
La tentación llama a mi puerta y se muestra sumamente atractiva, con esplendidas joyas y retoques minuciosamente hechos, para provocar el mayor gusto a mis sentidos. Tiene una mirada seductora, con voz tenue y agradable; susurra a mi oído palabras que encienden en mí el deseo de ser condescendiente con lo que ella pida.
Los instintos arraigados en mí, se despiertan con un fuego que me embarga, provocándome para caminar en búsqueda de la saciedad de lo insaciable. Mi mente me pide que tome de esa agua que, en lugar de hidratarme, lo que hace es secar el organismo, dejándolo cada vez más sediento, hasta el punto en que morirá de inanición.
Una fuente de manantial aparentemente beneficiosa, que esconde una trampa mortal. Lo que pareciera una sustancia buena, resulta ser un veneno que quema hasta el espíritu, provocando quemaduras de tercer grado, que deja cicatrices, en ocasiones, incurables.
No, no abras la puerta a la tentación que promete felicidad y realización, déjala afuera, tocando el timbre hasta que se canse. No contestes, deja que así como vino, se vaya sin más que el deseo de haberte hecho caer.
En cambio tú, permanece al lado del silencio del alma, aquel que no accede a los instintos primitivos de la perversidad. Mantente centrado en el silencio del corazón habitado por Dios, y verás que la paz y serenidad serán tu himno cotidiano de inspiración.
