
Existe un impulso varonil natural de ayudar a la mujer que nos necesite:
No se preocupe señorita, yo le ayudo.
Estoy para servirle.
Ni se levante que yo me encargo.
Señora tome mi asiento.
Es el sentido común del hombre que ejerce la caballerosidad (aunque algunos dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos). Pero debería ser, por lo menos, un comportamiento natural del varón.
A veces hay hombres que ejercen esa caballerosidad, pero con malos deseos o esperando algo a cambio de aquella mujer a la que amablemente ayuda; es el hombre que está lleno del deseo inerte; él no quiere simplemente ayudarla, él quiere conseguir algo de ella y mientras no lo consiga, utilizará la máscara de la gentileza para ocultar su mirada muerta.
Cuando este hombre consiga extraer el elixir vital de esa mujer, entonces se quitará la máscara y causará una gran desilusión a aquella muchacha que había visto en él a un príncipe azúl; y ese príncipe azúl resultó ser un pirata.

Hay en cambio, otro tipo de hombres que brindan toda la ayuda necesaria a la mujer de una forma totalmente desinteresada; ellos no esperan nada a cambio, simplemente les educaron correctamente y ellos dejan brotar su naturaleza caballerosa para brindar la asistencia que requieran. Y esta gentileza auténtica se brinda a todo tipo de persona; desde la mujer más anciana hasta la más joven; desde la más agraciada hasta la menos agraciada.
No hay necesidad de recompensa, porque la recompensa es saber que se está haciendo lo correcto. La finalidad no es beneficiarse de la persona a la que se ayudó; la finalidad simplemente es hacer todo el bien posible a quien se le puede ayudar.
De eso se trata el amor y la amabilidad real; de servir al prójimo, sin esperar nada a cambio; mi premio es saber que vivo bajo lo que dicta mi conciencia siendo fiel a ella siempre.
