
De pronto, les ofrecía café y me ponía a parlotear de temas y temas sin parar, procurando generar alguna distracción y evitar que hubiera silencio incómodo.
Pero había una razón por la cual no quería silencio en esos espacios; y es que mi conciencia tenía una pesada carga encima, porque no había sido fiel a ella. Ella me estaba reclamando por traicionarla y yo, queriendo resistirme y mantener mi infidelidad a ella, buscaba temas, ruidos y distracciones para no tener que escucharla.
Pero las cosas dieron un giro cuando decidí obedecerla. Me senté y concluí que estaba sufriendo innecesariamente. Me estaba castigando sin razón alguna. Es por eso que me reconcilié con mi conciencia y volví a serle fiel. Comencé a seguirla y de pronto, todo fue tomando su debido lugar. Les ofrecí café nuevamente; pero esta vez no fue necesario hablar más. Yo estaba en paz y simplemente saludé y despedí a las personas.
Fue allí cuando descubrí que no hay nada mejor y más conveniente que estar en paz con la conciencia. Solo así, cada cosa encuentra su lugar.
Qué difícil es sobrellevar el peso de las responsabilidades cuando se tiene una sensación de inestabilidad del ser. Cuando sabes que hay algo en ti que no está bien, pero aún así, tienes que esforzarte y poner tu atención en las tareas de la jornada que llevas a cabo.
La inestabilidad a la que me refiero, es la de una conciencia perturbada por las malas decisiones; por haber tomado un camino ajeno al de tu conveniencia y que sabes que no es el correcto. Cuando voy por un camino indebido, qué pesada se me hace la vida. Es como si me pusieran una mochila con 500 kilos sobre mis hombros.
Cuanto más he vivido con esa inestabilidad, más valoro la estabilidad y la tranquilidad de la conciencia cuando me encamino por la ruta correcta de mi conciencia, mis principios y valores.
Me preguntaba: “¿Qué es lo que más valoro en la vida?” Y me respondí: “Una conciencia tranquila y en paz consigo misma”.
No hay nada que atesore más que estar en paz con mi conciencia.
