Transparente como el agua

Era la segunda mitad del año 2011, iniciaba un curso que tenía como base las enseñanzas contenidas en los libros de Dale Carnegie. Mi novia en ese entonces, me había recomendado tomar dichos talleres. Recuerdo que ella ya los había tomado y, al ser tan sociable y carismática, la gente había quedado queriéndola mucho. Al ver eso, yo no me veía capaz de generar un impacto positivo como ella, me sentía inferior e inseguro, con falta de autoestima.

Curiosamente comencé el curso y en el proceso fui evidenciando que sí estaba generando un impacto positivo en el grupo, incluso en el mismo instructor. En una de aquellas charlas que me tocó dar, se generó una reacción tan positiva de la gente, que fue fácil leer la conmoción en sus rostros. El instructor al final dio muy buenos comentarios al respecto.

El último día de aquellos talleres se hizo una votación para elegir a la persona que causó un mayor impacto en todos, el que más se apegó a las reglas y que aplicó la teoría de la manera más eficaz. En fin, entre todos ibamos a decidir quién había influido de mejor manera sobre las personas. ¿Quién creen que fue elegido por la mayoría? Resulta ser que fui yo. Me gané un libro titulado: «Lincoln el desconocido», del cual me desprendí apenas lo recibí, porque teniéndolo en mis manos, anuncié que quería regalarlo a otra persona del grupo que admiraba mucho; se lo regalé a uno de los chicos, no recuerdo su nombre, pero sí que se puso muy contento.

El instructor se acercó a mí en ese momento y dijo que ese era un gran ejemplo de desprendimiento; después añadió: «¿qué podríamos decir de Enoc?, ¿podríamos decir tal vez que es un hombre transparente?, ¿que no esconde nada?, ¿que podemos ver a través de sus ojos, la verdad de su alma?». Y terminó dándome este consejo: «Enoc, puedes perder muchas cosas, pero algo que siempre tendrás es tu voluntad para decidir cómo responder a la vida».

Hoy en día me hace recordar la frase de Viktor Frankl en su libro «El hombre en busca de sentido» que se me parece mucho: «Al ser humano le puede quitar todo, pero algo que nadie le puede quitar es la actitud con la que decide responder a las circunstancias de su vida»

Ese taller de Dale Carnegie me dejó una gran enseñanza con respecto a la percepción que tenía de mí mismo. Pudiera describir un antes y un después referente a ello:

Antes: Tenía miedo y me sentía incapaz de agradar a otros; tenía una falsa seguridad en que no tenía talento alguno y que era una persona aburrida.

Después: Los hechos me demostraron que, en efecto, tenía un carisma muy especial y ello era del agrado de los que me rodeaban. No tenía nada que envidiar a nadie. Mi sola personalidad me hacía único.

Esa percepción del después podría sonar algo vanidosa, pero como defensa, complemento con que cada persona es única en lo que respecta a su personalidad y características propias. El asunto está en que podamos descubrir esa esencia tan especial que cada uno de nosotros poseemos. Con esos talleres, pude vislumbrar un poco de esa gracia en mí; digo «un poco», porque todavía seguía teniendo inseguridades y a mi autoestima le faltaba mucho.

Algo que me ha ido ayudando a través de mi proceso de crecimiento personal y espiritual, ha sido la confianza en que Dios nunca abandona y nunca defrauda. Eso fue lo que en los momentos de mayor fragilidad, me hizo levantarme, secarme las lágrimas y seguir andando contra viento y marea.

Por otro lado, también me ha ido ayudando asincerarme conmigo mismo, ser transparente cuando me miro frente al espejo, sin ocultar mis defectos y reconociendo mis virtudes. Al irme conociendo he ido descubriendo realidades de mí que me han asustado mucho y que me ha costado aceptar. Pero ha sido esa transparencia propia la que me ha permitido ir amándome más y aceptándome para vivir con mayor plenitud.

Y para cerrar con «broche de oro», sé que la mayor fuente de paz y plenitud que siento hoy, ha sido estar cara a cara con Dios, mostrarme tal cual soy y saber que Él me ama así, que no me pide más nada que dejarme amar por Él.

Avatar de Desconocido

Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

Deja un comentario