Las alegrías de mi infancia

Cuando pienso en mi infancia, recuerdo un cúmulo de momentos vividos con los otros niños, en ese entonces, del edificio en el que vivía, Plaza Paitilla. Eran días en los que jugábamos fútbol en el área social, a escondidas, ladrón y policía, manejando carritos a control remoto, montando bicicleta, jugando a los superhéroes, ratos divertidos en la piscina y por supuesto, las birrias de videojuegos en la casa de alguno de ellos.

Son tantos los momentos que disfruté con mis amigos, sin contar las fiestas de halloween en las que nos disfrazabamos e íbamos de piso en piso tocando puertas para recibir caramelos. También las posadas navideñas y la noche de navidad en la que a la media noche, bajábamos todos al área social con nuestros regalos recién abiertos a mostrarlos al resto de los amigos y jugar con ellos.

Estoy muy agradecido con la niñez que viví, muy acompañado sintiendo la calidez de los amigos. Realmente fueron momentos muy felices para mí.

En la medida que fui creciendo y pasando por diversas crisis de adolescencia, fui viendo a esos amigos con los que compartí casi toda mi infancia y parte de mi preadolescencia, como influencias negativas en relación al estilo de vida que llevé de joven, con fiestas y bebida de alcohol sin control y de más. Pero creo que fue algo injusto culparlos o juzgarlos a ellos por mis hábitos desordenados. Tanto ellos como yo fuimos jóvenes y vivimos lo que muchos viven en esas etapas de hormonas por las nubes, testosterona y emociones a flor de piel. Momentos de mucha efusividad; acciones que se cometen sin pensar en las consecuencias, producto de la inmadurez.

Mi vida ha  sido como una montaña rusa, con subidas de gran alegría, euforia y efusividad; y profundas bajadas de desaliento, desesperanza, decepción y desilusión. Entre una y otra ha habido momentos de estabilidad, momentos neutros en los que he podido sentir en mi piel la suave brisa de una mañana; respirando con gran profundidad el maravilloso aire de la que trae la naturaleza; contemplando a un par de aves revoloteando en un pequeño charco; y así, espacios de pausa en los que el silencio se ha vuelto mi aliado y me ha permitido tomar un descanso de mis ajetreos emocionales.

Actualmente me siento muy feliz con todo lo vivido, porque todo me ha ayudado para ser la persona que soy. Como dice la Palabra en Romanos 8, 28: “Todo obra para bien de los que aman a Dios”. Así lo he sentido, nada de lo que he vivido se ha vuelto tiempo perdido; todo ha sido ganancia y Dios sigue construyendo mi vida hasta que llegue el día en el que quede moldeado perfectamente en la medida de su Propósito en mí.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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