Cuando pierdo la paz

Cuando pierdo la paz, el mundo se vuelve turbio ante mis ojos.

Cuando desaparece la paz, la fluidez de mis pensamientos se detienen y tengo que empezar a forzarlos para que transiten por mi cabeza. Surge un bloqueo en el cauce de la naturaleza de mi personalidad, aquella que me hace especial.

Cuando pierdo la paz, la alegría se desvanece y sonreír se vuelve un arduo trabajo que requiere mucho esfuerzo; como si estuviera aplicando fuerza contra un resorte.

No tener paz, es no tener vida; es vivir absorbido por la angustia y la desesperación. Cuando la paz no está presente, toca fingir y luchar por mantener una postura serena para enfrentar los afanes del día.

Cuando no hay paz, no hay espacio en la mente para enfocarse en las tareas que se deben cumplir en la jornada. Cuando ha sido así, he ansiado entonces que se acabara el día para buscar aquella fuente que, como una droga, me embriagaba, pero que a la vez, me quitaba la paz.

No le deseo a nadie la ausencia de paz. Creo que no hay nada peor que eso. Que pueda mantener la fidelidad a mi conciencia para siempre estar rebosante de paz y vitalidad.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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