El explorador

Había en aquel lugar un explorador que buscaba la razón por la que existía. No podía conformarse con una respuesta simple. Buscaba incesantemente el sentido de su vida, viajando por todo el mundo, subiendo a las más altas cimas y adentrándose en los más profundos silencios.

El explorador quería encontrar la fuente del aliento vital de todo lo creado. Él no quería simplemente escuchar el nombre del autor de las maravillas existentes, él quería experimentarlo, adentrarse en ese manantial inagotable de vida.

  • «¿Dónde más puedo buscar?», decía el explorador. – He recorrido mar, cielo y tierra en búsqueda de ese ser escurridizo que no se deja encontrar.

Uno de aquellos días, el explorador se rindió y decidió no buscar más. Se fue a su hogar en la ermita de un valle en donde se había criado desde muy pequeño, y se planteó vivir allí el resto de sus días sin hacer caso a la curiosidad que lo había llevado por todos los rincones del mundo.

El explorador se acostó en una hamaca y se durmió profundamente. Caía un suave rocío que le rozaba la cara, pero sin causarle molestia, más bien, era como una suave caricia que lo adormecía más en un profundo y reconfortante sueño.

Mientras dormía, el explorador, en un sueño, escuchó una voz que le dijo lo siguiente: «Mi querido hijo, estaba esperando este momento, aquel en el que dejaras de buscar. Buscando y buscando, nunca me ibas a encontrar. Porque no eres tú quien tiene que dar conmigo, sino tú quien te has de dejar encontrar por mí. Para que yo salga a tu encuentro, tenías que soltar toda ansia de búsqueda y dejarte sorprender por mi presencia. Yo estoy aquí contigo, siempre lo estuve. Mientras mirabas el horizonte desde las más altas cimas, yo te susurraba al oído con una suave y tenue brisa. No me has encontrado tú a mí, he sido yo quien te ha encontrado y quien, de ahora en adelante, te permitirá darte cuenta del cuidado amoroso que te doy cada día».

El explorador se despertó de su profundo descanso, eran las 3 de la madrugada. Se quedó mirando el cielo estrellado, abarrotado de estrellas por la falta de luz en ese área rural y rodeado de tanta naturaleza. Comenzó a reflexionar sobre las palabras que había escuchado en su sueño.

El explorador descubrió que en efecto, el creador de todo lo visible e invisible, había estado con él desde antes que naciera; más bien, el explorador provenía de ese ser eterno e infinitamente amoroso. Se había dado cuenta que de ese ser venía y a ese mismo ser regresaría el último día de su vida en la tierra.

El explorador finalmente se dijo: «Claro, esto es mucho más sencillo de lo que imaginé. Vengo de él y él tiene un propósito por el cual me tiene aquí; no tengo por qué saber cuál es ese propósito, solo he de soltar las riendas de mi vida y dárselas a Él. El creador lleva mis pasos por la ruta que ya ha trazado para mí, desde antes que naciera. De ahora en adelante, no buscaré más, solo dejaré que tú cumplas tu voluntad, aquella por la cuál me tienes aquí. ¡Que se haga tu voluntad!

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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