Abandono en Dios

A veces no le encuentro sentido a mi vida. Son momentos en los que me siento en medio del silencio y me pregunto: “¿Cuál es el sentido de mi existencia?”

En ocasiones mi estado de ánimo se baja, pero no porque esté deprimido, sino porque es una parte del proceso regular de mi ritmo de emociones cotidianas. Me estoy acostumbrando a estas oleadas en las que, algunas veces estoy de muy buen ánimo, otras en total neutralidad, y unas cuántas, con el ánimo muy bajo.

Las circunstancias de mi vida  son distintas y de diversos tipos en cuanto a realidades que disparan el estado de ánimo, y otras que me golpean contra el rotundo suelo.
Pero en medio de cualquiera de esas situaciones y de variaciones emocionales, conservo una certeza de que, aunque yo no lo vea, soy parte de un gran Plan, un Proyecto que está en los Ojos de Dios, quien tiene el total control de mi vida y porvenir.

Es verdad, a veces me encuentro como barco sin vela, como un náufrago a la deriva, sin dirección ni propósito claro. Pero, en momentos como esos, solo hace falta recordar que soy hijo de Dios, y que Dios no hace accidentes. Todo lo creado por Dios es perfecto, al igual que el objetivo por el cual ha sido creado. Yo fui creado por mi Padre y Él tiene algo preparado para mí, y a través de mí, para el mundo. Confío plenamente en esa afirmación y me dejo guiar por Él.

No voy a negar que a veces es algo tedioso lidiar con emociones de desaliento, pero sé que lo único que me corresponde hacer en situaciones así, es mantenerme en pie y seguir andando, porque así como vienen esos momentos, así mismo se irán y volverá la paz tarde o temprano.

Me abandono en los brazos del Padre, porque sé que con Él mi vida está asegurada bajo el Propósito del Reino de Dios.
“Padre, soy enteramente tuyo y no quiero nada más que lo que Tú quieras. Que se haga en mí tu Voluntad. Yo renuncio a quien soy, a lo que tengo, renuncio a mi propia existencia para que te apoderes totalmente de mí.

Solamente quiero ser instrumento de tu Amor, Papá. Ya no vivo yo, vives Tú en mí. No anhelo ni aspiro nada con respecto a mi porvenir. Yo estoy aquí porque Tú lo has querido, así que mi existencia es un regalo. Es por tu Gracia que vivo, Papá. Así que, no esperes que te pida nada para mí; simplemente tómame con total libertad, sin reservas, y lleva a cabo todos los planes y proyectos que quieras sobre mí y a través de mí. Ya no existo Padre, ya no soy yo; no vivo yo, no pienso yo, no hablo yo, no soy yo. Existes Tú, eres Tú, vives Tú, piensas Tú, hablas Tú y eres Tú en mí.

Te amo Padre, que se haga tu Santa Voluntad hoy y siempre en esta vida que existe por ti y para ti”.

Avatar de Desconocido

Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

Deja un comentario