
Creo que existe una diferencia entre estas dos palabras que se parecen mucho: “lástima y compasión”. Por ejemplo:
Veo la lástima con un sentimiento de ver a otra persona que padece y simplemente percibir el dolor de esta, sin llevar a cabo una acción que ayude a esa persona a salir de su grave situación.
Por otro lado, la compasión es una identificación con el dolor y sufrimiento de la otra persona; y además, un impulso que lleva a ayudar a esa persona como sea posible.
A veces me he limitado a sentir lástima por otros y por alguna razón, no me he comprometido a ayudar como fuera posible.
En otras ocasiones, ver a una persona pasando necesidad, me ha llevado a buscar la manera de resolver su situación y aportar algo de valor para ella.
Creo que es importante siempre considerar qué puedo hacer por las personas de mi entorno. Siempre ver cómo aportar cosas positivas a los demás. Que ver a alguien en medio de una dificultad, no me haga simplemente decir: “Pobrecito”, sino que me lleve a preguntarme: “¿Qué puedo hacer para mejorar su situación?”
Ojalá todos podamos olvidarnos de la lástima e incorporar en nuestra vida la compasión.
Si vieras a una persona muy pobre, muriéndose de hambre y pidiéndote algo de comer; teniendo tú los recursos y la posibilidad de comprarle una buena comida.
¿Qué harías? ¿Le darías qué comer?
Yo creo que la naturaleza humana es la de ayudar y hacer el bien. Por el contrario, cuando una persona tiende a hacer daño a los demás o simplemente es indiferente, es porque algo no fluye con naturalidad dentro de ella; alguna herida, alguna inconformidad tiene consigo misma; un problema sin resolver en su interior que le causa esa tendencia antinatural de perjudicar o ignorar el sufrimiento de otros.
No hay nada más gratificante que ayudar al prójimo; lo cual considero que aporta un verdadero sentido de plenitud, a diferencia de cuando uno se dedica solamente a satisfacerse a sí mismo. Dicen por allí: “Mayor alegría hay en dar que en recibir”. Doy fe de esas palabras tan certeras.
Tenemos el tesoro frente a nosotros y muchas veces no lo vemos por estar cegados en el egocentrismo. Pensar solo en uno mismo hace que uno se aísle y pierda de vista su entorno social. Mirarse solo el ombligo, no permite servir a los demás y por lo tanto, se pierde la oportunidad de conectar con personas maravillosas y de crear lazos afectivos profundos de gran enriquecimiento.
Ser compasivo, amar, servir y darse a los demás. Jesús es el modelo perfecto de todo esto. Él se dio incansablemente por la humanidad, hasta el punto de dar su vida. Ojalá podamos aprender de Él y darnos también sin medida por el bien de la humanidad.
