El club de los manipuladores

Leonardo era un joven sueco que vivía en los Alpes, tenía una cabaña con todas las adaptaciones necesarias para sobrevivir en el clima que aquella región. Era visitado semanalmente por grupos de peregrinos que le pedían comida, dinero, ropa y otros bienes materiales.

Leonardo, cada vez que acudían a él, brindaba algo a dichos visitantes, para que no se fueran con las manos vacías. Una vez regaló hasta el televisor y una estufa eléctrica. Cuando los peregrinos se iban, corrían la voz de que en los Alpes, había una persona que nunca decía no al pedirle cosas; por lo que la llegada de nuevos visitantes se hacía cada vez más frecuente.

Llegó el día en el que Leonardo ya no le quedaba prácticamente ningún bien en su hogar, solamente la ropa que llevaba puesta, una muda de ropa extra y una pequeña nevera, porque la nevera grande también la había regalado. Llegaron dos visitantes más y, al ver que no tenía casi qué ofrecerles, le pidieron que les regalara la cabaña. Leonardo les pidió que regresaran al día siguiente, que lo iba a pensar. Ellos se fueron y Leonardo se sentó en el suelo frente a su chimenea (porque hasta los sillones y sillas había regalado), y comenzó a reflexionar:

Me he pasado la vida regalando cada pertenencia mía hasta llegar a este punto en el que no tengo más que esta cabaña, escasa ropa y una pequeña nevera. Me he desprendido de todo con la idea de que he de ser siempre generoso y ayudar a cuantos pueda sin medirme, porque Dios proveerá en la medida que yo dé. Pero ahora estoy en una situación en la que lo único que me queda regalar es mi cabaña. Si la regalo, me quedaré sin nada, en medio de la nada, con este terrible frío de Los Alpes y probablemente, en un par de horas allá afuera moriré de hipotermia. Todos estos años han venido personas de diferentes lugares, quienes solo me han pedido y pedido, sin darme nada a cambio. No es que yo necesitara que me correspondieran con la misma generosidad; pero como era de esperarse, tarde o temprano, de tanto dar y dar, sin nada que recibir, iba a terminar como estoy ahora. Sé que Dios es bueno y conoce los corazones de sus hijos. Sé que Dios nunca se olvida de mí y me lleva en sus brazos con mucho amor. Pero creo que más que generoso, he estado siendo muy ingenuo. Jesús en el Evangelio habla del mal administrador del dinero, el cual hace mal, pero al final actúa con astucia. Habla en uno de sus pasajes, que debemos ser mansos como palomas y astutos como serpientes. Yo he sido manso como paloma, pero me ha faltado astucia para administrar mi vida. La vida no se trata de dar sin más, sino que he de ser responsable también con mis obligaciones y dar de lo que dispongo para tal causa, conservando lo que necesito para mí, si no, aunque fuera generoso, estaría siendo también irresponsable por no asumir mis responsabilidades vitales y financieras.

Al día siguiente, se acercaron los dos peregrinos que le habían solicitado la casa. Leonardo los recibió y les dijo que no podía regalarles la casa. Estos se fueron muy enojados y escandalizados porque no podían creer que Leonardo, que siempre había accedido a dar lo que le pidieran, había dicho tajantemente que no a una petición. Al irse, difundieron por todos los pueblos aledaños, que el tal Leonardo era un egoísta y una persona muy mala, porque no ayudaba a quienes le pedían un apoyo. Así, todos aquellos que en algún momento recibieron algo de Leonardo, comenzaron a difamarlo y a odiarlo porque decían que ya no era el mismo, que se había vuelto un hombre muy ensimismado y que de generoso se había vuelto tacaño.

Leonardo se enteró de cómo todos se habían dedicado a difamarlo por no haber regalado su casa, diciendo las peores cosas sobre él. No podía creer cómo las personas se habían vuelto en su contra, después de que se quedó prácticamente sin nada más que su casa, por haber regalado todo. Pensaba sobre cómo había tantas personas que se mostraban muy gentiles y agradables mientras él les daba un beneficio, pero cambiaron drásticamente porque él había decidido pensar en su bienestar primero. No le parecía nada justo, pero Leonardo no se dejó afectar por esa ola de difamaciones que había recibido.

Desde ese momento, Leonardo decidió vivir el mandamiento más importante que le había dejado Jesús en su Evangelio: «Ama al prójimo como a ti mismo». De ahora en adelante la medida de su amor por los demás, partiría de su amor a sí mismo. Decidió que era su deber ayudar a los otros, pero sin perder su sentido de responsabilidad sobre sí mismo y sus necesidades. Se dijo finalmente: «Ahora voy a amar, pero inteligentemente».

Después de un año, Leonardo, con mucho esfuerzo, logró comprar muchos bienes y se hizo una persona de gran estabilidad financiera, ayudó a los demás, pero poniendo primero sus necesidades y responsabilidades. Leonardo siguió siendo manso como paloma, pero ahora era también astuto como serpiente y más nunca le faltó nada.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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