
Un día estaba preocupado porque me tocaría ser presentador de un programa, y la preocupación era que todo tenía que salir bien. Mientras pasaba la jornada laboral, llegó un señor jubilado, amigo mío que ayuda en la mensajería a mis vecinos de la oficina administrativa. Pasó adónde mí, molesto a quejarse porque lo estaban mandando a la casa, puesto que se le había subido la presión el día anterior y, a pesar de que afirmaba sentirse bien, le estaban pidiendo que fuera a descansar, pero él insistía en que estaba bien y quería trabajar.
Cuando vi aquella situación, me puse a reflexionar: “De verdad que cada quien carga con su mundo de circunstancias”. Yo estaba preocupado por mi situación con el programa; él por su resistencia de no querer irse a la casa a descansar; y por allí mismo pensé, cada quien debe cargar con su mundo de preocupaciones.
Teniendo en cuenta esa realidad, me puse a pensar, ¿por qué preocuparme tanto por algo tan vano? Si me equivoco, me equivoqué y no pasa nada; de todas formas, cada quien anda en su mundo, y no van a estar preocupados por ver si fallé o no; suficiente tienen con sus situaciones por resolver.
Tal vez esto suene algo fuerte, pero, creo que a nadie le importa lo que uno piense, haga o deje de hacer. A veces, el problema es que uno se afana demasiado queriendo llamar la atención y deseando que las personas estén pendientes de lo que uno hace; que le feliciten o que demuestren interés en uno. Eso lo vemos mucho en las redes sociales; tanta gente haciendo cualquier cosa para llamar la atención y volverse viral. Personas dependientes de los “me gusta” y “comentarios” de personas que ni siquiera las conocen. Pero, la realidad es la misma, cada quien con su mundo.
Considero sumamente importante que cada persona aprenda a reconocer su valor intrínseco; que reconozca su dignidad y aquello que le hace único/a. Solo de esa manera, podrá dejar de mendigar atención de las demás personas, las cuales también, en gran parte pueden estar buscando lo mismo.
A veces es necesario ese empujoncito de una persona que te ame profundamente y te recuerde lo especial que eres, para que puedas auto aprobarte y valorarte; es la verdad.
Lo que sí está claro es que, sea como sea, eres valioso/a; eres hijo/a amado/a de Dios y tu valor sin medida lo tienes simplemente por ser y existir.
