Él va dejando heridos y su madre los va sanando.

Él va recorriendo el camino de la vida. Se encuentra con distintas personas en la ruta, con quienes dialoga, ríe, canta, llora, discute y algunos de ellos terminan heridos en el camino; ya sea por un malentendido o cualquier otra de esas razones que causan división.

Él sigue su camino, pero lo que no sabe es que detrás, a una distancia de treinta pasos, viene su madre; va encontrando a cada una de las personas que su hijo dejó heridas, las toma en los brazos, los lleva a un hospital y se asegura que reciban todos los cuidados y atenciones que requieran para sanar.

Él sigue tras sus objetivos, no es su intención dañar a nadie. Pero en ocasiones hay que decir «no» a ciertas personas que no prometen nada bueno y que más bien le pueden perjudicar; sin embargo, su madre no escatima en quienes sean esas personas que quedan a la orilla del camino. Ella sin distinción alguna, va abrazando a los que quedaron rezagados y con ternura y delicadeza los ayuda a levantarse y seguir adelante.

Que madre tan atenta, que madre tan preocupada por enmendar las pisadas de su hijo que, sin mala intención, termina dejando heridos a lo largo del sendero.

El hijo agradecido se termina enterando y le dice: «Gracias madre por tu gran amor y ternura que me sobrepasa y llega hasta las terceras personas con las que me encuentro en el camino».

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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