Cara a cara con el león

Me levanté más temprano de la cuenta a propósito. Dormí pocas horas. Pero todo estaba planeado para que fuera así. Cuando terminé de bañarme y alistarme, justo en la puerta de salida de mi casa, estaba el león, mirándome fijamente a los ojos. Su intención era desafiarme, provocar miedo en mí. Pero, lo que él no sabía, es que yo era quien lo había invocado. Era parte de mi plan, citar y encarar a aquel depredador.

Lo miré sin responder a su provocación y tranquilamente pasé a su lado, salí y me fui a la oficina. Él seguía caminando dos pasos frente a mí y volteaba cada minuto a verme con una mirada intimidante. Yo seguía andando y, cuando él me miraba, yo lo miraba con serenidad y sin manifestar temor alguno.

Así pasó la jornada y poco a poco el león se fue cansando de mantener ese estado desafiante. Yo estaba sentado en mi puesto; él frente a mí, y de pronto, se dio media vuelta y se acostó en el piso. Lo había vencido. Triunfé, respondiendo a su agresividad, con mi serenidad.

La jornada laboral ya estaba terminando, cuando el león volvió a ponerse sobre sus cuatro patas, se acercó a mí. Pero, esta vez su mirada era diferente, no había intención de intimidar, solamente se puso a mi lado, y me extendió una pata en modo de reconciliación y amistad. Yo tomé su pata con mi mano y, seguidamente, le di un abrazo. Le dije que ya no quería pelear más con él.

Después de ese día, me levantaba cada mañana, y el león amanecía durmiendo en mi cama junto a mí. Me bañaba y me alistaba, y el león esperaba mansamente al lado de la puerta de salida para irnos. Ahora no caminaba frente a mí, sino detrás de mí. Eramos dos guerreros aliados para enfrentar los desafíos de la vida, con la mejor actitud. Y hoy en día somos los mejores amigos.

El miedo siempre va a existir. Habrá momentos en los que este nos paralice o nos cause un gran malestar emocional. Pero el miedo no es malo como tal; es parte de toda la serie de emociones que podemos experimentar a lo largo de la vida; y las emociones no son buenas ni malas, simplemente son emociones.

Ante el miedo, podemos reaccionar de dos maneras, con rechazo y aversión (de manera que lo único que haremos será empeorar más nuestro estado interno) o con aceptación y fluidez, dejando que, así como venga, se vaya.

El miedo no es nuestro enemigo, el miedo es necesario en cierto grado para prevenirnos de cosas que puedan ser perjudiciales para nosotros; es la manera que tiene el organismo para defendernos ante los peligros de la vida. Solamente que a veces, el miedo se despierta por causas que no lo ameritan. Sin embargo, no hay que luchar contra él, simplemente abrazarlo y aceptarlo, para que se vuelva nuestro aliado. 

Que el miedo no te paralice, sino que sea un incentivo para enfrentar los desafíos de la vida con entusiasmo, fortaleza, sabiduría y mucha fe en Dios.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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