
Durante mi adolescencia tuve etapas de rebeldía con respecto a la autoridad de mis padres. Fui un joven muy desequilibrado emocionalmente, puesto que me dejaba llevar por la ira, resentimientos, envidia y otras emociones que drenaban mi energía vital.
Cualquier expresión de otra persona, que no fuera de mi agrado, era suficiente para estallar con alguna respuesta de desprecio o rabia. Era como si tuviera una piedra en la mano, listo para tirarla al primero que me hiciera perder la poca paciencia que tenía.
En esos tiempos llegué a un punto en el cual los enojos fueron disminuyendo, para darle paso a la depresión. Momentos de angustia intensa y profunda, con ganas de morir y quitarme la vida, me llenaban la cabeza. Ahora no quería agarrar rabias, simplemente quería desaparecer sin dejar rastro y que el mundo se olvidara de mí.
Busqué refugio en la iglesia y me aferré efusivamente a ella. Pero las depresiones seguían, y ahora comenzaban a estar acompañadas de delirios y actitudes de fanatismo religioso. Ya no era un joven deprimido solamente. Ahora era alguien que prácticamente había perdido la razón.
La intervención psiquiátrica fue necesaria, y con dicha ayuda fui encontrando un equilibrio emocional. Las cosas iban encaminandose por la ruta de la serenidad. Fueron muchos golpes y tropiezos más, los necesarios para ir poco a poco encontrando la estabilidad en mi vida. Pero había una verdad patente que había existido siempre y de la cual no fui consciente, sino hasta varios años después en los que reflexioné al respecto. Jesús había estado siempre presente junto con la Virgen María. ¿Cómo lo puedo asegurar? Porque sé que estuvieron allí. Lo sé por fe.
Hoy en día me siento y puedo percibir la presencia de esos dos seres celestiales que han estado conmigo desde mis inicios y siguen aquí conmigo mientras escribo estas palabras.
He aprendido con la experiencia, que Jesús siempre está allí. Solamente necesita que uno disponga su vida en sus Manos, para que Él desde su infinito amor, restaure su vida.
Gracias Jesús, María y Ángel de la Guarda por siempre acompañarme en todo momento, desde aquellos más difíciles para mí, hasta aquellos de mayor dicha y alegría.
