
Divagando por la diversidad de pensamientos que surgen uno tras otro, voy navegando en el bote de mi conciencia, con dos remos de discernimiento, y la brisa de la serenidad. Con una seguridad firme y sostenida en el tiempo, avanzo hacia lo desconocido a ver qué me depara el horizonte de la vida.
Voy por el mar despacio y sin prisas, observando el panorama con detenimiento, sin afán ni preocupaciones, en un estado de contemplación y administrando cuidadosamente las reservas con las que cuento para esta travesía.
Las profundidades del mar sobre el que me encuentro, esconden la especie animal de mi subconsciente, con experiencias, ideas y convicciones ocultas a la superficie de mi pensamiento. Atesoro la calma que me acompaña y voy depositando la confianza en el Creador de toda aquella majestuosidad natural.
Sigo en la ruta marina explorando y descubriendo las maravillas que me ofrece este vasto océano, con la mirada puesta hacia adelante, divisando ballenas, delfines y alguna que otra isla a lo lejos. En algunos momentos me detengo y comienzo a pescar, a conseguir más alimento para subsistir. Con sentido de responsabilidad voy haciendo dicha labor diaria para ganarme la vida y seguir avanzando en la aventura que me ofrece la Providencia Divina.
Divago sin saber qué me espera en los meses y años venideros, sin esperar nada más que lo que Dios disponga para mí en este amplio y extenso mar. No hay expectativas, no hay exigencias ni reclamos; simplemente me abandono en los brazos del Padre y voy procurando, ante todo, cumplir con mis deberes siendo fiel a mi sentido en la vida y viviendo bajo lo que dicta mi conciencia en cada momento.
Dios me entregó una brújula que es la Iglesia y siguiendo la dirección que ella me indica, me dirijo al norte con determinación y procurando disfrutar cada momento con gratitud por el regalo de mi existencia. Gracias Dios por cada acontecimiento que me das como un hermoso presente.
