Señor, aumenta mi fe. Fue mi petición. A los días, le di las gracias por habérmela concedido.

Si hay algo que he aprendido en mi relación con Dios, es a ser confianzudo con Él. A dejarme de tanto protocolo en mi conversación cotidiana con Él y hablar sin los filtros de la formalidad o la elegancia.
Además, si voy a hacer un rezo como el Padrenuestro o el Ave María a la Virgen, lo hago despacio y sin apuros, a modo de conversación. Pues no estoy hablando al aire, estoy dirigiéndome a alguien vivo y presente.
Mientras más naturalidad con el Señor, más disfruto de su presencia y compañía. Recuerdo ciertos pasajes del Evangelio en el que Jesús le pedía algo al Padre y continuaba la oración diciendo: «y como sé que ya me has escuchado…» Es decir que Jesús pedía y asumía con certeza que el Padre le iba a conceder aquello.
Un día, en mis momentos de reflexión cotidiana, tenía ciertas incertidumbres ante realidades de mi vida y le dije al Señor: «Padre, ya me está haciendo falta una fe mayor a la que tengo. Te pido que aumentes mi fe.»
Semanas después, a través de experiencias y conversaciones a lo largo de esos días, se me encendió el foco en mi cabeza y tuve una nueva perspectiva de aquellas realidades que me hacían dudar. Luego de aquello resolví que en efecto, el Señor aumentó mi fe.
Te invito a pedirle al Señor con confianza, Él te escucha, pero atrévete a hablarle con la conciencia clara de que Él está allí.
Dios no necesita que finjas o aparentes. Sé tú mismo frente al Padre y verás cómo Él te complace y mima.
