Hoy en día es común escuchar que las acciones malas se relativicen y se cree una neblina que haga la diferencia del bien y el mal algo confusa.

Cuando yo comencé a comprometerme en el servicio para mi Parroquia, fui sumamente extremista al punto de que comencé a juzgar y ser ofensivo, principalmente con mi familia. Creía que yo estaba en lo correcto porque empecé a ir a misa y me sentía superior a los que no solían hacerlo; por lo tanto, tenía un dedo acusatorio.
Literalmente, estaba odiando al prójimo con señalamientos y críticas destructivas; y lo justificaba diciendo que yo estaba en el camino correcto y ellos no. Había un alto grado de soberbia en mí. En este caso, podemos ver un claro ejemplo de una falsa moral. Disfrazado de un hombre moralmente correcto, justificaba comportamientos que estaban repletos de orgullo y egoísmo.
Otro hábito nocivo que tenía y que justificaba, era la pereza. Solía ser muy peresozo a la hora de cumplir mis responsabilidades; y detrás de esas actitudes, yo decía: «es que esa es mi naturaleza, yo soy así y no puedo cambiar. Me acepto como soy».
Hay rasgos que son propios de la personalidad, pero definitivamente, considero que aquellas actitudes que son dañinas para uno mismo o que hacen daño a otros, son cosas que no solo se pueden, sino que se deben ir corrigiendo. Justificar lo que hago mal, me condenaría a no cambiar y a seguir ese ciclo repetitivo de actuar de forma inmoral.
Me gusta este pasaje bíblico que dice: «Digan sí cuando es sí, y no cuando es no». Veo en esa frase, claridad, firmeza y seguridad; sin titubeos. Y lo aplico a la moral.
Considero que es sumamente importante tener una base sólida de valores y principios humanos. Pienso que esto ayuda a evitar la moral permisiva y nos permitiría vivir con una moral verdadera.
