
Ha habido momentos de mi vida en los que me he sentido tan inseguro. No es una inseguridad que se refleja claramente en mi cotidianidad; puesto que me desenvuelvo con seguridad en mis tareas diarias; pero dentro de mí, he tenido un signo de interrogación con una gran incertidumbre que me ha hecho temer un poco.
Antes vinculaba esa inseguridad interior con lo exterior; es decir, interpretaba que el mundo era hostil o diferente si yo estaba inestable emocionalmente. Lo sé, suena algo extraño, pero yo lo veía así. Por el contrario, asumía que si yo tenía paz interior, el mundo, por consiguiente, era amigable.
Después me di cuenta de que no era así, el entorno siempre es el mismo, independientemente de cómo me encuentre psicológica y emocionalmente.
En varias ocasiones, por alguna u otra razón, he salido de mi zona cómoda. En momentos como esos, he deseado volver a mi estado de confort; pero muchas veces no ha sido tan simple como caminar en retroceso y volver a acomodarme. En la mayoría de las ocasiones toca seguir caminando hacia adelante, esperando el momento en el que vuelva a encontrar una zona de reposo.
Ahora mismo voy caminando por el sendero, pienso que debo andar la mayor parte del tiempo posible y descansar poco, pero no dejar perder esos espacios de recuperación.
La inseguridad puede ir y venir, pero en el fondo tengo una luz que alumbra el mundo de mi corazón; esa luz es una certeza indestructible que me asegura que, Dios me tiene en la palma de su Mano y todo está bajo su control.
Procuro vivir con esta oración de Jesús en mi mente: «Padre, que se haga tu voluntad».
