
Una vez fui ingenuo, puse una hoja sobre la palma de mi mano, y le aseguré al mundo entero qué esa era una mariposa. Esperé pacientemente a que levantara el vuelo, pero como no se movía por ser una hoja, la lancé al aire pensando, ahora sí se verá obligada a volar. Como era de esperarse, la hoja cayó al suelo, no sin antes danzar de un lado al otro al ritmo del viento.
Me senté atónito y sin entender por qué aquella “mariposa” no levantaba vuelo. La volví a poner sobre mi mano y caminaba de un lado al otro con ella, teniendo la esperanza de que en algún momento se decidiera a volar.
La gente me decía que eso era una simple hoja, pero yo estaba cerrado y discutía con ellos renegando y hasta jurando que ellos estaban equivocados, pues yo veía una mariposa.
Después de unas cuantas horas con la supuesta mariposa sobre mi mano, me cansé; me senté a llorar y reclamar a Dios sobre por qué aquella mariposa no volaba. Le dije todo un discurso sobre el derecho de las mariposas de ser libres y poder volar; le expresé que no era justo que aquel bello insecto tuviera incapacidad para vivir según su naturaleza y estuve horas y horas quejándome con Dios.
De pronto, Dios me dijo: “Escúchame hijo, te he hablado de muchas maneras a través de las personas a tu alrededor para hacerte ver lo ingenuo que has sido, pues lo que tienes en tu mano no es una mariposa, sino una simple hoja. Pero has cerrado tu mente y te has autoimpuesto la idea de que eso es una mariposa y ante tal persistencia y autoengaño, no hay palabras que sirvieran para sacarte de esa mentira.
Hijo no seas ingenuo, atrévete a abrir los ojos y ver la realidad como es, sin crearte fantasías que tarde o temprano te llevarán a la desilusión.
Después de escuchar a Dios, estuve un minuto en silencio. Luego pensé: “Es verdad. He sido muy ingenuo. Padre, ayúdame a vivir con los ojos bien abiertos para ver la realidad como es y asumir la vida con acierto y responsabilidad”. Y Dios me respondió: “Cuenta con eso”.
