El Mal de Superioridad

Estábamos a mediados del año 2018. El afán por cumplir con mis responsabilidades del día laboral me aceleraba la sudoración y generaba una gran tensión en todo. Me daba cierta satisfacción llegar muy temprano para estar a solas aunque fuera una hora.

Llegaba el personal a marcar, abría la agenda para ver cómo los distribuiríamos en sus rutas de trabajo. Usted y usted van para este destino; ustedes tres para este otro y los otros para aquel otro. Salían todos a trabajar y quedaba una cierta satisfacción de haber dado las órdenes como tenía que ser.

Llega el resto de colegas a trabajar; salen las preguntas de seguimiento a ver si se envió de manera correcta al personal.

  • ¿Por qué mandaste por esta ruta?
  • Me pareció que era lo mejor.
  • Sí, pero no lo era. Ni modo, ya se hizo.

Comienzo a sentir incomodidad; hay cuestionamiento en mi interior: «Pensé que era lo mejor, ¿por qué siempre tengo que ser cuestionado de mis decisiones? Pareciera que no hago nada bien por más que lo intente y eso me frustra.»

Fluye el día, son las 10 a.m. y me piden distribuir al resto del personal de la central para que se ocupen en algo. Comienzo a encontrarme con uno tras otro, dándole las indicaciones previamente recibidas de mi superior. Robinson, necesito que te ocupes en reparar estos dispositivos. Carlos, requiero que integres el nuevo software a las computadoras del local 43. Finalmente voy adonde Luis. Luis y yo habíamos tenido una pequeña diferencia.

Resulta que una tarde, después de las horas de trabajo, Luis me dejó un mensaje en el dispositivo móvil de la compañía en el que había un contenido que a mí parecía inapropiado. En la mañana siguiente cuando vi aquel mensaje, me dirigí en donde estaba él junto con el resto del personal y le llamé la atención en frente de sus compañeros. Después pensé que hubiera sido mejor llamarlo en privado. Desde aquel entonces, Luis tenía cierto recelo conmigo.

Volviendo a aquel momento que le narraba, me acerco adonde Luis para darle la indicación de lo que debía hacer. Me siento con un aire de superioridad y le digo con tono imponente: «Luis, tienes que cambiar los hardware de las computadoras de la Sede del Norte.» Como yo sabía que él estaba reacio conmigo, pensé que siendo áspero y tajante, él iba a obedecer. Luis no me miró, siguió sentado sin manifestar gesto alguno. Sentí que él de alguna manera no me respetaba y eso me llenaba de ira; pero ¿Qué podía hacer? Podría quejarme con mi superior, pero él ya sabía cómo era Luis y de alguna manera, pensé que no era una solución viable.

Pasaron los días y hablaba con una supervisora que pasó al local a ver cómo llevábamos el flujo de la Empresa. Me comienza a hacer preguntas sobre el manejo de los recursos humanos. Comenzamos a hablar de cada uno de los trabajadores hasta que llegamos a Luis. Le dije: «Claro, así como todos, Luis me obedece cuando le doy una orden, ellos a mí me respetan.»

Minutos después de hablar con la supervisora, salgo y ella queda allí con mi superior. Me encuentro frente a la entrada de la oficina a la vista de ella y precisamente pasa Luis frente a mí. Le doy una orden a Luis y me responde negativamente, dándose la media vuelta y yéndose a hacer otra cosa. Pude notar que la supervisora y mi superior estaban atentos a lo que había acabado de suceder. Sentí un inmenso grado de vergüenza y humillación, me estaba tragando amargamente las palabras que con seguridad había afirmado segundos antes sobre la obediencia que me tenía aquel trabajador.

Así, fui descubriendo con varios golpes de la vida, que la rudeza y la prepotencia no eran formas de liderar. Pude resolver que mandar lo hace cualquiera, pero liderar no son muchos los que lo logran. El jefe ordena y las personas pueden obedecer, aunque fuera a regañadientes. Pero el líder enseña, guía y apoya. Así el personal felizmente hace lo que su líder pide.

Un jefe te dice qué hacer. Un líder te inspira a hacerlo.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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