Falta de empatía

Cuando he estado inmerso en la satisfacción de mis deseos materialistas y físicos, me he sumergido de tal manera que, pierdo la sensibilidad ante las circunstancias de las personas con las que interactúo. Mi carisma sigue siendo el mismo, me mantengo sociable, pero no termino de conectar con las emociones de aquella persona con la que hablo y a la que escucho.

Podría decir como manifiesta la Palabra: “Oyen, pero no escuchan”. En casos así, oigo las palabras de las personas, pero no escucho. Estoy en una predisposición automática para responder a los estímulos del entorno. 

En circunstancias así, he salido como es de costumbre, con mi papá a tomar un café y, a diferencia de otros momentos, cuando me encuentro en ese trance de ensimismamiento, me siento con mi papá y estoy ansío terminar ese rato para irme a la casa a estar solo. Y es que cuando me vuelvo egocéntrico y pienso solamente en la satisfacción de mis impulsos primitivos, me pesa la conciencia y se vuelve una carga difícil de sostener, sobre todo cuando se acompaña con la necesidad de socializar. Es por eso, que en esas circunstancias, solo reacciono, no reflexiono ante las palabras y actitudes de las personas a mi alrededor.

Una vez que he salido de ese ciclo nocivo de autoengaño y egocentrismo, vuelvo a resucitar y a recuperar la serenidad del alma y la mente. Entonces, tomar café con mi papá, se vuelve otra vez, una experiencia sumamente placentera en la que, no mido el tiempo; puedo permanecer con él horas sentado, escuchándolo y hablando sin apuros ni cansancio.

Entonces, ya recuperado, vuelvo a las relaciones interpersonales, socializando de una manera diferente y más profunda. Ahora sí escucho a la persona que me habla, reflexiono sobre sus palabras, empatizo y hago preguntas con interés para indagar más en lo que siente. Ahora no me incomoda guardar silencio cuando estoy frente a alguien; ya no me pesa la conciencia y no tengo apuro para huir a buscar refugio en mi espacio de soledad.

Que triste es encerrarse en el ensimismamiento y perderse de la riqueza que aporta escuchar con plena atención e interés al prójimo. Espero poder siempre tener la apertura y receptividad para que las personas puedan manifestar su vida en palabras y yo aprender y aportar de la mejor manera para el bienestar de la sociedad.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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