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Ayer visité la Capilla del Santísimo para estar con Jesús Sacramentado. Me senté en silencio a pensar cosas de mi vida diaria. De momentos tenía ganas de levantarme e irme por la inquietud de hacer otras cosas. Pensaba sobre ¿qué gano con estar allí en el Santísimo?
Pensándolo bien, estar frente a Jesús Sacramentado me da serenidad, me devuelve la calma. A veces no hace falta decir nada. Simplemente estar en su Presencia me reconforta, me sana y me da respuestas ante cuestionantes de mi vida. Jesús habla en el silencio del corazón. Dulcemente susurra con una voz que no es identificable con el oído, sino que solo puede escuchar el alma.
Jesús en el Santísimo no usa palabras del alfabeto, usa un lenguaje sin vocablos. Es interesante sumergirse en la escucha del idioma de Jesús ante su Presencia Santa. El asunto es que a veces no tenemos paciencia para esperar lo suficiente allí en el silencio y escuchar sus consejos.
Yo veo en Jesús al Dios/Hombre de la serenidad. Como Elías en el Antiguo Testamento que trataba de identificar dónde estaba Dios. Pasó un fuego abrasador, pero Dios no estaba allí. Hubo truenos y relámpagos, pero Dios no estaba allí. Sin embargo, hubo una suave brisa y allí era donde estaba Dios.
Yo creo así mismo, que Dios no está en lo portentoso y el espectáculo de cosas escandalosas y apoteósicas. Dios está en la calma y el silencio del corazón. Allí es donde podemos escucharlo para saber qué quiere de nosotros. Al escuchar a Dios hablar a tu corazón verás que no te va a dejar allí sentado contemplándolo nada más. Sino que te va a enviar a trabajar en su viña para dar tu vida por el bien común en todos tus entornos sociales.
