Cuando alguien muere

Recientemente partió a la casa del Señor un buen amigo mío. Pensé que podía mantener la serenidad en medio del dolor. Pero en un momento dado todo brotó y me quebranté en llanto ante esa nueva realidad.

Que curioso como en un año de construir una amistad, puede crearse un vínculo tan fuerte con una persona. Ya no lo consideraba mi amigo, lo consideraba mi hermano. Cuando una persona te mira a los ojos y te descubre su alma es porque se ha convertido en tu auténtico amigo/a.

La partida de este mundo de un ser querido inévitablemente conlleva sufrimiento, lamento y tristeza. Lo bonito en medio de algo tan fuerte como eso, es la esperanza de saber que vivimos en medio de dos eternidades. La eternidad de donde venimos antes de ser concebidos y la eternidad a la que vamos después de esta vida.

Dice Teresita de Lisieux: Mi vida no es más que un momento, una hora fugaz

Sería interesante sentarse a analizar la propia vida, mirar hacia atrás y revisar qué huellas estoy dejando en los corazones de quienes me rodean. ¿Huellas de egoísmo, rencor, odio, hipocresía, bondad, honradez, honestidad, amor?

¿Qué queda cuando me voy de este mundo? Las huellas que haya dejado en los corazones.

Mi deseo es que cuando vayamos a la Casa del Señor, más allá de la tristeza de la partida, la gente pueda sonreír y agradecer por la vida de cada uno de nosotros, por haber dejado amor y alegría en sus vidas.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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