
De adolescente, me era muy difícil perdonar y parecía que me encantaba guardar resentimiento y rencor hacia aquellos que de alguna manera, según mi percepción, me ofendían. Mi pan de cada día era la rabia y tener el odio como emoción fundamental en mi cotidianidad.

Pero ¿por qué nacía de mi este sentir tan dañino para mí y los demás? Pienso que una de las razones principales era que no me sentía a gusto conmigo mismo, solía envidiar a los demás por verlos como personas superiores a mí. Esta envidia me carcomía y de cierta forma no era para nada feliz, no había serenidad en mi corazón; siempre estaba anhelando ser o estar como otros.
De por sí, esta infelicidad e insatisfacción me llevaba a tener también odio por los demás porque, según mi percepción, eran mejores que yo y mi persona era insignificante. No me daba valor propio y por lo tanto, no sentía que los demás me dieran valor.
No era capaz de perdonar a aquel que me hiciera un daño o me hiciera sentir mal con alguna palabra o actitud. Peor aún, no era capaz de perdonarme a mi por mis errores.
Luego, con el pasar de los años fui viendo el perdón desde la perspectiva de Jesús que nos enseñan las Sagradas Escrituras.
A través de la vida y ejemplo de Jesús, evidencié la mayor lección: Aceptarme y amarme con mis miles de virtudes y defectos. Pero sobre todo a perdonarme primero a mi porque soy humano y me equivoco; y a perdonar a los demás, porque si Él, no sólo me ordenó amar hasta a los enemigos, sino que en la cruz perdonó a aquellos que lo llevaron a esa muerte tan atroz, no tengo excusas suficientemente pesadas para no perdonar.

Me veo como creación de las Manos de Dios y pienso que el Padre Todopoderoso no se equivoca, lo hace todo perfecto, aunque a veces sea difícil de creer. Escuchaba esta frase que me gustó mucho: Dios escribe recto en renglones torcidos. Así creo que mi vida con todas sus oscuridades y luces, es la vida perfecta para cumplir un gran propósito para el que sé que he sido creado. Procuro ante todo confiar en Dios y decirle en medio de las alegrías y tormentas: «Señor, que se haga Tu Voluntad.»
Tal vez no entienda la situación que vivo a veces, pero tengo la seguridad que Jesús jamás me ha dejado solo y nunca lo hará.
Nada te turbe
Nada te espante
Todo se pasa
Dios no se muda La paciencia todo lo alcanza
Quien a Dios tiene nada le falta Solo Dios basta. Santa Teresa de Ávila
