Director de la vida: DIOS

Imagina tu vida como una película en la que eres el protagonista, y quien la dirige es nada más y nada menos que el mismo Dios; detrás de cámara y grabando está tu Ángel Guardián.

En el año 2016 fui coordinador de la comunidad de Jóvenes Claretianos del Corazón de María (JCCM). Cuando se hizo el anuncio oficial en la convivencia de navidad del 2015, me sentía con mucho entusiasmo por el nuevo rol que estaba asumiendo. Recuerdo que previo a la decisión de tomar esa responsabilidad, hablé con Iliana y le manifesté que estaba un poco nervioso, pero a la vez emocionado. Ella me animó a mantenerme firme en la decisión y asumir con determinación ese proyecto, respaldado por el equipo que en ese entonces conformaba la coordinación; entre ellos estaban: Ana del Rosario, Bella, José Antonio, Iliana, Marie Gaby, Eslende, Itsury, Raúl y otros más. Además, el equipo de la comunidad tenía muchas personas que eran voluntariosas a la hora de colaborar para la participación activa en distintas actividades de la parroquia.

Junto con el equipo le pusimos mucho empeño a cada organización de formaciones, convivencias, obras sociales y actividades parroquiales. Aunque había una cosa que oscilantemente me bajaba el ánimo; y era que a muchas de las formaciones que preparábamos con tanto esfuerzo, si acaso iban tres o cuatro personas. Ocasionalmente, cuando traíamos a un invitado de altura el salón se llenaba a más no poder, pero esas pequeñas alegrías se esfumaban al siguiente encuentro.

Una de las dificultades internas que tanto enfrentaba era mi preocupación por querer controlar todo y que a la vez, las cosas salieran perfectamente bien. Tenía una fijación con mi sentido de responsabilidad como coordinador de la comunidad.

Me embargaba la mayoría del tiempo el miedo a fallar o a no llenar las expectativas de la comunidad; por decirlo de otra manera, temía no llenar los zapatos del rol de coordinación de JCCM.

Llegó el mes de agosto y ya estaba cerca el inicio de la Novena al Inmaculado Corazón de María que se celebra cada año en torno a su gran fiesta Patronal, el 22 de agosto. JCCM participó en una misa asignada en la Novena; donamos canasta de alimentos secos y servimos proclamando y en las ofrendas. Todo salió muy bien ese día.

Junto con la fiesta Patronal del Inmaculado Corazón de María en el Santuario, se acostumbra hacer una feria familiar el fin de semana más cercano al 22 de agosto. Se había asignado a cada pastoral preparar un stand con artículos y juegos para entretener y también con el fin de promocionar a las comunidades; y por supuesto que JCCM tenía su espacio designado.

La noche previa a la feria, estábamos en medio de la logística de armar el stand, necesitábamos varias cosas, incluidas extensiones eléctricas, mesas, telas y diversos artículos; yo estaba coordinando la preparación de todo con la extrema preocupación de que todo saliera bien; mi miedo a que las cosas no salieran bien, era tan grande que las diversas tareas que había que hacer en ese momento, se me parecieron transformar de diez a diez mil tareas.

Entré en un alto grado de tensión psicológica y, recuerdo que Marisol, una de los miembros de la comunidad se me acerca y me pregunta:

¿Enoc qué tengo que hacer?

Yo la miraba y mi mente estaba en blanco; sentía que había colapsado y ya no recibía ni transmitía. En mi mente se me había quedado muy grande la responsabilidad que tenía.

Un rato después, cada quien iba colaborando en dejar todo listo para el día siguiente. Yo me fui a un salón solitario y llamé al P. Manuel. Comencé a hablar con él y desahogarme, a manifestarle todos mis temores, a los cuales se sumaba uno a nivel profesional. Había terminado mi período laboral en la empresa coreana en la que había estado durante seis años y ahora, mis tios contaban conmigo para emprender una nueva empresa, de la cual me encargaría de la parte financiera, ya que mi tío confiaba en mi preparación universitaria de banca y finanzas.

Me sentía tan impotente ante las responsabilidades que se me presentaban, y el P. Manuel escuchó mis palabras acompañadas de llanto y temor absoluto por ello. Recuerdo que me dijo que si no me sentía apto para asumir una responsabilidad, que fuera sincero y lo hablara.

Más adelante hablé con mis tíos sobre mi sentimiento y se detuvo el plan del emprendimiento; por otra parte, finalizando el año 2016, solté la coordinación de JCCM y me sucedió Alberto Anzivino.

Recuerdo que antes de decidir ser coordinador, Alberto fue a mi casa a pedirme consejos, ya que tenía algo de dudas al respecto. A mi manera lo animé en esa amena conversación y él se fue satisfecho. Después me enteré que había aceptado asumir el rol.

Un año después la comunidad ya iba llegando a su fin, en medio de varios intentos fallidos de revivirla. Pero como todo lo bueno da sus frutos, murió la flor de JCCM y nació una rosa nueva: Juventud de la Viña Claretiana (JUVICLA). Así, poco a poco se fue consolidando la presencia juvenil en la parroquia del Santuario Nacional a través de una Pastoral Juvenil concreta hasta llegar a lo que es hoy en día.

Mi lección a través de estos sucesos que me tocaron vivir, principalmente, asumiendo grandes responsabilidades, es que para asumir la vida como corresponde con todos sus avatares, he de soltar las riendas y confiar en Dios. Lo único que necesita Dios, es mi disposición y voluntad a sus pies, y Él se encargará de que el río fluya por su cauce.

Soltar más y confiar más para tener paz en el proceso y no colapsar en medio del camino. La voluntad a los pies de Dios y ¡taram!, surge ante mis ojos la magia de su Providencia en acción.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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