¡Aventura de confianza!

Me siento dentro de una aventura en la cual se está entrenando mi capacidad de confiar. Tengo una sensación mixta entre adrenalina y miedo; es como si emprendiera un viaje en moto con nada más que lo esencial en mi mochila, por una ruta desértica hacia lo desconocido.

No sé cuando encontraré una estación de gasolina o un hotel donde hospedarme; lo que sí sé es que estoy armado de valor para hacer este recorrido con un destino incierto. Algo me mueve a conducir sin mirar atrás, ¿será el Espíritu Santo?

Dicen que las virtudes se consiguen ejercitándolas. Eso es lo que estoy haciendo, ejercitándome emocional y espiritualmente.

Resuenan en mi cabeza dos frases bíblicas:

  • «Todo lo puedo en aquel que me fortalece» (Filipenses 4, 13).
  • «Todo obra para bien de los que aman a Dios» (Romanos 8, 28).

La primera me invita a no tener miedo ante el sendero que recorro; que ponga la confianza en Dios, quien tiene contado hasta el último de mis cabellos. Así mismo, tengo una certeza ciega en que Él me respalda llevándome de la mano. Sé que no me va a soltar y que puedo sentirme seguro con Él.

La segunda es un llamado a saber que nada es casualidad. Dios permite cada suceso en mi vida para sacar un bien mayor. Soy libre de decidir en mi cotidianidad; y con la confianza puesta en Dios, pensando siempre en hacer su voluntad, me acompaña la seguridad de que Él está obrando silenciosamente a través de cada acontecimiento que surge en mi día a día.

En fin, en este viaje motorizado surgen incertidumbres como estas:

  • ¿Será que el combustible me va a rendir lo suficiente hasta encontrar un lugar seguro?
  • ¿Será que ninguna pieza de la moto me dará problema antes de llegar al destino?

Sea como sea me lanzó a esta aventura y miro hacia adelante con esta confianza y entusiasmo que Dios pone en mi corazón.

¡Allá vamos!

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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