Solo con mi fuerza no puedo

Recuerdo una noche en la que dormía con mi mamá, después de una larga jornada que había tenido de clases en su jornada usual de 16 horas, en las que me preguntaba sobre cómo hacía para mantenerse con la fuerza para rendir durante esa gran cantidad de horas dando sus clases de español.

Estábamos con las luces apagadas, acostados en la cama y le pregunté: “Mamá, ¿cómo hace para tener tanta energía y dar clases por tantas horas cada día?” 

Lo que ella me respondió, me ha quedado grabado y nunca lo olvido. Me dijo: “Dios es el que me da la fuerza”.

Mi mamá es una mujer que lleva más de cuarenta y cinco años como profesora de idiomas independiente. Y una de las cosas que tanto le ha caracterizado ha sido su entrega y compromiso incansable en esa labor, trabajando muchas horas por día. Cabe destacar que ella siempre dice que dar clases para ella no se siente como trabajo, sino que es entretenido y le parece como si echara cuentos con la gente por diversión, aunque esté impartiendo las lecciones. Aquellos espacios se caracterizan por tener mucha conversación y a mi mamá le encanta conversar.

En fin, la respuesta de mi mamá a la pregunta que le hice, me hace pensar en relación a mi propia vida e historia. Dentro de mi trayectoria, durante los pasados 18 años de mi vida, a la actualidad, que tengo 36, he estado muy activo en el servicio de la iglesia. Una de las cosas en las que he destacado generalmente, ha sido en mi carisma para animar a las personas con dinámicas, cantos y las interacciones. Es algo que se me ha ido dando de forma muy natural y la gente lo veía y me hacía el reconocimiento por esas capacidades innatas en mí.

Independientemente de mi talento, había veces que me costaba desenvolverme, aunque lo hiciera bien al final, porque me sentía desanimado, agotado o simplemente con tedio. A veces tenía que ir a colaborar en alguna actividad o en mis compromisos con la comunidad juvenil, pero no sentía ganas de salir de casa; me quería quedar y olvidarme de esos compromisos. Muchas veces me pregunté: “¿Y si no fuera a la iglesia? ¿Y si me hago el loco y simplemente no llego a la actividad?” Pero al final, algo me impulsaba y aún desmotivado, iba a atender mi compromiso. No voy a negar que unas pocas veces sí me ausenté y recibí tremendo llamado de atención de mis colegas por ser irresponsable. Pero fuera de esas excepciones, la mayor parte de las veces atendía mis deberes en la comunidad de la iglesia. Y si hubiera sido por mi propia fuerza, seguramente ya habría renunciado a esas responsabilidades. Pero había algo en mí, y eso es lo que yo defino como la fuerza del Espíritu Santo, que me movía a seguir perseverando en aquello en lo que yo no creía del todo. Era ese impulso invisible, ese empuje de Dios, el que me hacía levantar y andar.

Esa misma fuerza de Dios, era la que me motivaba a ir a trabajar, aunque durante una década de vida profesional en la que pasé por dos empresas, mi desempeño fue nefasto. Y es que por dentro estaba destruido, mi autoestima estaba por debajo del suelo y no tenía ningún grado de confianza en mis capacidades. Era un joven sumamente inseguro. Fruto de todas mis carencias internas, no me enfocaba en el trabajo y terminé teniendo un desempeño muy pobre en ambas compañías. Y no era que no estuviera conforme con estar así, sino que por más que lo deseaba o intentaba, no lograba salir de ese estancamiento emocional en el que me encontraba. Se me hacía imposible la tarea de cambiar. Pero aún así, cada mañana, aunque me costara enfrentar las jornadas y los regaños constantes por mis deficiencias, encontraba fuerzas para seguir, y esas fuerzas me las daba Dios. Esa etapa que duró 10 años fue muy difícil. Tuve una lucha interior constante y sin éxito, para tener un cambio significativo en mi desempeño. Pero nada parecía  funcionar.

Después de perseverar en levantarme cada mañana, aunque sin ánimos, e ir a trabajar, pasó lo inesperado. Apareció Marco, mi papá espiritual, quien me ayudó a entrar dentro de mí, y profundizar en las heridas que tenía, de manera que mares de lágrimas, tristeza, angustias y miedos, salieron a flote. Pude sacar todo lo que llevaba por dentro, lo cual me carcomía e imposibilitaba surgir. Ahora era un hombre nuevo y pude sanar con la ayuda de él y la Gracia de Dios. Ahí me di cuenta que habían valido la pena todos esos años de angustia y desesperación. Fruto de mi sanación interior, mi desempeño fue cambiando y, gracias a Dios, hoy en día tengo un desempeño de gran eficiencia en mi trabajo, en el cual ya llevo más de tres años.

En fin, lo que quiero resaltar con todo esto, es que Dios ha sido quien me ha sostenido durante todos estos años. Sin Dios, hace mucho tiempo me hubiera quitado la vida, porque no fueron pocas las ocasiones en las que deseé desaparecer de este mundo. Pero Dios es grande y su Fuerza sostiene a todo el que acuda a pedirle ayuda. Mi frase en los momentos más difíciles siempre fue: “Dios no defrauda”. Y el tiempo me demostró que esa es la verdad.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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