
Veo el horizonte, con el sol que se asoma desde el borde del mar, irradiando la luz que despierta a todos los seres que habitan esta tierra, llena de vegetación y en gran medida, inundada por el agua de los amplios y vastos océanos que, con su profundidad, sumergen al pensamiento en el misterio de lo nunca visto y lo que nunca se verá.
Más allá de la infinitud del horizonte y la hondura del mar, se esconde el secreto de la trascendencia, que lleva al alma y la conciencia, a la más alta cima de la comprensión humana, para elevarse en una nube que sobrepasa todas las irregularidades del terreno de la vida, y aquellos caminos que eran imposibles de transitar con la razón humana, son sobrevolados con el corazón trascendido que, no busca explicación, sino más bien, simplemente pasa a través de los sucesos, sin juicios ni cuestionamientos.
El corazón del que habita en la presencia del Ser que trasciende el tiempo, el horizonte y el mar, se impregna de la serenidad del silencioso y esplendoroso amanecer, conservando en medio de cada emoción, la paz en lo más profundo, que permite al ser, simplemente vivir y experimentar la felicidad de quien tiene los pies bien sembrados sobre la tierra, sin perderse en el pasado ni en el futuro, más bien, con la consciencia anclada en el presente.
Así, aquel joven, contemplando en el horizonte, la belleza del amanecer que se dibuja sobre el mar, recibe la confianza en aquel que le regala ese panorama y que sopla aliento de vida en el mundo: Dios que lo acoge y le da la trascendencia que sobrepasa los límites del sufrimiento para guardar una eterna paz interior.
