
Un sueño ligero, acompañado de una suspensión en el aire en medio de la madrugada. No sentía la cama abajo mío. Me encontraba entre dormido y despierto, pero sabía que no tocaba la cama. Primera vez que levitaba y a ese momento le acompañaba una sensación de libertad.
Nada me ataba ya, no había miedos ni límites. Todas las barreras se habían caído y ahora el campo estaba completamente despejado para iniciar mi recorrido hacia el logro de mis más anhelados y grandes sueños.
De pronto, percibí que me podía despertar, pero sabía que si lo hacía, caería en la cama. No quise abrir los ojos, porque mi deseo era seguir experimentando aquel éxtasis profundo en el alma.
Mi sueño fue trasladándose a lo más profundo de mi subconsciente, hasta que perdí la razón y en lo que pareció un instante, desperté. Ya había amanecido. Estuve durante la mañana reflexionando en aquello que había sentido la noche anterior. No tenía palabras para describirlo, pero sí estaba seguro de que había todo tipo de emociones, menos el miedo. No vislumbré el miedo por ninguna parte.
El espíritu de un elfo me susurró al oído y comenzó a decirme lo siguiente:
Se terminó la era del terror. Se acabó la época de los miedos sin sentido. Ya no existirá más temor en tu vida. Has sido sellado con la marca de la libertad y la vida Celeste. Eres ahora un ser nuevo. Dile adiós a quien fuiste, y recibe con alegría a tu nuevo «yo». Tu camino está trazado por la Gran Madre. Ahora eres y serás un ser de luz. Donde quiera que vayas, disiparás toda oscuridad y darás sentido a todas las vidas que toques. Vas a transformar todo lo que tu mano alcance en oro.
El Elfo desapareció de mi lado y reapareció en el cielo. Dijo con gran efusividad: «¡Manifiéstate Espíritu de la Salud y la Sabiduría Eterna!»
De pronto, apareció un hada cuyo nombre, según confirmó el Elfo, era «Serafín». El hada voló hacia mí, entró en mi boca y se adentró en mi cuerpo, pasando a través de mi garganta, como un alimento tragado sin masticar. De pronto, una luz resplandeció en mi vientre y se veía desde el exterior como si fuera un sol. Me sobrecogió una sensación que me erizó la piel y despertó en mí la paz absoluta.
Desde ese momento comencé a sentir cómo todo el mundo a mi alrededor adquiría tonalidades de colores más vivos y radiantes. El entorno era el mismo, pero era como si me hubieran quitado unas escamas de los ojos y pudiera ver el mundo como era en realidad, con toda su belleza y esplendor.
Desde ese momento, comencé a ver la vida con sentido, entendí la razón de mi existencia e inicié el peregrinaje hacia la ruta de mi destino, aquel destino para el cual, sin saberlo, los espíritus de los ancestros me habían preparado.
Comenzó el verdadero camino del peregrino, hacia la vida para la cual había sido predestinado. El Elfo nunca volvió a aparecer, pero sabía que había cumplido su misión, la de liberar mi alma de la prisión del terror, y abrirle paso a la valentía del corazón.
