Me da pena quedar mal

Me ha pasado en ocasiones en las que haciendo un trabajo, dando un servicio, llevando a cabo una tarea que involucra a terceras personas, por alguna u otra razón, cometo un error y, a mi parecer quedo mal ante los demás; aunque aparentemente, en muchos de los casos, son cosas prácticamente insignificantes que, para las otras personas, no tienen mayor relevancia. Sin embargo, esas situaciones me generan un sentimiento de vergüenza, tal vez porque procuro siempre proyectar mi imagen como intachable. Pienso que esa pena que me da, tiene que ver un poco con el orgullo, al querer demostrar perfección a través de mi persona.

Ya lo he mencionado en ocasiones anteriores, que una de mis mayores luchas es contra ese antivalor que contiene también algo de vanidad. La contraposición del orgullo que es la humildad, es una gran meta que me he propuesto alcanzar, la cual no es para nada fácil llegar a tener.

Me parece muy curioso lo que decía mi tío en una ocasión: “Si dices que eres humilde, es porque en realidad no lo eres”. Es decir, el humilde no se ve a sí mismo de esa manera, no se reconoce como tal; y eso es algo real, puesto que la humildad, precisamente es reconocer la propia fragilidad humana, la debilidad y que, precisamente uno no es perfecto, no se las sabe todas y puede fallar. Acompañada de esa humildad, está el no reconocerse con mérito alguno; que no es lo mismo que valorarse. Uno se valora, pero sin que se le suban los humos a la cabeza y sin vociferar que uno es el gran ser humano, bondadoso, piadoso, etc. Bueno así es como yo lo veo y estoy claro que puedo estar equivocado en mi concepto de la humildad.
Que falle y quede mal en ocasiones, puede ser un ejercicio para poner en práctica mi humildad. Como dicen por ahí, las virtudes se alcanzan con la práctica. Por lo tanto, el que pide paciencia a Dios, tendrá muchos momentos en los que se verá tentado a perderla, para entonces ponerla a trabajar. Así mismo lo veo con esta temática personal de la humildad frente al orgullo.

Bueno, sigo en mi ejercicio de alcanzar ser humilde y le pido a Dios que me de la Gracia para cada día acercarme más a ser reflejo de la persona  de Jesús y adquirir su personalidad para proyectarlo en el mundo.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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