Cuando No Podía Expresarme

Hubo un período de mi vida en el que las palabras no me salían a la hora de querer expresarme. Me sentía inconscientemente reprimido y ante cualquier circunstancia social, fuera que alguien charlara conmigo, o que hicieran bromas de mí; yo no hacía más que quedarme callado y difícilmente responder o refutar algo.

Era complicado. Sentía una resistencia interior, por medio de la cual no lograba sacar las palabras de mi boca. Creo que se trataba de una mezcla de miedo e inseguridad personal que me dificultaba ser yo mismo y expresarme libremente.

Qué gran reto y qué difícil era soportar cuando me invitaban a comprometerme con alguna actividad y, por no atreverme a decir que no, quedaba involucrado en toda obra social en la que la gente pedía que les ayudara o participara.

El no saber hablar para manifestar desacuerdo o mi deseo de hacer o no hacer algo, causaba en mí la represión de los sentimientos de enojo y tristeza que se iban acumulando porque sentía que no era dueño de mi vida y mis decisiones. Sino que permitía que los demás fueran quienes controlaran lo que yo haría o no haría.

En resumidas cuentas, mi vida estaba totalmente condicionada por los factores externos y no tenía libertad. Pero curiosamente, era una esclavitud y condicionamiento que yo mismo me imponía inconscientemente. Nadie me estaba obligando.

Recuerdo que un psicólogo al que acudí, me dijo una técnica muy interesante. Me sugirió que tratara de tener conversaciones en inglés en el día a día. Yo sabía inglés, pero nunca había procurado conversar cotidianamente en ese segundo idioma.

Comencé a hablar todas las noches con mi mamá en inglés y le explicaba como había sido mi día. Estuvimos así un par de meses.

Por alguna razón, esto hizo que se me soltara la lengua para expresarme con fluidez en mi lenguaje español. Creo que la clave estaba en que yo no tenía ningún tipo de experiencias o condicionamientos de expresión a través del idioma inglés, puesto que nunca lo había utilizado con regularidad. Y de alguna manera, soltarme hablando así, repercutió en la forma de expresarme normalmente.

Hoy en día, hablo hasta por los codos. Y agradezco a aquel psicólogo que vi tan solo una vez, pero que me dio ese consejo que cambió mi vida.

Gracias Dr. Paniagua.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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