Del miedo al valor de vivir

Durante mucho tiempo, desde que comencé mi compromiso serio sirviendo en la iglesia, se fue sembrando en mí una semilla de miedo y represión, pensando que tenía que cuidar muy cautelosamente mis acciones, de manera que no cayera en pecado. Esto me generó una tensión constante y también me fue robando la alegría de vivir, pues no veía mi existencia como una oportunidad para ser feliz, sino como una serie de reglamentos a los cuales me tenía que mantener extremadamente apegado, porque si me salía de ellos, perdería la paz.

Con el pasar de los años y a veces de un momento a otro en breves periodos, mi perspectiva ha ido cambiando. Hoy en día no me llevo muy bien con esa mentalidad estricta de: «pequé o no pequé», de determinar que me voy a condenar o que si me paso de la raya estaré literalmente MAL.

Ojo, no estoy diciendo que será una opción para mí, ser desordenado moralmente y hacer cosas que destruyan mi dignidad o la de otros, no me refiero a que voy a practicar antivalores de ahora en adelante. Una cosa no tiene que ver con la otra; está claro que me gusta ser fiel a mi conciencia, vivir bajo lo que ella dicta y procurar hacer el bien siempre que pueda. Me satisface ir formando esta conciencia a través de la escucha de nuestros misioneros claretianos en catequesis, homilías y de más.

Lo que pienso es que no puedo limitar mi forma de pensar a determinar en cada instante si estoy pecando o no. Creo que la vida es más profunda que eso, mi eje y base en la vida, se centra en amar todo lo que hago y a las personas con las que convivo. Si mi preocupación estuviera en si hice mal o no, mi libertad se vería coartada puesto que no tendría espacio en mi mente para pensar otra cosa más que eso.

Te digo la verdad, no me importa si peco o no peco, aunque suene fuerte. No me interesa saber si estoy bien o mal; lo único que me interesa es ser un ser de luz para todos los que me rodean, lo único que es importante para mí, es ser libre en amar profundamente a todos, como lo hizo Jesús; y dibujar sonrisas en cada rostro que vea. Eso me da verdadera libertad y me llena de valor para vivir en plenitud.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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