
Cuando yo era niño era perverso, travieso y en ocasiones, trataba mal a algunos amigos. Era como el personaje de aquella película: «Daniel el travieso». Asustaba a unos, me metía debajo de la falda de los maniquíes en los almacenes, le decía palabrotas a otros; y es que está claro que mis padres me enseñaron los valores de la vida, los buenos modales, la forma de comportarme correctamente y todas esas buenas costumbres que ya de grande he ido poniendo en práctica. Pero es inevitable exponerse a lo que el mundo te enseña, a través del entorno social y los medios de comunicación, por lo tanto, yo como todo niño, era una esponja y absorbía fácilmente todo lo que me iba enseñando el ambiente.
Si bien es cierto que fui aprendiendo cosas buenas y malas, como todos. Hay características de mi personalidad que eran propias y no necesariamente adquiridas por lo que el ambiente me mostraba. De por sí yo he sido siempre muy inquieto y eso no lo aprendí, sino que es propio de mi personalidad, así como la espontaneidad y efusividad. Sin embargo, el ser humano cambia a medida que pasan los años; no es siempre el mismo. Pero no me refiero a la personalidad, sino al comportamiento. Ese cambio que va teniendo uno como persona puede ser para bien o para mal.
Entonces he visto que no he cambiado mi personalidad, pero sí la dirección de las expresiones de mi personalidad. Por ejemplo, como soy efusivo, de niño expresaba mi efusividad con rabias, pataletas, llantos o palabrotas a otros niños. Sin embargo, hoy en día tengo la misma efusividad, propia de mi personalidad, pero la expreso a través de la alegría, creatividad y buen humor.
A fin de cuentas, cuando me propongo mejorar como persona, no se trata de cambiar mi personalidad (ansiedad, pasividad, comportamiento introvertido o extrovertido). Cambiar para bien es ser el mismo, pero mejor.
Finalizo con el dicho que cita Yokoi Kenji: Se siempre tú, pero no seas siempre el mismo.
Es decir: Se siempre tú, pero ten siempre la puerta abierta para ser mejor.
