
Crecí con un concepto de felicidad muy claro según mi convicción. Si a los 15 años me hubieran preguntado ¿qué era la felicidad? Yo hubiera respondido que la felicidad era ser amado por todos. Con cuánta ilusión buscaba alcanzar ese sueño en el que todos me admiraran, me buscaran, me necesitaran y me amaran.
Es curioso, yo estaba buscando lo opuesto a lo que enseña Jesús, puesto que Jesucristo nos invita a amar y servir. Pero yo buscaba ser amado y servido. Qué vacío me sentía yo en esa etapa de mi vida. Hubo una época en la que sentí haber alcanzado ese sueño. Mis amigos me buscaban, tenía la percepción que incluso me necesitaban para pasarla bien, me admiraban, me transformé en el alma de la fiesta. En mi interior pensé: ¡Wao! logré lo que quería: soy amado y buscado por los amigos.
A que no adivinan cómo me sentí después de haber alcanzado ese sueño tan anhelado durante casi todo lo que llevaba de vida. Pues no sentí NADA. Me seguía sintiendo con SED DE FELICIDAD. No se llenó mi corazón como había previsto que se llenaría. Allí fue donde mi vida llegó a un camino sin salida. Tantos años soñando con la felicidad que busqué y al encontrarla, no produjo en mí, satisfacción ni plenitud. Allí comenzó mi crisis emocional, existencial y espiritual.
Mi cabeza no lograba entender por qué un sueño tan anhelado, esperado y luchado por más de 10 años no había producido lo que yo pensé que produciría: FELICIDAD PLENA. Todas mis ideologías, creencias, convicciones, se fueron al piso, se desmoronó todo lo que yo creía saber de la felicidad. Tuve un bloqueo mental, entré en crisis y me volví inestable psicológicamente. Casi que perdí la razón. No había ningún sentido en todo lo que había anhelado, soñado y por lo que tanto había luchado. Si esto era así, ¿dónde estaba la felicidad?
Este fue el punto donde Enoc Javier Villarreal Montenegro tocó fondo y se encontró en la oscuridad más negra, desorientado, sin norte, sin sentido de vida, totalmente desesperado, atribulado y asustado. Tenía miedo puesto que no sabía qué hacer para alcanzar la felicidad y la paz tan anheladas.
Allí apareció el Man. Jesús me salvó. ¿Cómo lo hizo? Bueno ese será el cuento del próximo artículo.
¡Nos vemos el otro miércoles!
