
Estoy navegando en medio de una tormenta en completo sentido de la palabra, es una ¡tormenta perfecta! Dicen que justo después de la parte más oscura de la noche, viene el amanecer; después de una gran tormenta, viene la calma.
Aquí estoy yo, en medio del mar. Hace mucho tiempo zarpé hacia un horizonte desconocido, con la confianza puesta en Aquel que me creó. No sé adónde llegaré, no sé si encontraré una isla, un continente o simplemente seguiré vislumbrando mar. Lo único que sé, es que seguiré navegando hacia adelante con fe y esperanza. ¿Que si voy por la ruta correcta? No lo sé, pero es adónde me lleva el viento; yo alcé la vela y dejé que este se encargará de ponerme en la dirección de su naturaleza.
He encontrado ballenas, aves, sirenas, tiburones y delfines a lo largo de mi recorrido. Además, he vislumbrado un paisaje paradisiaco con el cielo estrellado durante las noches pasadas. Pero esta vez es diferente. El cielo se ha cubierto por densas nubes grises, el mar se ha puesto agitado y picado; caen relámpagos a pocos metros de mi barca. A veces pareciera que mi embarcación se va a volcar. Esta tormenta está muy agitada, el día parece noche y la noche, penumbra.
En medio de este caos natural, miro hacia atrás y pienso: «¿será que no debí zarpar?, ¿será que debí quedarme en el puerto para salvaguardar mi vida?». Pero surge en mí otro cuestionamiento. Pienso sobre qué hubiera pasado si me quedaba en mi zona segura. Tal vez no llegaría a experimentar lo que estoy viviendo hoy en medio de este caos. Pero también me habría perdido la oportunidad de encontrar nuevas tierras, nuevos horizontes para ampliar mis experiencias, conocimientos y crecer espiritual y emocionalmente.
Nada que valga la pena es fácil. Todo lo que verdaderamente trae frutos requiere de esfuerzo, perseverancia y sobre todo, que de un paso hacia adelante. No me quiero quedar estancado en una isla para mantenerme seguro y perdiendo la oportunidad de desarrollar mis capacidades en lo que respecta a mi humanidad.
Lo sé, puede que me esté equivocando, pero prefiero dar el paso que quedarme quieto. Lo que haya que enmendar se corregirá en el camino, en lo que se vaya acertando se irá reforzando. La vida es una suma de muchas acciones, estas acciones son las que definen quién soy. No tengo miedo a vivir y equivocarme, porque para eso he de vivir, para aprender de los aciertos y desaciertos.
Seguir adelante es mi meta, la persistencia mi bandera y la confianza puesta en el Autor de la vida, mi combustible. Confío en Ti, Señor.
