
Yo considero que he sido uno de los más grandes mendigos de amor a lo largo de mi adolescencia. Buscaba la aprobación de mi papá, mi hermano, mis amigos; quería sentirme querido y respaldado por ellos. Es por eso que hacía todo tipo de payasadas u otra cosa que se me ocurriera que pueda ser del agrado de los demás.
Había dentro de mí una carencia gigantesca, una sed de amor incalculable. Era un pobre mendigo de amor a la orilla del camino de la vida, sentado en el suelo y con un vaso, pidiendo que me echaran alguna monedita de cariño, lo que fuera que pudieran darme era válido.
Varios años anduve con esa carencia y el afán de que las personas me dieran afecto. Pero, detrás de esa angustia por sentirme amado, había otra carencia. Esa era la falta de amor propio. Yo buscaba que los demás aprobaran mi proceder, pero yo me hacía autosabotaje, desaprobaba mis actitudes y acciones. En ocasiones me refería a mí mismo como un bueno para nada, un tonto, ridículo o inútil. Era muy despectivo hacia mí mismo. Eso hacía que las jornadas se hicieran mucho más pesadas, porque incluso invalidaba simples pensamientos o ideas que pasaban por mi cabeza. Por ejemplo, pensaba: “Que bueno sería hacer un video motivacional sobre la empatía”; pero de pronto aparecía automáticamente un pensamiento en contra: “Es una mala idea, a mí no se me ocurre nada que valga la pena”.
Así era mi diario vivir, por fuera quería que las personas me dijeran que hacía las cosas bien y que era un buen ser humano; pero por dentro estaba invalidando mi forma de ser y dándome latigazos inmerecidamente. Por un lado mendigaba amor de los demás, y por otro, repartía odio contra mí mismo.
El tiempo me fue enseñando sobre lo equivocado que me encontraba en cuanto a mi forma de ver el sentido de la vida. En la medida que pasaban los años, fue cambiando mi inclinación a buscar aprobación, por la de darme la aprobación a mí mismo. Cuánto tiempo perdido en buscar que los demás me dieran su validación, sin darme cuenta de que la validación más importante era la que yo me diera. Mendigaba amor de afuera, pero me tenía a mí para darme ese amor; y de esa manera, podría incluso amar auténtica y plenamente a los demás.
Pero yendo aún más allá, profundizando todavía más en cuanto a esa necesidad de amor, descubrí la fuente infinita del amor más puro y especial existente. Cuando descubrí ese amor, me di cuenta que todo partía de allí. Si buscaba esa fuente, todo lo demás iba a fluir con naturalidad y no tendría afán de buscar en otro lado. Ese era el amor de Dios, un amor que no espera nada, solamente se da incondicionalmente. El amor de aquel Padre bueno que no juzga ni señala, solo quiere darme consuelo y paz. Y todavía podía encontrar más que eso, porque junto a ese Gran Amor, estaba el amor maternal de la Virgen María, quien con su ternura siempre se dispone a consolar y abrazar.
Una vez que encontré esas fuentes de amor, descubrí que no tenía por qué mendigar en otras partes. Saber que Dios me creó y que tengo su amor y el de María Santísima, era el mayor motivo para sentirme pleno y realizado.
Jesús y María me aman, yo me amo, y a partir de ahí, solo me ocupo de amar a los demás sin esperar nada a cambio.
