
Aquello que tanto te preocupa, da una sensación de impotencia, activa la sudoración y se intensifican las tensiones corporales. Surge un grito desde lo profundo de tu ser: ¡AUXILIO! Dices que no puedes más; que quieres rendirte y tirar todo al abandono.
De pronto se te ocurre una genial idea: escribir ese problema en un pequeñito trozo de papel, lo doblas y te quedas contemplandolo. Ahora ese problema se ve tan pequeño que hasta lo percibes como algo inofensivo.
Esta es una técnica que recomiendan algunos psicólogos cuando se tiene algo que causa mucha preocupación e intranquilidad; y en efecto es muy eficaz ese remedio.
Dice un pasaje bíblico: La verdad los hará libres.
Creo que la principal verdad a descubrir en el plano de nuestra realidad cotidiana, para tener paz es descubrir la propia identidad. Quien está claro de la esencia de su ser, de su personalidad, de sus principios y valores personales, no tiene espacio para la inseguridad de sí mismo. Es difícil no tener autoestima cuando se tiene claridad sobre quién eres.

Viendo la vida de Jesús de Nazaret en los Evangelios, se puede destacar que Él estaba claro sobre su identidad y el propósito para el que estaba en la tierra. Reconoció que era el Hijo de Dios y que había venido a este mundo a redimirnos.
Pienso que tener claridad sobre estas preguntas: ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Para dónde voy? pueden hacer que tu vida sea aprovechada de forma completamente eficiente. Una vida con identidad y metas bien definidas hace buen uso del tiempo. Por otro lado, una vida sin autoconocimiento ni un ideal claro, conlleva ocupar un espacio en el mundo sin resultados claves.
Dedicar tiempo a sí mismo, a adentrarse en la conciencia y redescubrirnos cada día, es un gran paso para asumir la vida con valentía y un amor propio que nos dará independencia emocional y determinación para vivir.
Te doy un dato: Una de las principales claves para poder redescubrime y aceptarme ha sido reconocerme como hijo amado de Dios. Aquel Dios que tiene mi vida en sus Manos. Cuando me recuerdo de la Palabra que dice: No cae una sola hoja de un árbol sin que Dios lo permita. Me embarga una paz que me hace confirmar que Dios me acompaña y Él no defrauda.
