Los ojos de Dios

Creo que todos necesitamos ser vistos con ojos de misericordia. 

Hay dos palabras que me resuenan en relación a Dios: “justicia” y “misericordia”. La justicia sin misericordia, se volvería una carga de imposición; y la misericordia sin justicia, se transformaría en una actitud de permisividad para comportarse de cualquier manera.

Para mí, el factor clave aquí es encontrar el equilibrio. Porque es muy fácil volverse un juez y apuntar con dedo acusatorio a los demás; y por otra parte, puede uno optar por callar y dejar pasar cualquier injusticia de la que se es testigo.

Pero quiero centrarme en algo muy puntual con respecto a la misericordia. A veces he tenido la tendencia a ser poco tolerante con las personas, y lo primero que he hecho ha sido señalar y juzgar al que, según mi criterio, ha cometido un error o una falta grave. Me faltan ojos de misericordia para ser paciente con el prójimo y, más que acusarlo, ayudarle de manera amorosa y en la medida que me lo permita, para corregirlo fraternalmente.

Creo que el factor no es hacer caso omiso del hermano que yerra, sino ser sincero y no sincericida. Por ejemplo, no es lo mismo entregarle una piedra en la mano al hermano (ser sincero) a tirársela en la cara (ser sincericida); una corrección, una verdad puede decirse de dos maneras:

  • En una puede ser bien recibida y edificar a la persona.
  • En la otra puede causar una respuesta defensiva y recibir rechazo de parte de la persona.

Todo radica en si se hace con amor y con la sincera intención de ayudar, más que echar en cara las faltas. También considero importante respetar a la persona; en cuanto, si permite que se le aconseje o si no quiere consejos.

Pido a Dios que me ayude poco a poco a mirar con sus ojos a los demás, ojos de justicia, pero sobre todo de misericordia; recordando aquel mandamiento, el más importante que nos dejó Jesús: “Ámense unos a otros como yo los he amado”.

Y precisamente me pone a pensar mucho esto: “Ver con los ojos de Dios”. Me pongo a reflexionar, ¿cómo me mirara Dios? ¿qué pensará de mí? Preguntas así me planteaba una amiga quien decía que le causaba curiosidad eso mismo y que ella quisiera verse a sí misma con los ojos de Jesús, de Dios.

Hago la pregunta y se me eriza la piel: “¿Qué pensará Dios de mí?” Bueno, solo sé que los ojos de Dios están llenos de amor y su ternura me envuelve, al igual que a todos sus hijos. Quiero dejarme siempre mirar por Él, y dejarlo amarme en plenitud.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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