se encontraban en medio de una misa; todavía faltaba para que llegara mi turno de darles el tema que se me había asignado. Estuve sentado frente a un jardín central de aquella casa de retiros. En silencio contemplaba la naturaleza sin absolutamente nada que pedir ni expresar a Dios; simplemente habitaba en mí un silencio reverencial. No decía nada en mi mente pero, sí sentía agradecimiento de estar allí para hablarle a los jóvenes. Mi corazón estaba lleno de gozo porque el Señor Jesús me había llamado a ser su portavoz, llevando su mensaje de amor a aquellas personas que habían llegado a ese lugar a encontrarse con Él.
Terminó la Eucaristía y los jóvenes tenían cinco minutos antes de ir al salón de charlas. La coordinadora me dijo que seguía mi turno para impartir el tema de la Fidelidad de Dios, así que, me dirigí al salón y esperé pacientemente a que llegaran todos los jóvenes. En silencio y con un poco de nervios, observaba a aquella juventud que iba entrando, tratando de entender sus gestos, expresiones, lenguaje corporal y sus estados de ánimo. De alguna manera, buscaba familiarizarme con ellos mediante la observación y acercándome a saludar y comentar alguna que otra cosa sin relevancia.
Llegó el momento, el salón estaba lleno y la coordinadora me presentaba ante aquel salón repleto de jóvenes dispuestos a escuchar lo que yo les iba a decir sobre Dios y su fidelidad. Me dieron el micrófono y, haciendo un pequeño esfuerzo para mantener los nervios controlados, flui con naturalidad en la catequesis que comencé a dar. Poco a poco me fui sintiendo más cómodo, como pez en el agua, lleno de confianza en el Espíritu Santo que era quién me había llevado a ese lugar y de quién yo era simplemente un portavoz.
Terminada la hora de catequesis, llegó el momento de ir a almorzar. Fui junto con todo el grupo al comedor y busqué una mesa en un rincón donde me senté con otra catequista y un señor que vivía en aquella casa de retiros. Aquel señor comió con la catequista y conmigo, conversamos fluidamente sobre la historia de aquella casa, los innumerables grupos que habían pasado por allí a tener un fin de semana de retiro espiritual y algunos otros temas superficiales de cada uno. En un momento dado la catequista se fue y quedé con el señor conversando mientras daba las últimas bocanadas del almuerzo. Él me comentó que era una persona que le gustaba mucho el silencio; ese comentario venía seguido de espacios en los que callaba y miraba a sus alrededores. Pero cuando me dijo eso, percibí algo en ese silencio compartido; no lo sentí como un acallamiento espontáneo y fluido; tenía algo que por alguna razón me incomodaba. Sentía en ese silencio, una actuación magistral. No se trataba de un momento contemplativo, era un espacio callado lleno de expectativa, expectativa de que alguien hablara para llenar un vacío afectivo; un silencio con la esperanza de que alguien dijera una palabra de afecto y amistad. Ese señor no guardaba silencio porque amara estar callado, sino porque en medio de ese espacio mudo, necesitaba que alguien le hablara para ofrecerle una amistad. Él quería un amigo y simplemente se sentaba a esperar que rompieran su mudez para decirle: “estoy aquí y me comprometo a ser tu amigo”.
Claro, ya entendí porqué me sentía incómodo, porque estaba en medio de un silencio organizado por ese señor, en el cual dejaba abierta una expectativa de respuesta de mi parte. Pero como nada a la fuerza funciona, yo no hice más que unirme a la complicidad de aquel aquietamiento sonoro y, así como llegué, me retiré sin decir una sola palabra más que una amable despedida.
Un silencio con expectativas se transforma en un silencio incómodo, porque no te ofrece la paz de simplemente contemplar el entorno y la realidad en la que se habita, sino que genera la constante tensión de pensar: “¿qué están esperando de mí?” Le huyo a esos silencios expectantes, porque no generan más que una sublime imposición e intento de condicionamiento del comportamiento humano. Soy, por otra parte, amante del silencio libre y contemplativo, que no espera nada, ni exige nada; simplemente se da al momento presente y observa sin juzgar, ese silencio que llena el corazón de paz al permitirle a uno ser quién es, en libertad y sin condicionamientos.
En los ires y venires me encontré cara a cara con la soledad. Ella me saludó amablemente y me acompañó durante un largo tiempo. Pasados unos cuantos años la soledad decidió partir; le di un gran abrazo y se fue.
En los ires y venires me encontré con la alegría. Ella venía de muy buen humor, me miró y me dijo un chiste; me reí efusivamente y me pidió hospedaje. Yo la recibí en mi casa y comenzamos a convivir amablemente. La alegría decidió quedarse en mi casa; saldría de vez en cuando, pero cuando menos me lo esperaba, estaría de regreso en el que ahora era el hogar de los dos.
En los ires y venires me encontré con la tristeza. Caminaba yo hacia la farmacia cuando de pronto veo al fondo de un callejón sin salida a la tristeza, sentada en el suelo con su cara escondida entre sus rodillas y llorando desconsoladamente. Algo me impulsó hacia ella y me acerqué para consolarla y darle un abrazo. En cuanto la abracé, comencé a llorar y no sabía por qué. Aún en medio de las lágrimas le ofrecí hospedaje en mi casa y ella, que no dejaba de llorar, aceptó. Desde allí la tristeza comenzó a formar parte de nuestro hogar junto con la alegría y conmigo.
En los ires y venires me encontré con la ira. Yo estaba caminando frente a un bar y, de pronto, escucho y veo a alguien que sale gritando del local; al parecer lo habían echado de aquel sitio por haber causado problemas. Impulsivamente crucé la calle para acercarme al sujeto y, en efecto, con verlo, se me hacía fácil entender que lo hubieran echado. La ira me miró con los ojos encendidos, parecía que iba a explotar de la rabia que contenía. Antes de que la ira me gritara o dijera alguna palabra hiriente, le ofrecí hospedaje en mi casa. La ira se enojó porque le hice tal ofrecimiento y me dijo que si acaso pensaba que él era un desdichado sin hogar; se puso rojo del enojo, aunque a los dos minutos de vociferar y hacer rabietas, me dijo que estaba bien, que iría a hospedarse en mi hogar. En cuanto comenzó a caminar junto a mí, comencé a sentir un poco de enojo, pero no me explicaba por qué.
Fue así como llegamos a ser cuatro miembros en el hogar. La convivencia a veces se tornaba algo complicada pues, la alegría no soportaba estar con la tristeza; intentaba animarla, pero eso solo ocasionaba que la tristeza comenzara a llorar. Por otro lado, a la ira le molestaba que la alegría estuviera siempre de buen humor. No concebía que alguien pudiera estar reído todo el tiempo. El día a día era algo complicado, pero yo siempre intervenía para evitar conflictos.
Un día me senté en mi mecedora favorita, allí en el portal de mi casa y me quedé contemplando el denso y frondoso bosque de pinos cipreses que se agrupaban en el panorama frente a mi hogar. Entre mi casa y el bosque, cruzaba un río de aguas celestes en las que, de un momento a otro, saltaba uno que otro salmón. Cada vez que me sentaba en la mecedora una suave brisa del oriente acariciaba mi mejilla. La paz que me inundaba en momentos así era sobrecogedora.
Seguía allí sentado disfrutando del panorama, la brisa, la paz y el silencio. De pronto, divisé a lo lejos, entre los pinos, una silueta de un niño que estaba escondido y se asomaba constantemente en dirección hacia mí. Me causó mucha curiosidad y, al principio pensé que tal vez era producto de mi imaginación. Pero seguí observando y pude corroborar que, en efecto, se trataba de un niño. Me levanté y comencé a caminar en dirección hacia el bosque para dar con él. En la medida que me iba acercando, el niño a quien ya le podía ver el rostro, comenzaba a mostrar signos de pánico. Seguí caminando hacia él, crucé el río y finalmente llegué adonde se encontraba; él me vió y cayó sentado en la tierra; su rostro palidecía, sudaba y estaba paralizado. No podía decir ni una sola palabra. Fue allí cuando comprendí que aquel niño era el Miedo.
Me senté junto al pequeño Miedo, lo abracé y le dije que todo iba a estar bien. Recuerdo que lo abrazaba fuertemente, pero él no dejaba de temblar. Lo cargué en mis brazos y sin siquiera preguntarle, me lo llevé a mi casa para darle hospedaje.
Se integró un nuevo miembro al hogar. Cuando entré a la casa estaban discutiendo la ira y la alegría, mientras que la tristeza lloraba pidiendo que se detuvieran. Me acerqué a los tres y les pedí que se calmaran y que dieran la bienvenida al nuevo integrante de nuestra familia. El miedo se mantenía aferrado a mí y no quería soltarme. Podía sentir la temperatura de su cuerpo muy baja y temblaba; no se atrevía a ver a los anfitriones. Les dije que después haríamos una merecida celebración de bienvenida, pero mientras tanto, llevaría al miedo a una habitación para que se recostara en una cama y así descansar un poco. Subí las escaleras, entré en una habitación y lo intenté recostar en la cama, aunque él no quería soltarme. Le dije: “Tranquilo, puedes soltarme, estar en un lugar seguro”. El pequeño dudó por unos segundos, pero después accedió y me soltó. Una vez acostado tomó la cobija y se escondió debajo de ella. Ya era de noche y hacía un clima fresco, le dejé la ventana semi abierta, apagué la luz y cerré la puerta del cuarto.
Cuando bajé las escaleras estaban sentados en el sofá de la sala, la alegría, la ira y la tristeza. Se encontraban en completo silencio. Me acerqué, me senté frente a ellos en un sofá individual reclinable y les pregunté: “¿Ahora sí me hicieron caso? Así es que me gusta verlos, serenos y en paz entre ustedes”. La ira me miró y me dijo: “Sé que a veces soy incontrolable con mis rabietas y me cuesta regularlas pero, cuando vi a ese niño que traías en los brazos, me ruboricé; sentí que mi enojo perdía todo su sentido frente a él, como si yo fuera insignificante ante la gravedad de lo que él sentía.
La tristeza también habló: “Yo estaba llorando por la discusión que tenían la alegría y la ira, pero al ver a ese niño, mi tristeza se intensificó y, comencé a sentir un profundo lamento que ni siquiera podía expresar con palabras; era como si hubiera tenido un nudo en la garganta y, por más que quería gritar y llorar, no podía.
Seguidamente habló la alegría: “Yo discutía con la ira con cierto tono de humor y, más que todo porque me hacía reír el ver cómo le enojaba cualquier cosa que yo dijera; en pocas palabras, no me parecía algo tan relevante el tema que se discutía. Pero, he de reconocer que cuando te escuché presentarnos al niño y lo vi, sentí que mi alegría se volvía obsoleta. Era como si alegrarme y reír no tuviera ningún sentido. Ese niño emanaba un aura oscuro que carcomía la alegría de la que soy autor.
Después de escuchar a los tres con respecto a sus impresiones del pequeño miedo les dije: “Entiendo que por lo que me dicen, este niño les causa algo de inquietud. Sé que no será algo sencillo convivir con él, pero ahora es parte de nuestra familia y les pido que se comporten de la mejor manera posible con él. Sean buenos hermanos para él, porque le ha tocado una vida muy difícil”.
En tanto dije esas últimas palabras, alguien tocó la puerta de entrada. Nos miramos los unos a los otros y fui a abrir; la ira, tristeza y alegría iban detrás de mí. Abrí la puerta y había allí un hombre alto, fornido y de buen aspecto. Le dije: “Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarle?”
El extraño contestó: “Hola, mi nombre es valentía, estoy buscando a mi hermanito menor, el cual se me perdió; he buscado y buscado por estas zonas, ya que la última vez lo vi por los bosques cercanos a esta casa, pero no he dado con él. ¿Por casualidad no lo habrá visto? Es un niño chiquito que se esconde de todo el mundo y le aterra todo”.
Ví en ese robusto señor, a alguien honesto. Le pregunté para ponerlo a prueba: “¿Cómo se llama el niño?” Respondió: “Se llama miedo”.
“Comprendo, él está aquí. Cuando lo encontré estaba detrás de uno de los pinos de allá y se encontraba pálido y frío. Sentí compasión y lo traje. Ahora está durmiendo en el cuarto de arriba. ¿Quieres pasar a verlo?”
Respondió valentía: “No, no hace falta, si está dormido no quiero molestarlo. ¿Sería tan amable de darme hospedaje hasta mañana? Temprano me alistaré y me iré con mi pequeño hermano”.
“Sí claro, pasa adelante. Te presento a tres amigos: ira, tristeza y alegría”.
Los tres saludaron y dieron la bienvenida a valentía.
A la mañana siguiente me levanté, eran las 6 de la mañana y me fui a asomar al cuarto donde estaba el pequeño miedo. Vi que seguía cobijado hasta la cabeza y se escuchaban unos ronquidos, lo cual me dio a entender que dormía plácida y profundamente.
Bajé a la cocina y comencé a preparar el desayuno. Preparé unos omelette, tocinos, pancakes, avena de canela, pan con mermelada y unas empanadas de maíz con carne, coloqué cereal y leche en la mesa junto a todo el desayuno y jugo de naranja.
El primero en bajar fue valentía. Ya se había bañado y estaba con buen ánimo, se veía entusiasmado para iniciar aquella nueva jornada con emoción de saber qué le depararía ese nuevo día.
“Buenos días valentía”, le dije. “La comida está servida, ven y siéntate conmigo a desayunar”.
Valentía accedió y nos sentamos para comenzar a comer. Se adelantó a bendecir los alimentos, dimos gracias a Dios y comenzamos a comer. Entonces le dije: “Cuéntame un poco de ti, valentía”.
Valentía sonrió y me dijo: “Claro, con mucho gusto”.
Comenzó entonces a narrar: “Yo crecí en un orfanato, hasta el día de hoy desconozco quiénes son mis padres; pero dado el don que poseo y que denota mi nombre, pude sobreponerme a la vida con la ausencia de mis progenitores. En la medida que fui creciendo y destacando dentro del grupo por mi gran capacidad de resiliencia, llegué a mi mayoría de edad y me otorgaron un puesto para trabajar en dicho Orfanato. Comencé como asistente de limpieza, más tarde me tocó dar tutorías y acompañar a niños, sobre todo aquellos que les costaba más adaptarse al medio y al final terminé siendo mano derecha del director de aquel lugar. Llegó el día en que decidí salir de allí en busca de nuevos horizontes, siempre lleno de valor y emocionado por la incertidumbre de lo que me esperaba en el porvenir. Me volví un peregrino viajando por muchas regiones, quedándome de casa en casa donde me recibieran. Un día, caminando por una llanura, me encontré a un niño mendigando a la orilla del camino. Este niño temblaba y se le veía en la cara que se encontraba en un estado de pánico. Me acerqué a él y al principio se asustó pensando que le iba a hacer algún daño, pero con voz suave le dije que no quería lastimarlo. Me compadecí profundamente de él y le dije que quería ayudarlo, que se animara a irse conmigo a las aventuras inciertas que nos regalaran los caminos por recorrer. Él estaba sumamente asustado, pero viendo que el camino era poco transitado y que estaba muerto de hambre, decidió irse conmigo. Fueron muchos los lugares que visitamos juntos; dentro de las provisiones que conseguía, dividía a mitad con él y fue nutriéndose y recuperando su semblante, aunque siempre manifestaba miedo ante cualquier estímulo. Le pregunté una noche, si sabía su nombre. Él, con voz temblorosa, dijo que se llamaba miedo y que no siempre había estado sin compañía. Durante varios meses lo había acompañado una amiga llamada soledad; pero la desolación de miedo era tan deprimente que ni siquiera la soledad soportó estar con él y se fue”.
Le pregunté más o menos en qué época sucedió eso, y cuando me lo dijo, resolví que la fecha de partida de la soledad del lado de miedo, coincidía con el posterior encuentro conmigo; aunque soledad nunca me contó que había conocido a aquel niño, tal vez nunca sintió la confianza para contarlo o probablemente le parecía algo insignificante.
Valentía continúo: “En la medida que compartimos el pequeño miedo y yo, fuimos teniendo confianza mutua y él, a pesar de sus temores, me comenzó a tener un cariño de hermandad. Es por eso que de ahí en adelante lo adopté como mi hermano pequeño. Pero a pesar de que lo he cuidado siempre, el terror se apodera de él en ocasiones y termina corriendo sin dirección alguna a esconderse en algún rincón. Por eso lo encontraste allí en medio de la vegetación, había tenido un ataque de pánico y se escapó del lugar donde nos hospedábamos”.
Agradecí a Valentía por su confianza para contarme su historia y la del pequeño miedo. En lo que terminamos de conversar al respecto, bajaba por las escaleras miedo viendo con algo de recelo. Detrás de él venía tristeza, alegría e ira y lo animaron a reunirse en el comedor con todos. Se incorporaron los que faltaban en la mesa y continuó el desayuno, con largas conversaciones, risas, anécdotas y momentos memorables.
Invité a valentía y miedo a quedarse en mi hogar y después de conversarlo aceptaron.
Es así como surgió esta bella familia conformada por estas emociones, algunas contradictorias, pero todas aprendiendo a convivir en fraternidad.
En los ires y venires de la vida mi casa se transformó en un dulce hogar con aroma familiar.
Tres ranitas se encontraban sobre una rama conversando sobre el sentido de la existencia.
Una de ellas dijo: – Para mí la vida es un camino en el que mi propósito es disfrutar del viaje, contemplar los paisajes a mi alrededor y crear vínculos con los compañeros de viaje que voy haciendo a lo largo del recorrido.
La otra rana comentó: – Para mí la vida es una montaña rusa en la que muchas veces vamos andando llanamente sin subidas ni bajadas, son etapas de neutralidad en las que no hay ni euforias ni desánimos. En otros momentos vamos en subida, es allí cuando las cosas comienzan a verse bien en la vida, surgen oportunidades, todo parece estar en su lugar y surgen acontecimientos favorables y nos llenamos de alegría. Otras veces, después de haber llegado a la cima de la dicha, nos vamos rápidamente en una bajada imparable que nos lleva a la aparición de situaciones adversas, difíciles que fácilmente nos pueden desanimar y llevar a la pérdida de la esperanza.
La tercera rana dijo: – Para mí la vida es como un pantano, vas andando por este con el agua cubriéndote todo el cuerpo, menos la cabeza, las sanguijuelas chupándote la sangre mientras caminas y el agua es cada vez más densa y pesada. Dar pasos requiere de un gran esfuerzo y es sumamente agotador. El camino se mantiene así desde que inicias la vida hasta tu último aliento de vida.
Un pájaro carpintero que escuchaba a las tres ranas desde una rama más arriba pensó: – Creo que todas tienen algo de razón, en primer lugar la vida es ese camino en el cual vamos viendo horizontes nuevos, acumulando experiencias y aprendizajes y formando vínculos importantes. Ese camino puede tornarse muy ameno y agradable, otras veces monótono y en ocasiones, pedregoso y traer grandes retos para enfrentar; allí se puede ver influenciado nuestro estado de ánimo. Pero hay ocasiones extremas en las que todo se torna extremadamente difícil y la vida se vuelve un peso casi insoportable, sea por una enfermedad, una crisis económica, la pérdida de un ser querido, y lo último que se llega a tener es esperanza.
En esta reflexión del pájaro carpintero se encierran como una sola, las respuestas de cada rana. Y es que, en efecto, la vida es así.