
Cuando estaba en la escuela secundaria yo era muy inseguro. No podía estar solo en los recreos o en la mañana mientras esperaba que iniciaran las clases, porque sentía un alto grado de nerviosismo, miedo y vulnerabilidad. Por lo tanto, mi solución era pegarme a mi hermano y sus amigos; con él me sentía seguro. No me importaba estar callado y que se mofaran de mí una que otra vez, porque aún así, me sentía acompañado y a salvo allí con ellos.
Eso es lo que yo llamaría un estado de paz superficial; era una tranquilidad condicionada por mi necesidad de hallarme acompañado; porque cuando volvía a estar solo, me sentía expuesto emocionalmente. Era algo extraño, pero sí que me asustaba verme sin nadie que me hiciera compañía. Es por eso que generalmente tenía la tendencia a pegarme a alguien, pero era siempre huyendo de la soledad, probablemente huyendo de estar conmigo mismo también.
Han pasado los años y hoy en día, no hay nada que disfrute más que estar solo. Incluso estando con grupos de amigos, no me cuesta estar solo conmigo mismo y sin involucrarme interactivamente con los demás. Hoy en día tengo lo que denominaría, una paz profunda.
Mientras no tuviera paz profunda, no soportaría estar solo conmigo mismo; dependería en cada momento del trato de los demás hacia mí. Sería una persona condicionada por las reacciones del entorno. Sin embargo, con paz en la conciencia y el corazón, he adquirido la capacidad de vivir libre y sin condicionamientos.
Qué importante es conocerse y descubrir la valía intrínseca que uno posee por el simple hecho de ser y existir. Solo así se verá uno libre de la dependencia emocional y podrá ser verdaderamente feliz.
