A los pies del Volcán Crantord, caminaba a paso lento, con mi cabeza atraída como con un imán hacia el suelo, por lo que no levantaba mirada. La turbación mental no me permitía mirar hacia adelante, pero ¿quién sabe?, tal vez era la oportunidad perfecta para encontrar algo valioso en el camino.

Lo valioso no se hizo esperar. Divisé a un conejo de pelaje oscuro y poco dorado que se camuflaba entre unas pequeñas ramas del mismo color. Me acerqué y se escapó, pero justo en aquel sitio vi una hermosa Obsidiana negra, por lo que me detuve y me agaché a observarla detenidamente hasta que decidí tomarla y guardarla en mi bolsillo. En ese momento, decidí regresar a casa.
Llegué a mi casa, me quité la ropa sucia, me di un buen baño sin prisas, con calma y dejando que el agua llegara a todas las partes de mi cuerpo para quedar completamente limpio y fresco. Terminé, me sequé y me puse una ropa de estar en casa. Tomé la roca ígnea que había recogido en el camino y me la lleve a la terraza; me senté en la mecedora a contemplar la bella naturaleza que se exhibía frente a mi hogar. Adelante mío se divisaba una extensa llanura de grama japonesa fresca y verde, esta llanura se terminaba a unos cinco kilómetros a lo lejos por un bosque que comenzaba a partir de allí en adelante, más allá del bosque se veía por encima unas montañas hermosas, tres para ser específico; la primera de la izquierda era la más alta y las otras eran más pequeñas escalonadamente.
Encontrándome ante aquel hermoso panorama, justo se estaba poniendo el sol en el horizonte. Pensé en tomar una foto, pero al instante preferí quedarme allí y grabarlo solo en mi memoria, así sería mejor. Me quedé observando esa maravilla de la naturaleza hasta que se ocultó el sol.
Saqué la obsidiana de mi bolsillo y comencé a contemplarla, la tenía sobre la palma de mi mano derecha. Recuerdo que pasaron unos quince minutos más o menos mientras yo observaba aquel vidrio volcánico. De pronto, aquella roca se fue derritiendo hasta quedar en estado líquido sobre mi mano. Aquella obsidiana negra ahora era una sustancia acuosa, sin embargo, aunque volteara mi mano, no se regaba, sino que permanecía adherida a mí.
Fue entonces cuando vi, cómo el líquido era absorbido por mi piel, sentí en ese momento que comenzaba a recorrer por las venas de mi cuerpo causando en mí un profundo escalofrío; se me erizo la piel y quedé extasiado por un largo tiempo. Al despertar estaba tirado en el suelo de mi terraza, estaba totalmente desorientado con aquello que acababa de suceder. Comencé a pensar que algo malo me iba a pasar, comencé a turbarme pensando en cosas supersticiosas y fuera de la realidad, como algún tipo de maldición o cosa similar que ahora tenía.

Cuando me levanté, no sentía absolutamente nada extraño en mí. Comencé a pensar que tal vez lo había soñado. Me quedé un rato allí viéndome detenidamente a ver si notaba algo extraño, pero estaba todo en orden. Luego me fui a acostar y me dormí profundamente hasta la mañana siguiente.
Los próximos días transcurrían con aparente normalidad. En la noches al dormir, soñaba que estaba sentado frente a mí mismo y me veía sentado también, con los ojos cerrados y la boca abierta. De pronto era absorbido por el otro yo y me adentraba a través de su boca al interior de su cuerpo.
Después me encontraba de pie en un suelo negro giratorio que tenía diseños de las estrellas, alrededor había planicie y todo era negro, pero iluminado por un cielo estrellado. Todas las noches era el mismo sueño.
Una de aquellas veces que me encontraba en aquel sueño, había tomado conciencia durante ese espacio y estando en el mismo escenario de todas las noches, me senté y cerré los ojos. Comencé a respirar y a sentirme muy sereno. De pronto las estrellas tomaban forma de personas conviviendo, familias cenando juntas, enfermeras atendiendo a los enfermos, grupos de personas llevando alimentos a personas necesitadas, entre otros.
En ese momento comencé a sentir un intenso calor en mi pecho y sentía que parte de mi cuerpo se desprendía de mí, me exalté y desperté agitadamente. Cuando abrí los ojos sentí la cama empapada de sudor y yo tenía una temperatura corporal altísima, vi arriba mío suspendido en el aire una especie de masa acuosa negra cubierta con pequeños trozos de diamante muy brillante. Me quedé pasmado sin quitar la mirada de aquello que estaba presenciando.
Aquella sustancia se acercó a mi rostro y pude ver en ella mi reflejo, observé mi vida desde mi niñez hasta la actualidad. Podía observar aquellos momentos en los que compartía con mis padres, jugaba con mis hermanos, estudiaba, aprendía a hacer los oficios del hogar para apoyar a mi familia, cuando conseguí mi primer empleo e invité a comer a mis padres y hermanos con el primer salario. Vi una serie innumerable de obras buenas que había hecho; vi aquellos momentos de oración a Dios y a la Virgen, mi activa participación en la parroquia.
Después de ver todo esto, vi aquellos momentos en los que fui indiferente con un amigo que me necesitaba, vi momentos en los que me sentí lleno de orgullo y veía a los demás como inferiores, también contemplé como en ocasiones le contestaba mal a mi madre o a mi padre ya mayores. También observé momentos en los que me peleaba con Dios porque decía que no escuchaba mis oraciones.
Después de ver todas las cosas bonitas y aquellas vergonzosas, me vi en un ataúd, estaba muy bien vestido, había fallecido y mis padres ancianos, hermanos y otros seres queridos me contemplaban, estaban muy tristes.
En ese momento vino este pensamiento a la mente: Cuando mueres, ¿qué te llevas contigo? Nada. ¿Qué permanece en el mundo cuando partes de él? Queda el amor que diste. Eso será recordado y permanecerá en el corazón de aquellos con los que conviviste.
Fue en ese momento en el que pensé que todo eso que experimentaba era producto de aquella Obsidiana Negra, la cual al fin y al cabo no era sino una bendición para abrir mis ojos y descubrir el sentido de mi vida. Allí entendí la clave de todo. Para ser feliz, debía poner en el centro de mi vida el amor y como Dios es amor, habría que dejarlo gobernar mi existencia y reflejarlo a través de mi forma de ser.
De pronto desperté nuevamente, pero no me encontraba en aquella cabaña. Sino que estaba en mi apartamento en la ciudad. Había soñado todo el tema de aquella experiencia junto al volcán y en aquella casa de campo. También había tenido un sueño dentro de otro sueño.
Al final no entendí bien el sentido de varias cosas, pero sí me quedó claro que el fundamento de mi vida ha de ser amar a Dios y a mi prójimo. Que allí está la realización personal y la plenitud de vivir. Comprendí que amor y perdón redimen.

Me gustó el cuento. Tenía imquietud pir saber el final. Gracias por contárnoslo
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que bueno que te gustó Manuel, me alegra.
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