Cuando la vida lo acorraló

Hace muchos años llegó ese momento en el cual Dionisio no veía para donde llevar su vida; se sentía en un callejón sin salida en el que no había luz de esperanza, todo estaba oscuro, turbio y le causaba mucho miedo.

Aquellos momentos en los que la vida parece acorralarte y dejarte sin alternativas esperanzadoras en tu vida, son realmente tormentosos. En algunos momentos de su adolescencia, Dionisio anhelaba suicidarse para acabar con sus penas, lo intentó varias veces, pero no lo logró.

Años después en esa etapa de adolescencia y adultez, seguía sin esperanza, pero a pesar de ello, algo le hacía permanecer en la lucha diaria; no volvió a intentar acabar con su vida, pero sí llegaba a tener muchas ocasiones con tristeza de muerte; ya no atentaba contra él, pero le pedía a Dios que cuando se durmiera en la noche, no volviera a despertar.

Que difícil es vivir una vida así, deprimido, agotado, rendido ante las circunstancias vitales. Qué difícil es vivir cuando no encuentras motivos para hacerlo. Pero a pesar de todo ello; aunque la vida lo acorraló y se encontraba ante la espada y la pared, permaneció firme. Cayó, lloró, se levantó; volvió a caer, le dió ataque de pánico, se levantó; volvió a caer, se agobió, se levantó; cayó de nuevo, quiso quedarse ahí y morir, volvió a levantarse sin ganas; cayó de nuevo y volvió a levantarse.

Hasta que aquel ciclo interminable de desdicha y dolor hizo metamorfosis, se transformó en todo lo contrario; y lo que antes era tinieblas, ahora era luz; lo que era miedo, ahora era valor; lo que era tristeza, ahora era gozo; lo que antes era inseguridad, ahora era fe. Todo se transformó, la larva se transformó en mariposa; el pichón se transformó en águila, el pequeño se transformó en un león. Toda la tristeza y desgracia que había acumulado dentro de sí, se convirtió en la mayor alegría y dicha que pudiera existir.

Ahora él era un hombre nuevo, era él, pero mejor. La mejor versión de sí y en continuo progreso y evolución. El pobre moribundo se transformó en un ser lleno de vitalidad, ansioso por compartir esa vitalidad con toda la raza humana y la faz de la tierra.

Ese muchacho alcanzó la autenticidad.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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