
¿Qué es el miedo?, un freno de mano que detiene el flujo natural de la vida; un muro de piedra que detiene el paso de mis pisadas; una cadena que me amarra el tobillo para retrasar mis andanzas.
¿Es malo el miedo?, no, claro que no. El miedo es algo natural, parte de la biología humana; el miedo favorece a la supervivencia y protección de la vida. El problema está cuando veo el miedo como enemigo, porque ahí sí me la he liado. Sería como pelear conmigo mismo, porque no estoy aceptando lo que, por naturaleza, está sucediendo dentro de mí.
Creo que el punto crucial no está en tener o no tener miedo (que por cierto, creo que todos lo sentiremos en distintas circunstancias), creo que la clave está en la aceptación. Si acepto lo que siento en cada momento, mi libertad y voluntad fluirán con la corriente de mi existencia.
Me decía un amigo psiquiatra: «no le tires piedras al río». Claro, la vida se trata de un flujo natural que ha de transitar sin ponerle obstáculos innecesarios. Pienso que allí entra la práctica de confiar en Dios. Si su Palabra dice, en Romanos 8, 28: «todo sucede para el bien de los que aman a Dios», ¿por qué he de querer cambiar la realidad?
Yo siento un alivio tan grande al saber que Dios está a cargo de todo, que mi vida está en sus Manos y que, Él quiere lo mejor para mí. Es por eso que, ante esa realidad, simplemente le digo: Señor, no deseo nada, lo que Tú quiera para mí, me basta. ¿Quién mejor que Tú sabe lo que me conviene? Mi vida está en tus Manos; tan solo hago lo que me corresponde, ponerme en total disposición para ti.
¿Tienes miedo? abraza ese temor y déjalo pasar, porque así como vino, se irá, si no lo retienes.
