En mi camino he experimentado momentos de dudas existenciales, vacíos, depresiones, ansiedades y momentos de suma desesperación ante circunstancias emocionales que se me han hecho imposibles de manejar y resolver solo. Han sido momentos en los que no he sabido acudir a la ayuda necesaria y prácticamente me he ahogado en la soledad.
En momentos como esos, buscaba espacios de soledad en mi trabajo, en los que me arrodillaba y le decía al Señor, Tú no me defraudas nunca, y sé que ahora no lo harás. No crean que esto me quitaba la angustia, pero era el único escape que encontraba ante aquellos momentos que más bien, me provocaban dejar de existir.

En la vida he aprendido a tomar en cuenta la ayuda profesional y también de alguna que otra persona de suma confianza que sé que me puede ayudar orientándome sobre las decisiones importantes de mi vida. He aprendido con los duros golpes, que solo no puedo manejar las adversidades que la vida me presenta. Necesito tener con quien hablar mis situaciones y quien verdaderamente me escuche desinteresadamente y se preocupe por darme una mano. El tema es que no es fácil encontrar a esa persona que se vuelve tu vitamina diaria. Sin embargo, tuve la dicha de encontrarla y la ayuda que me brinda ha sido algo trascendental para mí.
Veo la Mano de Dios en esa persona que apareció en mi vida, la cual está siempre allí para escucharme y quererme como a su hijo. También he adoptado la costumbre de acudir a un buen psicólogo cuando requiero de su ayuda en la resolución de cuestionamientos importantes en mi caminar.
Para mí, estos acontecimientos a mi favor, fueron producto de la paciencia, creo que tarde o temprano llega esa mano amiga que te puede sacar de aquel profundo pozo oscuro. Tengo la convicción de que esa paciencia que conllevó muchos años de espera, pudo mantenerse firme gracias a esa oración diaria que me daba fuerza para seguir caminando: Señor, tú nunca defraudas y sé que no lo harás ahora.
