
Una de las frases de mi papá que me ha quedado grabada en la mente es: “La divinidad se alcanza desde la humanidad. Mientras más humanos seamos, más divinos alcanzaremos a ser”.
Durante el período de mi temprana adultez empezaba mi compromiso y participación asidua a la iglesia, colaborando en distintos grupos, pastorales y actividades. Estaba metido de lleno en diversos proyectos que se iban dando; fui catequista, proclamador de la Palabra y animador de jóvenes, entre otras cosas. Pero, había algo en mi actitud que chocaba un poco con mi familia y amigos; y es que me aficioné tanto con la iglesia, que lo reduje todo a las normas religiosas hasta el punto de señalar a quien no cumpliera con los criterios que yo consideraba acordes con la religión.
Me convertí en un fanático de las prácticas religiosas y hacía el papel de juez frente a las personas de mi entorno, juzgando de buena o mala a cada una. Yo me consideraba correcto y con derecho a señalar; tildaba de satánicas muchas cosas sin fundamento alguno y me creaba conflictos innecesarios con los demás. Estas actitudes me costaron caro, me llevé muchos golpes y tragos amargos por volverme tan soberbio.
A lo largo de poco más de una década, viví con ese tipo de actitudes hasta que la experiencia acumulada y la guía de algunas personas, me permitieron ir abriendo los ojos para descubrir la verdadera esencia de la fe cristiana que se centra en el amor y no en los juicios. Me di cuenta que me había ido al extremo del fanatismo perdiendo así lo más importante que era mi humanidad.
Cuando comencé a tomar conciencia de lo fundamental, caí en cuenta de mi imperfección y que yo no tengo derecho de juzgar a nadie, puesto que como todos, tengo mis defectos y debilidades; que yo también tropezaba y me equivocaba. Aprendí a reconocer mis faltas y pedir perdón. Pero, como todo en la vida, sé que vivir con humanidad y amor es un proceso en el que uno va en constante mejora en la medida que se esfuerza. Sé que mientras esté vivo, no alcanzaré la perfección, pero sí puedo perseverar para que cada día me acerque más, aunque sea poco a poco, a ser reflejo de Jesucristo a través de mis acciones y comportamientos.
Espero no perder mi humanidad, ser atento y misericordioso con el prójimo, tomando en cuenta que todos nos equivocamos de vez en cuando; procuraré practicar la justicia, pero acompañándola con el amor y la ternura.
