
Hoy en día estoy claro de que soy un hombre imperfecto, lo cual no quita que tenga virtudes.
Antes pensaba que la Iglesia Católica era solo para personas perfectas o con cierta cantidad de virtudes. Sin embargo, una vez leí este pasaje que se me ha grabado y es ahora mi favorito. Decía Jesús: «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. No he venido por los justos, sino por los pecadores». Marcos 2, 17.
Cuando entré a ser miembro activo de la Iglesia en el año 2009, se me ocurrió que yo como católico ya era bueno e intachable (se me metió la locura de la perfección soberbia) y considerada que tenía la responsabilidad de cambiar a las personas que pecaban y que tomaban decisiones que, según mi criterio, eran malas. Y la manera de hacerlo era echarles en cara sus errores.
Poco a poco fui descubriendo lo equivocado de mi proceder. Comencé a vivir las consecuencias de esa actitud que me llevó a la soledad. En vez de acercar a las personas, lo que causaba era rechazo y alejamiento.

Un día me llegué a hacer este cuestionamiento: si Jesús, siendo Dios, no vino a juzgarnos, ¿por qué yo lo hago? Abandoné la costumbre de querer cambiar a las personas, y preferí aprender a amarlas como son. He descubierto que el amor tiene un carácter transformador. Sintiéndome amado, me siento lleno de vitalidad. Entonces vi que la clave no es el juicio, sino la compasión.
Le escuchaba a un sacerdote amigo: No se trata de no pecar, sino de mucho amar. Porque el que ama, no procurará hacer mal a nadie.
