
Tengo mi mirada puesta en el horizonte. Veo el sol salir y el cielo anaranjado; una magnífica obra de arte me regala Dios en la naturaleza.
Observando el mundo creado por Dios, percibo que en cada instante me brinda destellos de su amor y ternura; me hace notar que Él siempre me tiene presente y es muy detallista conmigo.
Nace un nuevo día y nuevamente, ubico mi mirada hacia adelante; esta vez veo simplemente la pared de mi oficina; pero lo esencial no es la pared, sino lo que está surgiendo en mi mente; pensamientos de gratitud, una sensación de paz profunda y el gozo de saberme resguardado en el abrazo amoroso de mi Padre.
Los ojos de mi alma, ven el horizonte de la infinitud de la Misericordia de Jesucristo y, como desde la cruz, me abraza, me consuela y me da fuerzas y ánimos para seguir adelante con la frente en alto.
Veo en el horizonte de mi corazón, al Espíritu Santo que, en los momentos que caigo desanimado por haber perdido otra batalla, me impulsa a levantarme para que, renovado por su fuego, vuelva a intentarlo y mantenga encendida la esperanza.
Por último, veo en el horizonte de mi ser, a la Virgen María, mi Madre, que me abraza tiernamente y logra que sobreabunde en mi corazón, un cálido y tierno amor por la humanidad, para vivir siempre la caridad hacia mi prójimo.
En fin, mi mirada puesta en el horizonte, me muestra todas las maravillas procedentes de Dios y despierta en mí su Gracia que me ayuda a ser reflejo de su amor.
