
Anoche tuve un sueño que me trajo memorias de mi infancia. Veía a un niño del cuál los chicos se reían, hacían bromas sobre él y después lo dejaban solo en una equina sin nadie que lo consolara. Era un niño solitario. Ese sueño lo recuerdo tan claramente y me veía tal cual soy ahora, viendome en ese niño.
Es una realidad palpable la que hoy en día y a lo largo de las décadas se vive en carne propia por tantos niños y jóvenes que aún en compañía de su familia y amigos, se sienten solos. No es lo mismo estar con personas en el entorno, que sentirse acompañado y amado. Es bueno hacer una revisión del entorno, para ver como se encuentran nuestros seres allegados. Tal vez, alguno esté pasando por una depresión o sentimiento de soledad que no se atreva a expresar.
Manifestar el interés de saber cómo está el otro y abrir el espacio para escucharle, puede salvar una vida y también alegrar un corazón que por mucho tiempo ha estado triste. Es bueno tomar tiempo personal para dedicarlo al prójimo e incluso tener el hábito de sonreír y saludar con amabilidad a quienes nos atienden en cualquier lugar a donde vamos.
Haz el bien, habla amablemente, se paciente y tolerante. No cuesta nada y ayuda mucho.
