
Tengo un picante que me estremece. Me provoca seducir, hechizar, encantar. Ese picante me da una cosquillita para enredarme en una telaraña de la cuál después me sería muy difícil salir ileso y sin lastimar a nadie.
Pero ese picantito sigue allí, dándome tenues pulsadas en mi organismo e instintos de caballero. Ese picante añade un toque extra a mi amabilidad natural. Y dice aquella mujer que recibe el saludo: Dios, mas que es amable, es seductor.
Espera, espera mujer. Que no es mi intención seducirte, pero con mi personalidad, viene adherido ese picante que enciende sentidos y sensaciones de atracción.
¿Qué pasa entonces? Bueno, por Gracia de Dios, no me aprovecho de ese picante, no le añado candela a ese condimento y mantengo serenito a ese picantito. Claro que veo reacciones, sonrisas, miradas y no me desagrada. Pero sé que esos gestos no he de corresponderlos, pues no es ese mi camino de vida.
El picantito me acompaña latente y hace despertar el picante en aquellas personas que lo perciben, que les gusta y que por tanto, responden igual: con gestos igualmente picantes.
Picantito, picantito, te prefiero así, latente y calmado. No pienso provocarte ni darte razones para encenderte, picante. Quédate allí, latente y dormido. Así estás bien y yo también.
